A las once y cuarto de la mañana, en la llanura de Écuisses, los gendarmes Demortière y Didier divisan a un cazador que se encamina hacia el Bois-Brûlé. Emprenden su persecución. Demortière bordea la linde mientras Didier toma un sendero por el interior; en el instante en que el primero se dispone a internarse en la espesura, resuena un disparo. Demortière se desploma. El acta de acusación no se apoya en testigo alguno que viese al tirador apuntar; hace converger, en cambio, los vestigios hallados tras la detonación, los ademanes atribuidos a un hombre antes y después de su partida de caza, y quince retazos de papel vueltos a reunir.
La causa se juzga ante el tribunal de lo criminal de Saône-et-Loire el 31 de marzo y el 1 de abril de 1873. El acusado, Pierre Marchandieau, cuenta sesenta y tres años y reside en Écuisses, donde trabaja como peón. Se le procesa por la muerte de Demortière, gendarme destinado en Montchanin-les-Mines. La acusación sitúa el drama el 12 de enero, durante una ronda destinada a reprimir el furtivismo. El encausado es cazador; la gendarmería patrulla precisamente para vigilar tal práctica. No obstante, la identidad del cazador divisado en la llanura no puede deducirse, por sí sola, de semejante coincidencia.
Según el acta de acusación leída durante la vista, Didier se hallaba a unos dieciocho metros de Demortière. El texto añade que padece de vista corta: apenas pudo entrever al furtivo perdiéndose en la maleza. La herida resulta mortal y la reseña asevera que la autopsia sitúa el disparo a quemarropa. La misma acta sostiene que la trayectoria indica que Demortière no vio a su agresor. Estas conclusiones de la instrucción no aportan, en modo alguno, un reconocimiento visual de Marchandieau.
El primer arresto recae sobre otro individuo. Dos horas después del crimen, los gendarmes detienen a Desmurs, revendedor en Montchanin. La acusación relata que mostraba modales azorados, que había intentado esquivar las miradas para luego huir al avistar a los agentes y ocultar su arma en una vivienda. Admite practicar el furtivismo sin licencia. Ciertas huellas próximas al bosque parecen también señalarle. El propio sumario demuestra, sin embargo, por qué tales circunstancias resultan insuficientes: Desmurs caza con perdigones de plomo y no con la fundición de hierro extraída de la herida, y un testigo lo sitúa a más de dos kilómetros del bosque a la hora del homicidio. Desmurs es puesto en libertad; las pesquisas se orientan entonces hacia Marchandieau.
El vuelco procede de un fragmento ennegrecido por la pólvora, hallado en la herida de Demortière. La instrucción lo describe como un trozo de taco impreso. Nuevas pesquisas descubren en el paraje quince fragmentos que, cotejados entre sí, reconstruirían de forma parcial una cédula de prestaciones emanada del ayuntamiento de Écuisses. El apellido Marchandieau, la inicial de su nombre de pila y la mención del municipio serían aún legibles. El acta de acusación sostiene que no existen dos hombres con tal apellido en la comarca y que el documento sólo pudo pertenecer al encausado. Menciona asimismo a su hijo de diecisiete años, pero lo descarta: este, según la acusación, no cazaba y se encontraba ausente de la región aquel 12 de enero.
Se practica un registro en el domicilio de Marchandieau. Los gendarmes hallan allí una escopeta de caza, un fusil reglamentario y una copiosa cantidad de munición de guerra. Marchandieau declara en un principio que rara vez sale a cazar y que no abandonó su morada el día del crimen; su esposa confirma que habría permanecido en casa y afirma que no poseen perro alguno. La acusación asegura que tales manifestaciones quedan desmentidas por los testimonios. El procesado reconoce finalmente que practica el furtivismo de manera habitual, que abatió hace poco un jabalí y que anduvo cazando durante toda la mañana del 12 de enero.
En cuanto a su itinerario, las versiones discrepan frontalmente. Marchandieau sostiene que, tras enfilar hacia Écuisses, desanduvo lo andado y caminó cerca de su casa. El acta de acusación afirma que varios testigos lo vieron partir rumbo al Bois-Brûlé, mas nadie lo vio regresar. Añade que no se incorporó a su faena en la mina de Longpendu hasta las dos de la tarde, sin que nadie lo avistara junto a su domicilio antes de esa hora. Es la acusación la que transforma dicho intervalo en un lapso inexplicable; la crónica no ofrece otra reconstrucción pormenorizada de su mañana.
