En Prince’s Street, una detonación hirió los oídos de George Nicol mientras caminaba junto a Mary Boydell. El librero se volvió y vio a John Elliot, médico de profesión, a escasos pasos de él, con una pistola en la mano. Nicol sujetó a Elliot por el cuello y le preguntó si había sido él quien disparaba. Elliot reconoció el tiro. Un criado acudió de inmediato, las armas cayeron al suelo o fueron arrebatadas, y la señorita Boydell fue conducida al interior de una tienda. Nicol oyó entonces al prisionero declarar que moriría en paz puesto que había enviado a la joven por delante. Cuando alguien anunció que ella no se hallaba herida de gravedad, Elliot juntó las manos, preguntó si acaso no estaba muerta y comenzó a proferir injurias contra ella y su familia.
El 20 de julio de 1787, según la fecha que encabeza el capítulo de Borrow, Elliot compareció a juicio bajo el régimen del Black Act. Este texto no describe, sin embargo, un acto de violencia cuya prueba fuese evidente y concluyente. La cuestión judicial resultaba más rigurosa y desconcertante: ¿habían sido cargadas con balas aquellas dos pistolas? Los testigos coincidían en el disparo, en la extrema cercanía del arma, en las contusiones y en las marcas que habían quedado en las vestiduras. Pero correspondía a la acusación demostrar la composición exacta de lo disparado para sustentar el cargo formulado.
El criado confirmó que las armas consistían en dos pistolas unidas entre sí. Una de ellas fue hallada a medio amartillar, con la cazoleta cerrada y rastros visibles de pólvora. La otra parecía haber sido detonada. A su juicio, ambas pudieron haberse disparado pese al estado de la llave. Refirió asimismo las declaraciones de Elliot y el hallazgo de otras dos pistolas en su bolsillo, las cuales parecían cebadas hasta la boca. Las expresiones proferidas tras el ataque parecían revelar su designio; sin embargo, no zanjaban necesariamente la cuestión del plomo. Podía presumirse su voluntad de matar a Mary Boydell sin saber a ciencia cierta si el proyectil que la lesionó había sido una bala.
Nicol describió una parte de la capa quemada y dos marcas en el vestido, justo bajo los hombros, correspondientes, a sus ojos, al impacto de las dos armas emparejadas. El cirujano apreció dos contusiones bajo el omóplato. Al ser interrogado sobre los estragos que unas pistolas cargadas con bala habrían causado a quemarropa, no pretendió poseer certeza absoluta. Explicó, más bien, que un arma oprimida contra un cuerpo resistente puede perder parte de su fuerza impulsora por la falta del aire necesario para acompañar la descarga. Las ropas y el pañuelo se presentaron ante el tribunal. Aquellas piezas demostraban los efectos de la combustión; no constituían, por sí solas, el hallazgo de plomo alguno en el cuerpo.
La relación previa entre Elliot y los Boydell aflora a través de un detalle casi administrativo. Un jardinero declaró que el médico se había alojado en su casa durante seis meses en el invierno precedente, y que dicha estancia le facilitaba con frecuencia el acceso a la residencia de Josiah Boydell, adonde acudía Mary. Borrow no aclara qué medió entre ellos, ni qué pretendía Elliot al atacarla. Esta vecindad demuestra que conocía los lugares y a la doncella; no pone al descubierto el motivo. Vuelve aún más extraña la distancia existente entre las palabras enfurecidas atribuidas al reo y el silencio de las actas acerca de su pasado común. Durante el proceso, el jardinero testifica sobre aquellas visitas sin brindar al tribunal el relato de su vínculo.
El magistrado Hyde añadió una dificultad procesal. Tras la marcha de Nicol, un individuo que dijo llamarse Thomas Brown acudió a reclamar las pistolas, manifestando actuar en nombre del librero. Hyde se las entregó. No conocía a Brown y no logró volver a dar con él. Sostuvo, no obstante, haber visto plomo en las dos armas que habían permanecido en el bolsillo del acusado: el papel utilizado como taco se había rasgado al cargar, dejando a la vista las balas. Tal observación contradecía otros elementos de prueba. Las armas guardadas en el bolsillo habían escapado así al control del magistrado, y el testigo que acaso habría podido esclarecer la identidad de quien se las llevó permanecía inhallable.
La defensa procuró que se reconociera la demencia de Elliot. El doctor Symmonds se apoyó en particular en una carta en la que Elliot exponía una singular hipótesis sobre el calor del sol: este provendría de la atmósfera que envuelve al astro y no de una masa ígnea. El tribunal escuchó un razonamiento tal vez erróneo, mas articulado y fundado en argumentos. El Recorder inquirió si semejante teoría bastaría para tachar de loco a Buffon o a otros filósofos. El doctor O’Donnell, sucesor de Elliot en su consulta, advirtió indicios de extravío mental, aun asegurando que el médico asistía a sus enfermos con regularidad y pericia. Dos de los caseros con quienes residió Elliot mencionaron asimismo ciertas anomalías, al tiempo que lo retrataban como un huésped sosegado. La crónica deja entrever que estas testificaciones no resultaron persuasivas. No es posible transformar tales testimonios en un diagnóstico contemporáneo.
El Recorder resumió seguidamente las condiciones que debían regir el veredicto. Los jurados debían adquirir la convicción de que una o ambas pistolas contenían balas, de que al menos una fue disparada contra la señorita Boydell, y de que el acto entrañó deliberación y dolo. Las dos últimas premisas parecían al tribunal refrendadas por los testigos, por las frases de Elliot y por la preparación de las armas. La primera continuaba siendo incierta. Uno de los jurados advirtió que nada había más evidente que la inexistencia de proyectiles. El Recorder indicó que, en tal caso, bien podía prescindir de pormenorizar los descargos de la defensa.
El jurado regresó con una resolución dividida: culpable de haber disparado, mas sin concluir que las armas contuviesen proyectiles. El Recorder les instó a pronunciar la absolución respecto al cargo formulado. Mas para Elliot no supuso la libertad. El juez rehusó su excarcelación y ordenó su reclusión preventiva a fin de procesarlo por delito de agresión. La decisión revela el abismo existente entre un reo no convicto del crimen exacto tipificado en el pliego acusatorio y aquel que se sustrae a toda sanción. Elliot fue condenado con posterioridad por agresión. Borrow califica la condena de vindicativa, apreciación personal del cronista que no equivale a una descripción neutral de la pena impuesta.
La continuación del relato se aparta de las salas de justicia y se ciñe a una íntima resolución consignada por Borrow. Elliot, individuo de «extrema sensibilidad» según la crónica, resolvió renunciar a todo sustento. A pesar de los ruegos y la coacción, perseveró en su empeño hasta expirar. Borrow imputa semejante desenlace a un «escrúpulo mal fundado de la ley»; la expresión censura que el rigor judicial quebrantó al hombre, mas no acredita que el proceso constituyera la causa exclusiva de su decisión. El texto nada añade sobre su vida anímica durante el encierro carcelario.
Concluida la causa, Mary Boydell sigue con vida; su capa quemada y su vestido desgarrado fueron exhibidos al jurado. Elliot fue absuelto de la acusación expresa que habría podido acarrearle la pena máxima en virtud del Black Act, pero quedó retenido para responder por la agresión. Las dos pistolas cedidas a un desconocido no fueron aquellas cuyos estragos eran visibles en las prendas: habían sido halladas en su bolsillo. Su carga no permitía deducir, por tanto, la de las armas detonadas contra Mary. La diferencia dependía de dos objetos casi idénticos; en la sala del tribunal, determinó los límites de lo que el jurado podía declarar probado.
