En el Golden Lion, en las inmediaciones de Hyde Park, los esbirros del magistrado Fielding procedieron al arresto de William Page. Entre sus ropas y pertenencias hallaron tres pistolas cargadas, pólvora, balas, una peluca dispuesta para el disfraz y un mapa minucioso de las rutas que circundaban Londres. Aquel hombre, tan afecto a mudar de traje, había calculado sus incursiones con la misma pulcritud que sus apariencias. Esta vez, sin embargo, un antiguo cómplice acababa de traicionarlo.
Page era hijo de un labrador de Hampton. Su primo, mercader de sedería en Londres, lo había acogido para darle ocupación y procurarle crianza; pero el joven mostraba mayor desvelo por sus galas que por el mostrador. Cuando el pariente ordenó a los sastres de la parroquia que no admitieran más encargos suyos, Page comenzó a retocar sus vestidos a deshoras, a la menguada lumbre de una linterna que ocultaba bajo el jergón. Borrow censura su vanidad; el detalle denota, antes bien, a un mozo que prefería labrarse una fachada antes que aprender el oficio que se le brindaba.
El comerciante resolvió entonces mermarle la asignación. Page sustrajo de inmediato del cajón de la tienda más de quince libras. Pretendía saldar la supuesta deuda de una mujer de su trato, presa a instancias de un sujeto vinculado a ella. El hurto no se descubrió al instante. El patrón receló primero de la servidumbre; más tarde marcó varias guineas y las devolvió a la caja. Reconoció de noche los cuartos de cada criado y dio con las monedas en el bolsillo de Page. El muchacho fue despedido en el acto.
La mujer a quien había intentado favorecer le cerró a su vez la puerta, temerosa de que la justicia allanara su morada. Vagó durante horas, con los bolsillos casi yermos. Al amanecer, tras empeñar dos pañuelos para costearse algún bocado, escribió a su primo implorando indulgencia. Conmovido por la misiva, este le remitió una guinea, mas le advirtió de que lo perseguiría judicialmente si osaba importunarlo de nuevo. Page malgastó la dádiva en una jornada y regresó a demandar otro socorro; el primo se negó en redondo. Su padre, avisado de semejante descarrío, le intimó a marcharse so pena de hacerlo prender como vagabundo.
Un caballero le brindó entonces acomodo como sirviente. Page titubeó, pero acabó por enfundarse la librea y tomó el camino de Londres con su señor. Ciertas gentes que lo habían tratado antes con porte de distinción continuaron dispensándole reverencias; el amo hobo de aclararles la verdad. En la ruta, un salteador detuvo el carruaje. Page oyó hablar luego de varias tropelías atribuidas al mismo forajido y concibió allí, según Borrow, el propósito de echarse al camino. Permaneció no obstante más de un año al servicio de su amo sin infundir la menor sospecha.
Abandonado aquel empleo, entró en casa de un segundo señor. Una dolencia contagiosa le forzó a despedirse y a buscar remedio en el hospital. Allí conoció a una mujer aquejada del mismo mal. Al recibir el alta, arrendaron un aposento cerca de Charing Cross; cohabitaron bajo aquel techo hasta que la miseria empujó a Page a los caminos y a su compañera a venderse por las esquinas.
Su primera emboscada tuvo lugar en la calzada de Kent. Cerca de Shooter’s Hill, Page interceptó la diligencia de Canterbury y despojó a los viajeros de relojes y caudales por valor de unas treinta libras. Cruzó luego gran parte del condado para reconocer los atajos antes de regresar a Londres. Más tarde tomó pupilaje junto a Grosvenor Square y se dio al billar. Mientras la fortuna le sonreía en el tapete, no precisaba asaltar caminantes; cuando un tahúr más diestro lo desplumó, retornó a las veredas.
En las inmediaciones de Hampton Court detuvo una silla de posta y arrebató a un matrimonio diez guineas, sendos relojes y un anillo de diamantes. Ofrecióse una recompensa de quince guineas por la sortija, y Page la restituyó a cambio del rescate. Con los réditos del bandidaje se instaló en Lincoln’s Inn, haciéndose pasar por pasante de leyes. Aprendió a danzar, tomó libros en préstamo de las librerías y frecuentó las tertulias distinguidas de Richmond, Hampstead y Sunninghill. En Hampstead, una doncella le cobró afecto; el padre vio con buenos ojos el cortejo y mandó disponer las galas nupciales.
