El 16 de marzo, ante el tribunal de lo criminal de Tarn-et-Garonne, un hombre de veintidós años compareció frente a su vecino malherido sin deslizarse por la pendiente de la confesión. Picou, a quien la Gazette describía aún marcado por sus heridas, señalaba a su vecino como autor de un asalto acaecido tres meses antes. Al momento de la detención, la crónica lo designa como «Pern, llamado Revel»; más adelante, se limita a llamarlo Revel. El acusado esgrimía una explicación distinta: un ladrón se habría apoderado de su fusil, de su nombre y hasta del franqueo del umbral de su morada. Entre ambos hombres, la causa iba a convocar ante los estrados un arma incompleta, un paraguas, un pañuelo, una vela hallada en el fondo de un pozo y horas que rehusaban concordar.
En la noche del 17 de diciembre, hacia las ocho menos cuarto, una doble detonación resonó en la aldea de Pegassou, perteneciente al municipio de Montalzat. Poco después, Picou se presentó en casa de los esposos Vidal, sus convecinos, con el rostro ensangrentado. Presentaba dos heridas en la cabeza: una entre el ojo y el ala izquierda de la nariz, y otra en la parte posterior del cráneo. Al cruzar el umbral, exclamó que el asesino se hallaba en su casa. El dolor y las lesiones le impedían en un principio hablar. Luego, según el relato recogido por la prensa, hizo un esfuerzo y refirió lo que acababa de suceder.
Revel, según aseguraba, se había presentado en su casa hacia las seis, portando un fusil y un paraguas. Revel habría querido jugar a las cartas; ambos hombres bebieron y comieron. Revel le habría pedido cuarenta francos; Picou se los habría rehusado. Al disponerse a partir, en el instante en que Picou le daba la espalda, Revel habría descerrajado un primer tiro. Picou cayó al suelo. Al intentar incorporarse, recibió un segundo disparo; acto seguido, la culata del fusil se abatió sobre él con furia. Logró, no obstante, huir hasta la casa vecina. Su acusación era escueta y la reiteró ante cuantos acudían al alboroto: Revel se había quedado en su casa.
Los vecinos buscaron un médico y dieron aviso a las autoridades judiciales. El auto de acusación consignaba proyectiles alojados a gran profundidad en la cavidad craneal, imposibles de extraer. Picou había perdido el habla y la memoria; permaneció varios meses debatiéndose entre la vida y la muerte. Al abrirse la vista, su estado continuaba siendo incierto. El sumario llegaba incluso a prever que, de sobrevivir, pudiera perder el juicio.
En la vivienda, los magistrados hallaron una silla volcada y una mesa hecha pedazos. La sangre teñía el suelo, las paredes y los alrededores de la chimenea; un mechón de cabellos permanecía adherido a un jirón de cuero cabelludo. El armario había sido violentado y una de sus hojas, arrancada de cuajo. Los pesquisidores recogieron un paraguas y un pañuelo, y advirtieron la falta de una vela en una palmatoria. En el hogar, la gendarmería recogió postas de plomo de dos calibres distintos, así como fragmentos de un fusil.
Condujeron a Revel ante el lecho de Picou, quien llevaba varias horas sumido en el mutismo. Picou no contestó a los magistrados. El juez conminó entonces a Revel a que interrogase a la víctima para que esta dijera quién había intentado asesinarla. Picou volvió la mirada hacia él con una inculpación taxativa: «¡Bien lo sabes tú, desdichado, fuiste tú!». Revel protestó con vehemencia y se mantuvo su detención.
Sostuvo que, en el instante de las detonaciones, se hallaba a tres kilómetros de allí, en casa de su manceba, la muchacha Durou. La instrucción judicial, según refería la Gazette, había acreditado que esta residía en Montpezat con su hija, quien había congregado a varios vecinos para una velada. No obstante, Revel no habría entrado en aquella casa sino a las ocho, mientras que los disparos se habían escuchado hacia las ocho menos cuarto.
