En el relato de George Borrow, el oficial de impuestos especiales Mungo Campbell había advertido a lord Eglinton de que no entregaría su fusil a nadie. En la costa del dominio, su pie tropezó con una piedra. Cayó de espaldas a pocos pasos del conde, que avanzaba hacia él. Campbell se incorporó sobre un codo y disparó. La descarga alcanzó el costado izquierdo del lord. Instantes después, este se llevó la mano a la herida y dijo: «Me han matado».
La escena no nacía de una simple disputa de caza aislada. Campbell era un funcionario de impuestos especiales, encargado en particular de perseguir el contrabando. Nacido en Ayr en 1721 en el seno de una ilustre familia de comerciantes, había recibido una educación esmerada y servido como cadete en los Scots Greys. Había combatido en Dettingen y abrigado la esperanza de obtener una plaza de intendente, con la condición de reunir cien libras. Al no poder juntar tal suma, el puesto recayó en otro. Abandonó el ejército y regresó a Escocia.
Durante la rebelión de 1745, Campbell combatió del lado del gobierno a las órdenes de lord Loudoun, pariente suyo. Ya entonces conocía diversas formas de subordinación familiar. Su padre, antaño un comerciante próspero a cargo de veinticuatro hijos, había sufrido pérdidas que le impidieron proveer para el futuro de todos ellos. Tras su muerte, los parientes acogieron a los menores. El tío que había tomado a Mungo bajo su protección falleció a su vez cuando el joven rondaba los dieciocho años, legándole sesenta libras. Las cien libras necesarias para su ascenso militar volvieron a faltarle.
Tras Culloden, su influyente pariente le procuró un puesto en los arbitrios de Ayrshire, cerca de sus conexiones familiares. Borrow lo retrata como un hombre íntegro en su labor y de trato afable, capaz de mantener buenas relaciones con los lugareños. Había contraído matrimonio al llegar a la madurez. La mayoría de los grandes propietarios de la comarca le permitían cazar en sus fincas; el conde de Eglinton era la excepción.
A Campbell le apasionaba sobre todo la pesca. Cierto río que cruzaba las tierras de Eglinton tenía fama por sus peces, mas el señor del lugar prohibía el acceso tal como vedaba la caza. Un día, mientras iba tras el rastro de unos contrabandistas con el fusil al hombro por el dominio, una liebre saltó ante él. Disparó. El conde, enterado del tiro, mandó llamar al oficial a su residencia. Le reprochó hallarse en sus tierras y lo trató con desdén. Campbell se disculpó, alegando la sorpresa del animal y asegurando que no había pretendido ofender al propietario.
Otro asunto agravó su discordia. Campbell había interceptado a Bartleymore, un criado predilecto del conde, cuando trasladaba por la costa ochenta galones de ron de contrabando. La carga fue confiscada; la carreta se devolvió por pertenecer a Eglinton. Bartleymore se dedicó a propalar habladurías desfavorables sobre el oficial. La crónica de Borrow asegura que contribuyó así a emponzoñar el trato entre el conde y Campbell. Este último, convencido de haber cumplido estrictamente con su deber, prestó escasa atención a los rumores.
El 24 de octubre de 1769, hacia las diez de la mañana, Campbell partió con otro agente, Brown, en busca de contrabandistas. Llevaba consigo una autorización de caza suscrita por el doctor Hunter, si bien ninguno pretendía abatir piezas. Cruzaron una pequeña porción de las tierras de Eglinton para ganar la orilla del mar. Llegaron allí cerca del mediodía. El conde apareció en su carruaje, acompañado por Wilson, un carpintero a su servicio, y por cuatro criados a caballo.
Bartleymore señaló a su amo la presencia de cazadores furtivos a lo lejos e identificó a Campbell. Eglinton apeóse de su carruaje, montó un caballo de silla y se dirigió hacia los dos oficiales. Recordó a Campbell la promesa de no volver a pisar su propiedad tras el incidente de la liebre. Acto seguido, le exigió que le entregase el fusil. Campbell se negó. El conde se adelantó; Campbell retrocedió, con el arma apuntada, y le conminó a guardar las distancias.