La carga de fundición constituye otra pieza cardinal del razonamiento. Marchandieau declara primero no haber disparado el 12 de enero. Reconoce después haber adquirido, el 19 de enero, media libra de fundición, metal que suele emplear para la caza. Según el acta, la fundición hallada en su vivienda y la contenida en el arma incautada equivalen con exactitud a esa cantidad. La acusación deduce de ello que hubo de disparar antes de la compra y que pretendió engañar a la instrucción. Es así como el ministerio fiscal vincula el inventario de las municiones con sus declaraciones. La defensa impugnará los cargos, si bien el periódico no detalla su réplica en cada eslabón del cálculo.
El estado de la escopeta se presenta a continuación como indicio de disimulo. El arma entregada a la justicia el 23 de enero estaba, según la acusación, cargada desde hacía poco; carece de cápsula fulminante y su chimenea muestra señales de haber sido limada recientemente. El ministerio público sostiene que la lima borró las huellas de un disparo reciente. El acta invoca asimismo la naturaleza de los tacos hallados en el cañón como prueba de precauciones destinadas a desvanecer indicios. De nuevo, se trata de las conclusiones de la instrucción tal como las reproduce la prensa, no de una confesión de Marchandieau.
Las vestimentas y el perro completan el cuadro. Didier consignó aquel mismo día la filiación del cazador. Un testigo que habría hablado con Marchandieau la mañana del crimen describe un atuendo que la acusación juzga coincidente. Afirma que el pantalón y la gorra han sido reconocidos, mientras que Marchandieau se habría deshecho de su blusa sin revelar su paradero. Otro testigo asegura haber visto a un hombre salir presuroso del bosque, seguido por un perro del cual detalla alzada y pelaje. Tres días después de la muerte, la esposa de Marchandieau lleva el can a Le Creusot; presentado ante el testigo, el animal es identificado como el que merodeaba cerca del bosque. El fiscal hace de ello un elemento acusatorio más. El testigo identifica al animal; el relato no le atribuye la identificación del amo.
Por último, el ministerio público vincula con el escenario del crimen un pedazo de periódico con restos de rapé. La acusación afirma que Marchandieau guarda sus cápsulas en la tabaquera y su tabaco en papel, y que envoltorios semejantes fueron incautados en su hogar. Sostiene además que las cédulas de prestaciones halladas en el taco se custodiaban celosamente en la vivienda del matrimonio y no habían sido confiadas a terceros. Así, el papel, la escopeta, el perro, la distribución horaria y las prendas se convierten en partes de una misma demostración. Mediante su acumulación, la fiscalía insta a los jurados a reconocer en él al cazador perseguido.
Comparecen veinticinco testigos propuestos por el ministerio público y dos por el procesado. El procurador general Fremiet expone su convicción como fruto de pruebas materiales y morales, y exhorta a los jurados al castigo. La defensa comienza rindiendo homenaje a Demortière y al cuerpo de gendarmería, para luego rebatir las imputaciones y evidenciar, según el somero extracto del cronista, su fragilidad. El artículo no transcribe los pormenores de tales refutaciones. Su desproporción es manifiesta: el acta acusatoria ocupa varias páginas, mientras la defensa se despacha en unas cuantas líneas.
El veredicto deslinda el homicidio de la infracción cinegética. Marchandieau resulta absuelto de los cargos relativos a la muerte de Demortière. Por el delito de caza, se le condena a veinticinco francos de multa y al abono de las costas procesales. La absolución no señala a ningún otro tirador ni resuelve los enigmas planteados por los fragmentos de la cédula municipal. Acredita que el jurado no halló a Marchandieau culpable de la muerte, pese a la rotunda vehemencia del informe fiscal; la sanción por caza dimana de un cargo enteramente independiente.
Tras levantarse la sesión, bien entrada la noche del 1 de abril, varios corrillos permanecen ante el palacio de justicia comentando el fallo. En la crónica de autos, la acusación había pretendido hacer de los quince fragmentos un puente inexorable entre la espesura y un hombre. El jurado rechazó semejante corolario penal, limitándose a apreciar una infracción de caza. El papel parcialmente reconstituido permanece en el centro del relato judicial, mas no bastó para forjar una condena por homicidio.
Nota documental: Crónica basada en la reseña de las audiencias del 31 de marzo y 1 de abril de 1873, publicada en la Gazette des tribunaux el 5 de abril, páginas impresas 328–329. El artículo reproduce primordialmente el acta de acusación; cuanto asevera respecto al papel, el arma, el perro, las ropas y la cronología se atribuye a la instrucción o al ministerio público. El resumen de la defensa es conciso. La transcripción OCR presenta erratas y lagunas; los fragmentos del impreso se describen como una reconstrucción parcial.
