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Justicia y escándalos · Francia

La pisada herrada del bosque de La Jatte

En Nointel, el guardabosques Bétourné resulta herido de un escopetazo al intentar interceptar a un cazador furtivo. Una prolija instrucción judicial coteja huellas, calzado, perdigones y testimonios en torno a Joseph Lefèvre, a quien los jurados terminan absolviendo.

El 28 de diciembre de 1873, hacia las siete y cuarto de la mañana, en los linderos del bosque de La Jatte, Bétourné señalaba a su camarada Degouy un montón de forraje cuando ambos oyeron bajo la espesura los pasos de un hombre que huía. El apostadero se había dispuesto junto a una parva de alfalfa y paja; el guarda acababa de reconocer el puesto que ya había observado aquella misma mañana. Degouy se lanzó en persecución del furtivo. Bétourné, de más edad, tomó un sendero que conocía bien para cerrarle el paso.

Acababa de cruzar el bosque cuando se topó de frente con un individuo armado con una escopeta, que llevaba una liebre consigo. «¡En nombre de la ley, deténgase!», gritó. La respuesta fue un disparo. Bétourné cayó al suelo, alcanzado en la cabeza según el relato del auto de procesamiento; varios perdigones le habían penetrado en el hombro izquierdo. Al oír la detonación, Degouy acudió a la carrera, levantó a su compañero y lo condujo de vuelta a Nointel. Bétourné había perdido un ojo. Tenía sesenta y seis años.

El hombre había logrado escapar antes de que los dos guardas pudieran prenderlo. Los dolores y la turbación impidieron a Bétourné dar su nombre en aquel instante, pero afirmó que lo reconocería si volvía a verlo. Degouy, que no había llegado a encararse con el fugitivo, solo pudo proporcionar una descripción somera. En aquella primera noche, la investigación carecía, pues, de un nombre; contaba con una víctima, un apostadero y las trazas de una cacería prohibida.

Al día siguiente, 29 de diciembre, las autoridades judiciales de Pontoise examinaron el terreno. Los indicios hallados fueron numerosos y singulares. Según las diligencias reseñadas por la Gazette, el cazador furtivo se había apostado en el escondite preparado de antemano; allí había abatido una liebre y empuñaba una escopeta de baqueta. Se encontraron pelos en el sitio exacto donde cayó la pieza, así como tacos de papel. Una serie de huellas unía la parva, el apostadero y el punto del encuentro con Bétourné. Fueron reproducidas mediante vaciados en yeso, croquis y una diligencia descriptiva.

Se midió cada pormenor: veintinueve centímetros y medio de largo, nueve centímetros de ancho, y un tacón de siete centímetros de anchura y deprimido. La suela presentaba ocho hileras de clavos de cabeza redonda en el centro, tachuelas planas en el contorno y, en la puntera, clavos alargados de dos puntas. Estas señales llevaron a la acusación a deducir que quien las calzaba habitaba en Beaumont. No bastaban, sin embargo, para atribuirles un nombre. Durante varios meses, la justicia recabó informes sobre los cazadores furtivos conocidos del cantón, mientras Bétourné, cuya mejoría era lenta, repetía sin cesar que acabaría reconociendo a quien lo había herido.

En los últimos días de febrero, el guarda señaló a Joseph Lefèvre, apodado el Gas, labrador en Beaumont. Lefèvre fue detenido el 3 de marzo y confrontado con Bétourné, quien lo reconoció. El auto de procesamiento consignaría que fue identificado formalmente en tres ruedas de reconocimiento sucesivas. La diligencia del juez de instrucción hizo constar que el acusado respondió proclamando su inocencia entre llantos y temblores. La Gazette reproduce esta reacción tal y como habría quedado asentada; por sí sola, no permite determinar cuál era su verdadero sentido.

El calzado de Lefèvre fue incautado. Parecía reproducir punto por punto las marcas advertidas en la tierra: idéntica disposición de los clavos, idéntico tacón deformado, idénticos clavos de dos puntas en la puntera. Las pesquisas dieron con el zapatero que los había colocado. Este explicó las particularidades de las botas, que el auto presentaba como suficientemente distintivas para descartar cualquier equívoco. La gendarmería las había intervenido ya el 7 de enero, antes de que Bétourné pronunciase el nombre de Lefèvre, circunstancia que permitía al ministerio público subrayar que el decomiso había precedido a la designación del sospechoso. El 11 de marzo, el guarda Heurtaux, que había presenciado las primeras diligencias periciales sobre el terreno, reconoció aquel calzado y declaró que pondría la mano en el fuego a que había dejado las huellas que él mismo vio junto al apostadero. La acusación trababa así una marca fijada en el suelo, un objeto requisado en el domicilio del encausado y el testimonio de un hombre que había examinado el paraje al día siguiente del disparo.