El primo de Page lo descubrió un día ataviado con casaca bordada y manifestó su asombro ante un conocido. Este último indagó la vida del pretendiente y puso sobre aviso al padre de la novia. Las visitas quedaron vedadas al punto; la joven, según Borrow, siguió creyendo en la nobleza de su galán. Page, entretanto, había trazado para su gobierno un mapa pormenorizado de los caminos en un radio de veinte millas alrededor de Londres. A bordo de un faetón, vestido con primor, pasaba por perfecto caballero. Lejos del caserío, se detenía en paraje montaraz, mudaba ropaje y peluca, ensillaba uno de sus caballos y ganaba la carretera para asaltar algún coche. Consumado el golpe, retornaba a su tiro, vestía de nuevo sus atavíos urbanos y regresaba tranquilamente a Londres.
En cierta ocasión, perseguido tras desvalijar a un viajero cerca de Putney, cruzó el Támesis para despistar a sus acosadores. Unos segadores hallaron los vestidos que había ocultado junto a su carruaje y se los llevaron. La partida perseguidora cayó sobre ellos y los acusó de complicidad. Page no tardó en enterarse del lance. Arrojó sus propias ropas a un pozo, reapareció casi en cueros reclamando el coche y juró que aquellos labriegos lo habían despojado para arrojarlo luego a una zanja. El carretero confirmó que el tiro le pertenecía. Los infelices quedaron entre rejas a la espera de juicio, y solo obtuvieron la libertad en las siguientes sesiones del tribunal al no comparecer Page para sostener el cargo. Aquel trueque de atuendo los había hecho cargar con el papel de salteadores.
Page fue arrestado por vez primera tras ser seguido hasta la posada donde mudaba montura. En Maidstone, los testigos se vieron incapaces de reconocerlo y resultó absuelto. Reanudó su existencia errante entre el polvo del camino y los tapetes de juego, frecuentando Bath, Tunbridge, Scarborough y Newmarket. En los tres años subsiguientes se coligó con Darwell, antiguo condiscípulo de escuela. Borrow les atribuye más de trescientos asaltos. Se repartían las monedas; respecto a los relojes, ora echaban suertes, ora tasaban un precio de común acuerdo.
Durante una fechoría en Blackheath, Page asaltó al capitán Farrington, de Chislehurst. Sin embargo, en el juicio, el postillón señaló a otro individuo, un tal señor Douglas, asegurando que se había disparado un pistoletazo. Douglas fue declarado inocente tras probar su coartada. Ya sentenciado, Page manifestó, según Borrow, que jamás hubo detonación alguna y que, de haber resultado condenado Douglas, él mismo se habría entregado para exculparlo. La historia no permite elevar esta confesión tardía a testimonio fehaciente; revela, no obstante, el pavoroso albur de una identificación errónea que podía llevar a la horca al hombre equivocado.
Page partió luego hacia Escocia con la esperanza de cobrar la herencia de un pariente lejano. La nave naufragó y perdió cuanto llevaba encima. Al arribar a puerto, halló que el deudo había muerto sin legarle un solo penique. De vuelta en Londres, reanudó las correrías con Darwell. En seis semanas perpetraron, según la crónica, entre veinte y treinta golpes en el contorno de la capital. Esta vez la justicia vigilaba sus pasos. Una partida despachada por el magistrado Fielding apresó a Darwell cerca de Sevenoaks, en el camino de Tunbridge. El reo pidió acogerse a la gracia de declarar por la Corona y reveló las posadas que frecuentaba Page, así como las cuadras donde alquilaba sus caballos.
En Newgate aguardó Page desde julio hasta febrero su proceso por el asalto al señor Webb. A falta de pruebas concluyentes, fue absuelto. Conducido de inmediato a la cárcel de Maidstone, compareció en Rochester por el atraco al capitán Farrington. En esta ocasión, el jurado lo halló culpable. Murió ahorcado en Maidstone el 6 de abril de 1758. Aquella vida cimentada en la muda perpetua de vestidos le había permitido burlar largo tiempo a los testigos; fueron la delación de su compinche y una acusación certera las que terminaron por entregarlo al verdugo.
