La herida que segó la vida de Edward Perry se hallaba cerca de las costillas, en el lado derecho del pecho, y medía, según el acta de acusación, doce pulgadas de profundidad. Robert Haynes, soldado de los Foot Guards, fue condenado por haberla causado. Sostuvo hasta su muerte que el enfrentamiento se había iniciado con una agresión contra su persona y que había desenvainado su espada para defenderse. La crónica reproduce su declaración, pero refiere asimismo que un jurado lo halló culpable bajo tres cargos distintos. Al no detallar las declaraciones del proceso, nos vemos obligados a distinguir el veredicto de las circunstancias tal como Haynes las relató.
Había nacido en Irlanda, de padres que, pese a sus modestos recursos, le procuraron una esmerada instrucción. Aprendió latín y griego, lenguas en las que la reseña aún le reconoce un conocimiento estimable al final de sus días. Su padre carecía de medios para establecerlo cuando alcanzó la edad adulta; el joven cruzó entonces el mar y se alistó en los Foot Guards. Sus oficiales lo describían como un hombre tranquilo e inofensivo, ajeno a los vicios que el cronista asociaba al oficio de las armas. Leía con avidez y conservaba, a juicio de sus superiores, un porte digno pese a la decepción de verse abocado a una vida que juzgaba inferior a su educación.
Los hechos ocurrieron un domingo por la noche en St. James’s Park. Según la narración introductoria, Haynes caminaba en compañía de otros dos soldados cuando se toparon con dos hombres y dos mujeres. Haynes besó a una de ellas; uno de los hombres se revolvió y le hirió en la cabeza. Haynes afirmó hasta el cadalso que tanto él como su adversario habían desenvainado. Fue entonces cuando Haynes hirió a su contrincante en el pecho. Aquel lance motivó su arresto y su confinamiento en Newgate.
Durante la siguiente sesión del Old Bailey, compareció acusado de haber dado muerte voluntaria a Edward Perry al asestarle una estocada en el costado derecho del pecho, junto a las costillas. Fue inculpado asimismo por segunda vez en virtud de la ley sobre lesiones por arma blanca, y una tercera a raíz de las conclusiones del forense por homicidio intencionado. El texto asevera que fue declarado culpable de los tres cargos, a despecho de su defensa y de los testigos a los que había recurrido. Personas de distinción intentaron después obtener su indulto o una suspensión de la pena, pero sus gestiones resultaron infructuosas. La crónica no precisa quiénes eran dichas personas ni los argumentos que esgrimieron.
Tras dictarse sentencia, Haynes se condujo en un principio como quien ya no espera auxilio terrenal. Asistía a los oficios religiosos en la capilla y oraba en la intimidad. Un caritativo clérigo lo visitó en repetidas ocasiones, exhortándolo a formular una confesión sincera para no morir en la mentira. Sin embargo, Haynes persistió en la versión que había sostenido desde el primer instante. Cayó luego presa de la fiebre de las prisiones y se debilitó hasta el extremo de apenas poder articular palabra. Cuando su salud experimentó una leve mejoría, dos o tres días antes de su muerte, reanudó la costumbre de asistir a las plegarias de la capilla.
Al aproximarse la ejecución, se mostró sereno e incluso animoso, según el autor. Recibió el sacramento y se comportó con devoción. En Tyburn hubiera deseado dirigirse a la muchedumbre, mas se hallaba demasiado extenuado para pronunciar un discurso. Entregó, pues, al impresor Applebee un pliego con las palabras que habría querido hacer resonar. La reseña afirma haber transcrito su contenido «verbatim», brindando así al lector la versión de Haynes en su propia voz, si bien omite en contrapartida los testimonios íntegros de la acusación.
En dicha carta, Haynes recordaba que había transcurrido más de un año desde su alistamiento en el ejército y que hombres respetables habían testificado sobre su recta conducta durante el juicio. Afirmaba aborrecer el cargo de asesinato y negaba haber tenido la intención de matar a Perry. A sus ojos, el golpe asestado había sido accidental y forzado por la necesidad de su defensa. Describía una velada en la que dos camaradas de regimiento lo habían invitado a beber. Al regresar, mientras cruzaban el parque, él habría besado a una mujer, enardecido por el alcohol. La otra dama, a quien suponía casada, habría llamado a su esposo, Edward Perry, así como a un acompañante llamado Toms que caminaba por delante.
A tenor de este testimonio, Toms avanzó hacia él increpándolo con rudeza y lo golpeó en la coronilla y en los hombros con un bastón, dejándolo aturdido. Haynes aseguraba que Toms había instigado también a Perry para que buscase pendencia con él. Perry, a quien calificaba de engañoso en su misiva, juró que no lo dejaría escapar indemne y lo golpeó con su espada todavía envainada. A continuación, habría desnudado el acero y arremetido en repetidas ocasiones, mientras Haynes retrocedía. Este último sostenía no haber desenvainado hasta que no se vio obligado a salvaguardar la vida.
Añadía que había sufrido una herida en el pulgar de la mano derecha y que una punta de espada había atravesado su casaca. El combate, relataba, se libró en plena noche. Acusaba a Toms y a la esposa de Perry de haber jurado en falso contra él, al tiempo que imploraba a Dios que los perdonase y que le perdonara a él sus propias culpas. Rezaba asimismo por su coronel, encomiando las gestiones que había emprendido a su favor, y rogaba al Altísimo que lo bendijera por los desvelos consagrados a salvarlo, que le concediese una larga vida y que colmara de ventura sus empresas. Recordaba haber sido bautizado y criado en el seno de la Iglesia de Inglaterra, en la que confiaba hallar la salvación. Aseveraba no haber agraviado jamás, que él supiese, a hombre, mujer ni niño, ni haber provocado pendencias, reconociendo no obstante haber besado a una desconocida sin su anuencia. Semejantes declaraciones son las del reo, expuestas en la fuente como su defensa póstuma; de ningún modo podemos transformarlas en hechos fehacientemente comprobados.
Haynes expiró en Tyburn junto a otro condenado, en su vigésimo primer año de vida. La fecha del domingo 12 de febrero de 1726, consignada al pie de la misiva, corresponde a la de la declaración, no a la del suplicio, que la crónica no fecha. Ante la multitud, no había podido pronunciar el discurso preparado. Le dejaba, en cambio, aquellas páginas y, hasta el último aliento, la obstinada defensa de su verdad.