El acusado esgrimía otra explicación: bien pudo haber transitado el domingo precedente por el campo donde se habían recogido las marcas. El auto de procesamiento desechaba semejante hipótesis. Las huellas, levantadas el 29 de diciembre, le parecían demasiado frescas para proceder de un paso anterior; sobre todo, el rastro cubría el trayecto desde la parva hasta el apostadero y de allí al lugar de la agresión. La proximidad de aquel calzado, la escopeta y los tacos de papel constituía un haz de indicios elocuente a ojos de la parte acusadora, aunque cada elemento requería aún ser vinculado con certeza a su autor.

La escopeta confiscada a Lefèvre era asimismo de baqueta. Un perito armero examinó el plomo extraído de las heridas de Bétourné y concluyó que el arma del tirador había sido cargada con una mezcla de postas, en particular perdigones de los números 4 y 6. El registro domiciliario en casa de Lefèvre reveló la existencia de munición de esa misma numeración. Los tacos recogidos junto al apostadero y en el paraje donde cayó herido el guarda procedían de cuadernos de caligrafía; el auto apuntaba que Lefèvre pudo haber tenido a su alcance papel de semejante procedencia. No se trataba de una confesión, sino de concordancias materiales que la acusación articulaba en torno al escondite y al disparo.

El ministerio público sostenía asimismo que Lefèvre no era un desconocido para Bétourné. Había sido sorprendido en repetidas ocasiones en las tierras de Béjot y amenazado con denuncias. Se afirmó haberlo visto, al día siguiente de la agresión, merodeando armado cerca del bosque y espiando las pesquisas de los magistrados. El auto lo retrataba como un labrador acomodado, sin condenas previas, pero de dudosa reputación y dado a cazar en cualquier época del año. Semejante semblanza pertenecía a la tesis de la acusación; no suplía la prueba material del disparo ni la certeza de la identificación.

La crónica periodística consignaba dos distancias distintas. En el relato inicial, el agresor se habría hallado a trece metros de Bétourné al encañonarlo; en el pasaje final, el reconocimiento visual se sitúa a quince metros. La discrepancia subsiste en el texto de la reseña. La minuciosidad de tales mediciones contrastaba con la ausencia de una relación completa de los debates: se conoce el número de testigos y las conclusiones del fiscal, pero no las dudas o controversias que suscitaron durante la vista. El auto imputaba a Lefèvre el haber cazado de noche sin autorización y haber intentado voluntariamente matar a Bétourné con premeditación, con el propósito de favorecer su fuga y sustraerse a la persecución por el delito de caza.

Durante la vista oral, Lefèvre se atrincheró en sus negativas. Declararon quince testigos de cargo y veinte de descargo. El periódico afirma que estos últimos no aportaron ningún elemento novedoso, pero no detalla sus deposiciones ni los informes de conclusiones de los letrados. El fiscal Harel sostuvo la acusación; el letrado Léopold Lachaud asumió la defensa. Tras el resumen del presidente del tribunal, los jurados se retiraron a deliberar. Media hora después, pronunciaron un veredicto de inculpabilidad.

La huella, los clavos, la escopeta y los perdigones habían trabado la acusación contra un sospechoso señalado varias semanas después de los hechos. Media hora después de retirarse los jurados, Lefèvre quedó absuelto. Es el último dato que la Gazette consigna sobre el desenlace del proceso; no recoge motivo alguno que fundamente su decisión.

Nota documental: Gazette des Tribunaux, número del 4 y 5 de mayo de 1874, pág. 432, Audiencia Provincial de Seine-et-Oise (Cour d'assises), sesión del 1 de mayo. El artículo resume el auto de procesamiento y el término de los debates, sin transcribir los testimonios ni los alegatos de la defensa. Consigna distancias discrepantes (trece y luego quince metros) y no ofrece motivación alguna sobre el veredicto absolutorio.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El relato sigue fielmente la crónica judicial de la época y atribuye al auto de procesamiento los móviles, la fama pública y las relaciones de indicios articuladas contra Lefèvre. Se preserva la discordancia interna entre las dos distancias señaladas (13 y 15 metros); el fallo fue absolutorio y no se conservan las razones que guiaron la convicción del jurado.

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