Abraham Israel había descrito Praga en una lengua ajena al inglés, con la mirada de un joven estudiante atento a los palacios, las calles y las condiciones de vida de sus habitantes. Pocos años después, aguardaba en Newgate la ejecución de una sentencia dictada por el robo de unas joyas en Londres. Entre ambas existencias, la crónica intercaló un vínculo amoroso, deudas y una serie de determinaciones cuya certeza no acredita sino mediante su propio relato.
Israel nació en Presburgo, en el reino de Hungría, en el seno de una familia judía de posición desahogada y respetable reputación. Deseosos de procurarle una educación sólida, sus padres lo enviaron a instruirse al colegio judío de Praga, asignándole, según consigna la relación de los hechos, cerca de doscientas libras esterlinas anuales. Hizo rápidos progresos bajo la tutela de los rabinos. El cronista asegura que gastaba menos de la mitad del estipendio recibido y distribuía el resto entre condiscípulos menesterosos, sin distinción de nación ni de credo. Con motivo de su narración, reproduce una descripción de Praga redactada por Abraham en alemán: en ella evocaba los barrios de la urbe, el Moldava y los palacios. Describía la vieja judería, las prerrogativas de que gozaba su comunidad en comparación con otras regiones germánicas y las calles sucias donde, según su testimonio, los vecinos pobres vestían ropas distintivas. Dicho cuadro constituye su apreciación personal y no una investigación general sobre la ciudad.
A los trece años, Abraham fue llamado de vuelta por su padre. De regreso en Presburgo, leyó en la sinagoga a petición de los miembros de la congregación. En las jornadas sucesivas, parientes y vecinos acaudalados lo colmaron de presentes para honrar su saber religioso. La fuente sitúa en este punto el primer viraje de su existencia: atribuye a tales favores un orgullo repentino y describe luego su inclinación por la música, la danza, la equitación y la esgrima. Semejante juicio psicológico atañe al narrador; los hechos consignados corresponden a los de un adolescente que, tras consagrarse al estudio, buscó otras ocupaciones y no tardó en entrar en conflicto con las expectativas familiares.
Abraham partió después hacia Ámsterdam en compañía de una joven a quien el cronista tilda de ociosa. Indeciso respecto a qué oficio abrazar, acabó por entrar al servicio de una familia judía española, donde observó una conducta lo bastante buena como para obtener una recomendación ante el barón Swaffo en Inglaterra. Pasó luego a la casa de Jacob Mendez da Costa y, más tarde, a la de don Villareal, en College Hill. La relación contraída tiempo atrás en La Haya seguía viva en su memoria, según la crónica; en cuanto hubo reunido suficiente dinero, regresó para visitarla y supo que ella se había marchado a Ámsterdam.
De vuelta en Londres, Abraham se colocó de nuevo con Mendez da Costa. En una barbería oyó hablar de una joven holandesa recién llegada que buscaba acomodo en casa de su tío, en St Mary Axe. Al reconocer en ella a la mujer que había frecuentado en La Haya, logró que la empleasen como cocinera a su servicio, haciendo despedir a la que ocupaba el puesto.
Al principio, la joven se condujo, a decir del relato, como una sirvienta hacendosa. Una noche, Abraham la sorprendió abriendo un secreter con la ayuda de un cuchillo. Ella le aseguró que podía forzarlo a su antojo. Él le prohibió tocarlo, pero acabó cediendo a sus insinuaciones y consintió en registrar el mueble juntos. Hallaron allí sortijas de diamantes y otras alhajas de gran valor. La mujer le señaló un hermoso anillo y lo incitó a tomarlo, mas él rehusó. Se apoderaron únicamente de cinco guineas. Con posterioridad, solicitaron un permiso y volvieron a sustraer dinero del mismo cofre. Al regresar por la mañana, tras haber pasado la noche fuera, la joven perdió su empleo.
Ella volvió a casa de su tío y luego obtuvo una colocación en Winchester Street. Abraham fue a verla y le preguntó si esperaba un hijo; ella lo negó. Él se marchó, pero le dio una guinea cuando ella adujo hallarse sin blanca. En su siguiente visita, formuló idéntica pregunta y obtuvo la misma respuesta. Pocas horas después, la mujer recurrió a los oficiales de la parroquia contra él. Aquella diligencia le costó cinco guineas de inmediato y lo obligó a depositar catorce guineas como fianza de indemnización para la parroquia. El texto no pormenoriza los motivos exactos de semejante procedimiento ni su desenlace; tan solo advierte que le hizo perder su puesto y lo precipitó a nuevas tribulaciones.
Abraham halló, no obstante, otra ocupación y mantuvo un buen comportamiento hasta que entró al servicio de John Mendez da Costa. Ciertas inquietudes ligadas a su vástago y a otros negocios lo perturbaron, según la crónica. Sustrajo entonces de la morada ocho cucharas de plata, cinco tenedores, dos pares de especieros de plata, una sortija de diamantes tasada en doscientas cincuenta libras, unos pendientes de diamantes estimados en noventa libras, tres hebillas guarnecidas de pedrería y otros bienes de subido precio. Por este hurto fue procesado y declarado culpable merced a testimonios que el cronista consideró concluyentes.
La fuente no detalla las deposiciones del juicio ni el modo en que se recuperaron los efectos. Tampoco permite aseverar que Abraham fuese encausado por las cinco guineas tomadas del primer secreter: aquel robo había sido referido con anterioridad, pero la condena definitiva se vincula a los objetos sustraídos en casa de John Mendez da Costa. Tal distinción resulta capital, pues la crónica confunde los extravíos de juventud, una sustracción inicial de dinero y un expolio mayúsculo perpetrado durante su último servicio.
Hallándose bajo sentencia de muerte, el capellán de Newgate refirió que Abraham dominaba el hebreo con soltura. Acudía a la capilla más por tomar el aire que por devoción, y entonó allí un día parte de un salmo. Leía asimismo libros de su religión impresos en caracteres hebreos. La crónica describe un vivo encono contra quien promovió su encausamiento y refiere que se interrogaba sobre si, con arreglo a su ley, debía perdonarlo; habría añadido que el Cielo bien podría juzgar a aquel hombre con la misma vara con que él había sido medido. Semejante expresión es transmitida por el capellán y no se expone como un precepto de la ley judía.
A medida que la ejecución se aproximaba, Abraham cobró mayor gravedad. Dirigió a su acusador una carta áspera, en la que hacía suyas las imprecaciones del salmo 109. Trátase de una reacción al proceso transmitida por el narrador; la fuente no precisa la intervención exacta del querellante en la causa. El día del suplicio, dos hombres permanecían a su lado susurrándole palabras. Abraham sostenía en la mano un devocionario en hebreo y leía en él. Cuando el capellán lo exhortó por última vez a perdonar a quien lo había llevado al cadalso, respondió con débil voz que así lo hacía.
Abraham Israel fue ejecutado en Tyburn el 12 de mayo de 1730, cuando contaba unos veintidós años. Sus allegados, que gozaban de caudales en Inglaterra, se hicieron cargo de sus despojos tras la muerte. La narración se había abierto con la admiración hacia su erudición y con una estampa de Praga; se clausura al pie del patíbulo con una palabra de perdón. No nos corresponde imputar a su fe, a su cuna ni a sus amores los crímenes de los que fue hallado culpable: la fuente preserva los hechos y las declaraciones consignados, mas sus generalizaciones sobre una comunidad no podrían suplantar la verdad de los autos.
