El 26 de junio de 1750, más allá de Hounslow, el conde de Eglinton regresaba en silla de posta cuando un jinete se interpuso ante el postillón y le ordenó detenerse. El hombre había elegido su posición con frío cálculo: el conde portaba un trabuco, pero no dispararía —pensaba el asaltante— a riesgo de herir al mozo que guiaba los caballos. Mientras contenía de este modo el tiro, su cómplice asomó una pistola por la ventanilla trasera y amenazó al viajero. Eglinton se vio forzado a entregar el trabuco, luego su dinero y un sobretodo. Poco después, ambos hombres interceptaron el carruaje de Salisbury y se apoderaron de dos maletas de viaje. No fue sino una de las muchas jornadas en que James Maclane convirtió la elegancia en un lazo mortal.
La crónica publicada por William Jackson concede a esta escena un papel central, pero el camino hacia el crimen había comenzado mucho tiempo atrás. Maclane era el hijo menor de un pastor disidente establecido en Monaghan, Irlanda. Su hermano primogénito siguió la misma carrera eclesiástica y llegó a ser predicador de la congregación inglesa de La Haya. El padre murió cuando el menor contaba unos dieciocho años; la herencia recibida fue dilapidada antes de cumplir los veinte. Solicitó entonces auxilio a su familia materna, alegando el deseo de alistarse en la marina, pero la ayuda le fue denegada. Un tal Howard lo llevó a Londres para ponerlo a su servicio, aunque Maclane no tardó en dejarlo y regresar a Irlanda.
Su hermano desde La Haya asumió luego una parte de sus gastos. Tal socorro, empero, no bastaba para mantener el tren de vida al que Maclane aspiraba. Un oficial que había conocido a su padre lo recomendó a un coronel con hacienda cerca de Cork, quien lo tomó como mayordomo. Maclane permaneció allí algún tiempo, hasta que fue despedido por haber sustraído determinados efectos personales. Obligado a buscarse otro porvenir, pensó en incorporarse a las brigadas irlandesas al servicio de Francia. Un confidente a quien reveló su propósito le explicó que tendría que abjurar de su religión si quería ascender; Maclane rehusó hacerlo.
El coronel que lo había despedido no lo juzgaba, sin embargo, del todo irreductible. Temiendo que incurriera en nuevos hurtos, le encomendó la custodia de un equipaje que debía trasladarse a Londres. Maclane deseaba además entrar como soldado raso en la tropa de Lord Albemarle; el coronel estaba dispuesto a sufragar su ingreso, pero hizo entregar el dinero a un oficial del regimiento, a la sazón en Flandes, en lugar de ponerlo en manos de su antiguo sirviente. Maclane tenía ante sí una ocupación y la vía para reintegrarse a una vida ordenada. Se apartó de ambas.
Había llegado a convencerse de que la apariencia exterior era la llave de todas las puertas. Ciertas damas le adelantaron cerca de cincuenta libras creyendo ayudarle a equiparse para una travesía a las Indias Occidentales; empleó la mayor parte en ropas costosas y se dio a la búsqueda de fortuna mediante el matrimonio. Casó con la hija de un tratante de caballos, obtuvo quinientas libras y abrió una tienda de ultramarinos en Welbeck Street. Durante tres años sostuvo a su familia gozando de suficiente crédito. A la muerte de su esposa, sus dos hijas pequeñas quedaron al cuidado de los abuelos maternos. Maclane liquidó el negocio y el mobiliario, y retomó la vida de libertino, sostenido únicamente por el desahogo económico que sus ropajes prometían a los ojos del mundo.
Seis meses después había agotado sus recursos y temía verse reducido de nuevo a la servidumbre. Un boticario irlandés llamado Plunkett acudió a visitarlo y escuchó la confesión de su ruina. En lugar de reconducirlo hacia un oficio honorable, le presentó el asalto como un medio de vivir sin someterse a la necesidad. Convinieron en repartirse las ganancias y mantenerse asociados. Su primer robo conjunto tuvo lugar en Hounslow Heath: interceptaron a un tratante de ganado que regresaba de Smithfield y le arrebataron, según Jackson, unas sesenta libras.