Eglinton sonrió y preguntó si pensaba disparar. Campbell replicó que lo haría si su señoría continuaba avanzando. El conde llamó entonces a sus sirvientes para que le alcanzaran un arma desde el carruaje. Mientras un criado la sacaba, otro debía llevársela. Eglinton dejó el caballo y prosiguió su marcha hacia Campbell, quien continuaba su retirada sin soltar el fusil de las manos. Reiteró que no se lo entregaría a nadie, ni siquiera al conde, y le rogó que se mantuviera alejado.
Campbell reculaba de través. Su talón tropezó con una piedra y rodó por tierra. La crónica describe a renglón seguido cómo Eglinton dio un paso como para rebasarle los pies. Campbell, apoyado sobre un codo, encaró el arma hacia él y abrió fuego. El sirviente que portaba el arma aún no había alcanzado al conde. Bartleymore se abalanzó sobre Campbell justo cuando este intentaba apoderarse del fusil que traía el mozo. Eglinton se llevó la mano a la herida y gritó que lo habían matado.
Bartleymore golpeó al oficial repetidas veces. El conde le gritó que no lo maltratara. Ataron las manos de Campbell a la espalda y lo condujeron ante el herido. Eglinton le dijo que él jamás le habría disparado. Campbell guardó silencio. Los criados acomodaron al señor en el coche para llevarlo al castillo, situado a unas tres millas de allí. A Campbell lo trasladaron a Saltcoats, donde antaño había prestado servicio como recaudador. Aquellos que lo custodiaban le interrogaron por el camino. Reconoció que prefería morir antes que ceder su fusil, y que dispararía contra cualquier par del reino que pretendiera arrebatárselo. Aquellas palabras serían presentadas después en su contra durante el juicio.
Eglinton agonizó durante diez horas y murió. Al día siguiente, Campbell fue trasladado a la prisión de Ayr y, al mes siguiente, a Edimburgo. Los letrados debatieron con detenimiento la tipificación del hecho. La defensa sostenía que el arma se había disparado por accidente; en su defecto, que Campbell había protegido su vida y sus pertenencias ante un acoso indebido; finalmente, que una acción tan súbita no podía denotar malicia premeditada. La fiscalía replicó que la amenaza de disparar revelaba una intención dolosa y que el conde gozaba del derecho legal a incautar el fusil dentro de sus propios dominios. Añadía que el lord tan solo había provocado a Campbell de palabra, y que las palabras no constituían una provocación amparada por la ley. La defensa invocaba la vida y la propiedad del agente; la acusación esgrimía los derechos del amo de la tierra.
El proceso se abrió ante el Alto Tribunal de Justicia el 27 de febrero de 1770. El jurado declaró a Campbell culpable. El magistrado le anunció que la gravedad de su delito no permitía esperar gracia alguna y le exhortó a prepararse para la muerte. Borrow relata que el acusado permaneció impasible durante la vista; tras el veredicto, saludó al tribunal sin intentar justificar su acción.
De vuelta en prisión, Campbell recibió a varios amigos. Se mostró de humor sosegado y les pidió que regresaran al día siguiente. Tras descorchar juntos varias botellas de vino, lo dejaron a solas. En la mañana del 28 de febrero de 1770, fue hallado sin vida en su celda; se había ahorcado. No llegó a aguardar la ejecución que la sentencia le reservaba.
El asunto había comenzado con una licencia de caza que Campbell alegaba tener, un fusil que Eglinton pretendía arrebatarle y un hombre que retrocedió hasta caer. El veredicto imprimió a aquel disparo una naturaleza criminal; al alba siguiente, la prisión ya no tenía reo al que conducir al patíbulo. El relato de Borrow entrelaza estos dos destinos: el del conde, herido de muerte al linde del dominio, y el del oficial que escuchó su condena con serenidad, para luego morir antes de que pudiera consumarse.