El paraguas hallado en casa de Picou planteaba otra grave dificultad. Un testigo reconoció el objeto y relató que, la víspera del crimen, había acompañado a Revel a entregar las esquelas fúnebres de la mujer Sol. En la posada Vidal, Revel habría mostrado la empuñadura del paraguas, desgastada y tallada a modo de silbato, chanceándose: «Podrá creerse que he andado de firme hoy; miren qué gastado traigo el paraguas». El acusado replicó que le había prestado el paraguas a Picou el 13 de diciembre y que este no se lo había devuelto. Ahora bien, el testigo aseguraba haberlo visto en manos de Revel el 16, la víspera misma del ataque.
Se procedió al examen de los restos del fusil. Su color y el desgaste de la madera permitieron reconocerlos como pertenecientes al arma de Revel. Este relató que, el primer domingo de diciembre, sorprendido por los gendarmes mientras cazaba en las inmediaciones de Pécholier, había ocultado el fusil entre la maleza; cuando regresó a buscarlo, el arma había desaparecido y debieron de habérsela hurtado. La gendarmería desmintió semejante versión: en la fecha señalada, aseguraban, no habían efectuado patrulla alguna en Pécholier, pues la dotación se encontraba congregada en la iglesia de la cabeza de partido para las oraciones públicas de la Asamblea.
Un pañuelo a cuadros rojos, sobre fondo anteado, había sido hallado asimismo en la alcoba de Picou. Revel admitió que se asemejaba a los suyos, si bien hizo notar que muchos pañuelos presentaban idéntico aspecto y que él marcaba las prendas propias con sus iniciales. La crónica añadía que, entre los treinta y cinco pañuelos análogos intervenidos en su domicilio, veinticinco habían sido incautados sin marca alguna. El cañón y la culata del fusil seguían en paradero desconocido. La llave, en cambio, fue reconocida por un testigo que aseveró habérsela regalado a Revel el año anterior.
Cerca de la casa de los Durou, en el fondo de un pozo apartado y achicado por los bomberos de Montpezat, se halló la vela desaparecida. La Gazette conjeturó que la habían arrojado allí mientras Revel huía de la casa de Picou para reunirse con su amante, tras haberse alumbrado con ella durante el registro en busca de dinero. Quedaba por sortear una traba material: el fusil disponía de un solo cañón y un único disparador, habiéndose escuchado dos detonaciones. El registro del domicilio de Revel permitió descubrir una pistola que el armero perito declaró recién disparada. Hallaron asimismo una bolsa con una mezcla de perdigones de doble cero y del número 4; el acta asoció esta mezcla a la recogida en el hogar de la chimenea.
La crónica expone la tesis del ministerio fiscal: las cartas habrían permitido a Revel adormecer la desconfianza de Picou y aguardar el momento oportuno; la pistola explicaría el segundo tiro, y el fusil destrozado, los golpes asestados con posterioridad. La supuesta premeditación y el móvil del robo continúan siendo hipótesis sostenidas por la acusación y no constataciones independientes. En la vista, con todo, el presidente interrogó con insistencia a Revel y le expuso los cargos sin arrancarle confesión. Declararon los testigos; el cronista solo refiere un incidente de relieve: el careo con Picou. «Sí, fuiste tú; tú, mi vecino, tú, mi amigo, quien quiso matarme», le espetó la víctima. Revel le replicó: «Hay que tener un aplomo de mil demonios para soltar semejantes embustes». Alegó que el individuo que le había hurtado el arma bien pudo usurpar su nombre, hacerse franquear la puerta de Picou y disparar antes de que este advirtiese la suplantación. El letrado De Selves asumió la defensa; el corresponsal consideraba la tarea ardua, mas a la altura de su talento forense.
El fiscal Bazin solicitó un veredicto sin circunstancias atenuantes. Tras el resumen del presidente, el jurado respondió afirmativamente a las cuestiones planteadas, concediendo no obstante a Revel el beneficio de las atenuantes. El tribunal lo condenó a trabajos forzados a perpetuidad. La crónica concluía con este contraste: un haz de indicios materiales y testimonios desembocaba en la condena, mientras el reo persistía en su fábula del fusil robado y la identidad usurpada. Picou había sobrevivido a la trágica noche de Pegassou.