Intentaron después asaltar una diligencia en el camino de Saint Albans. Maclane vaciló. Plunkett intimó al cochero a detenerse; Maclane exigió entonces el dinero a los pasajeros con tal zozobra que temblaba ostensiblemente. Al regresar, Plunkett le afeó su falta de audacia. Poco tardó Maclane en salir a solas, regresando con una suma considerable que compartió con su socio. Jackson menciona asimismo a Horace Walpole entre las víctimas despojadas por sus manos.
Un sobresalto de la justicia lo empujó a buscar refugio en los Países Bajos. Visitó a su hermano, quien lo acogió sin sospechar, a decir del relato, el origen de sus ingresos. El hermano le prodiga consejos. Creyendo olvidados sus delitos, regresó a Inglaterra, reanudó las fechorías en los caminos, frecuentó paseos públicos y casas de juego, y se introdujo en salones respetables. Cortejó a una joven de buena cuna hasta que un allegado alertó a la familia. Prohibidas las visitas, Maclane retó en duelo al delator; este rehusó batirse con un sujeto cuya reputación hacía el desafío tan sospechoso como su tenor de vida.
Hacia junio de 1750, Maclane y Plunkett obraban con redoblada osadía. Al asalto del conde de Eglinton, acaecido el 26 de junio, siguió el mismo día el de la diligencia de Salisbury. Eglinton no compareció contra Maclane en el juicio que habría de condenarlo. Los dos cómplices trasladaron las maletas a la vivienda de Maclane, en Pall Mall, y se repartieron el botín. La notoriedad pública de las señas de los objetos robados precipitó su caída. Maclane había descosido el encaje de un chaleco sustraído y lo llevó a vender precisamente al mercader que lo había confeccionado. Asimismo, ofreció diversas prendas a Loader, un ropavejero de Monmouth Street. Este lo siguió sigilosamente hasta su aposento, reconoció ropas descritas en los avisos públicos y fingió carecer de dinero suficiente con objeto de salir a buscar un alguacil. Maclane fue detenido en el acto.
Personas de alcurnia, damas y caballeros acudieron a su primer interrogatorio judicial; algunas sufragaron sus primeras necesidades. Solicitó una segunda vista y confesó los cargos imputados, según Jackson, antes de ser devuelto a prisión. Durante su reclusión en The Gatehouse, un corresponsal escribió a su hermano en La Haya enterándole de la desgracia. La respuesta de este no ocultaba el dolor ni la reprobación: afirmaba no poder reconocerlo ya en tan estrecho vínculo fraternal, aunque dispondría lo necesario para su sustento e intentaría interceder por una mitigación de la pena. Temía que aquel oprobio le destrozara el corazón.
Llegado el juicio, Maclane se declaró inocente. Leyó un memorial redactado para disculpar su conducta, pero su confesión previa fue aportada a los autos junto con otros indicios concluyentes. Sin abandonar la sala, el jurado lo declaró culpable. Cuando el magistrado le preguntó qué tenía que alegar antes de dictarse la sentencia de muerte, intentó responder, pero la voz se le quebró: «Señoría, no puedo hablar». Fue condenado al patíbulo.
El reverendo Allen, ministro presbiteriano llamado a petición del reo, lo halló postrado de ánimo mas no incrédulo. Maclane confesaba temer el juicio de Dios mucho más que el cadalso. Allen le inquirió si su arrepentimiento, brotado a las puertas de la muerte, podía tenerse por testimonio sincero. Maclane respondió que esperaba de corazón hallarse contrito, tales eran los remordimientos que sentía por sus culpas y por el dolor acarreado a sus allegados. Negó, en cambio, haber maltratado a su difunta esposa; apunta Jackson que la sentida despedida que le dispensó su suegra confería verosimilitud a tal desmentido. La víspera del suplicio llegó la carta del hermano. Maclane quedó desolado, vaciló antes de abrirla y la leyó luego con la entereza que le permitían sus turbadas emociones. Los desconocidos presentes rompieron en copioso llanto; después, el reo pasó la noche en oración.
Fue conducido a Tyburn y ejecutado en 1750. En el instante en que le cubrían los ojos, Maclane imploró a Dios que perdonase a sus enemigos, bendijese a sus amigos y acogiese su alma.
