El 28 de septiembre de 1849, entre las diez y media y las once menos cuarto de la noche, una voz pide auxilio en una pequeña ciudad del Erzgebirge sajón. «¡Dios mío, mi mujer!», grita el barbero y cirujano St… El magistrado, despertado en una casa contigua, se asoma a su ventana. Un alguacil del tribunal acude a toda prisa desde la vivienda del barbero y anuncia que acaba de descubrirse un crimen. En la alcoba superior, un lactante yace en su cuna con el cráneo destrozado. Su madre, tendida sobre las mantas, aún respira. La noche todavía no ha concluido su obra.
El padre se hallaba fuera, en la taberna. Al regresar, la puerta del aposento está cerrada. Su hijo primogénito sale de la habitación de enfrente llevando en brazos a la pequeña Luise, de tres años, y se la entrega sin pronunciar palabra. Acto seguido, baja las escaleras. El padre golpea la puerta, llama a su esposa; un leve estertor le hace temer que se esté asfixiando por el humo de la estufa. Junto a un vecino, el sastre St…, fuerza la entrada a través de la cocina. En la estancia, descubre a su mujer y a la criatura bañadas en sangre. El hacha sigue clavada en la cabeza de la madre; el padre la arranca y la arroja en mitad del entarimado.
El muchacho, Karl Friedrich Wilhelm St…, se presenta por su propio pie en el puesto de guardia. Tiene quince años y comparece ante el centinela en camisa y pantalón. Dice haber golpeado a su madre. Para justificar su comparecencia, habla de un sueño espantoso: asegura haber visto a su madre pegarle, y luego a sí mismo devolviéndole los golpes hasta hacerla sangrar. Pide que lo dejen bajo custodia. El alguacil acude al domicilio, donde el padre acaba de entrar con el vecino, y luego parte a prevenir al magistrado. Cuando regresa al puesto, el joven ya ha confesado haber atacado a los suyos. La madre que sangraba en aquel relato no era una quimera del sueño: los médicos la hallaban agonizante en su lecho.
Los facultativos atienden a la mujer. Múltiples heridas en la cabeza han fracturado el hueso; cada una de ellas, dictaminan, reviste carácter mortal. No recobra el conocimiento. Tan solo intentan aliviar su agonía mediante compresas. La criatura, de catorce semanas de vida, pereció en el acto. La madre expira en la cuarta hora de la madrugada. En el suelo, los pesquisas hallan un hacha ensangrentada. Ciertas heridas de la mujer parecen causadas por un instrumento más aguzado, acaso un martillo. Se descubre uno manchado de sangre bajo una cama del cuartito del que salió el hijo con su hermana; el propio lecho presenta asimismo vestigios.
Al día siguiente, el magistrado se traslada a la Frohnfeste, donde el muchacho permanece recluido, y le notifica que su madre y su hermano han muerto. Sobre el jergón, él se da la vuelta, se cubre el rostro un instante y luego accede a responder al interrogatorio. Declara haber reñido con su madre la víspera por la noche; ella lo habría reprendido con severidad. Cuando la mujer volvió a acostarse, él la habría seguido provisto de un leño tomado de la cocina y la habría golpeado. Durante el reconocimiento médico-legal, reconoce los cadáveres y las herramientas. Ante los despojos de su madre, gime durante unos minutos y luego recobra un tono lo bastante sereno como para declarar.
El 2 de octubre, día de las exequias, el doblar de las campanas resuena a mediodía. El muchacho es conducido a una sala del ayuntamiento cuyas ventanas dan a la plaza. Desde allí puede contemplar el cortejo que se congrega ante la casa familiar. Al salir el féretro, rompe en sollozos y ruega al instructor que le permita confesarlo todo. Sigue con la mirada la comitiva fúnebre mientras le resulta visible. Aquel día reconoce haber atacado a su madre y a su hermano de cuna durante el sueño, tras una resolución largamente madurada. Es posible que una emoción cruzara su semblante, mas los hombres que lo observan no saben calibrarla; el compilador, por su parte, tacha su compunción de demasiado efímera. Dicho juicio moral le pertenece exclusivamente a él.
El joven no había crecido desprovisto de instrucción ni de talento. Nacido en Dresde en 1834, fue criado hasta los cinco años por su abuela, reuniéndose después con sus padres en la pequeña ciudad. Al principio aprendía con lentitud; hacia los nueve o diez años, sus facultades comenzaron a despuntar. Sus padres le procuraron una educación esmerada, incluidas lecciones particulares de latín y griego, en las que mostró notables aptitudes. Las actuaciones sumariales le reprochan más bien trapacerías o actos de malevolencia, amén de una conducta que sus progenitores y maestros juzgaban inquietante.
Era incapaz de asentarse en un oficio. Trabajó primero en una fábrica de hormas para calzado y luego en un taller de maquinaria, donde se le brindó la oportunidad de proseguir sus estudios. Allí se desenvolvió durante algún tiempo. En mayo de 1849, antes de cumplir los quince años, se unió a una partida de voluntarios francos que marchaba hacia la capital; unos allegados le dieron alcance por el camino y lo trajeron de vuelta. Más tarde declararía que aquella hora fue la única verdaderamente hermosa de su existencia. Sorprendido en posesión de una pistola perteneciente a su casero, abandonó su empleo, vendió su reloj y dejó deudas tras de sí. Al declinar el verano, vivía ocioso en casa de sus padres, paseando o pescando, mientras la zozobra doméstica no dejaba de enconarse.
Con anterioridad al doble crimen, ya había prendido fuego a una choza de vigilancia en el campo. Alegó haber encendido una hoguera para secarse y calentarse tras recoger bayas, y haberla atizado al comprender que ya no podía sofocarla. Tres testigos afirmaron, por el contrario, que el día era apacible. Uno de ellos lo vio transportar materias inflamadas sobre dos varas y prender fuego a las cuatro esquinas. La cabaña, levantada con césped y unos pocos maderos, carecía de valor y se alzaba en pleno campo; el riesgo de propagación era insignificante. El joven atribuyó más tarde a su cólera contra su madre un acto que inicialmente había pretendido hacer pasar por un accidente.
La ira que precedió a los crímenes es descrita tanto por el propio muchacho como por las personas interrogadas. El 2 de septiembre estalló una disputa durante el almuerzo porque no había manteca para el pan. El muchacho insultó a su madre y esta le propinó una bofetada. Su padre, enterado al regresar, le administró entonces un severo castigo físico. El joven declaró haber jurado vengarse de ambos progenitores y, ya por la tarde, haber concebido la idea de matarlos. Su versión fluctuó en cuanto a los proyectos sucesivos, pero reconoció que su designio de atentar contra la madre había ido fraguándose a lo largo de las semanas previas.
La noche del 28 de septiembre, una amiga de su madre, Auguste, acude de visita. La dueña de la casa se siente indispuesta y yace en cama. A la mesa, el hijo, con la gorra calada sobre los ojos, copia papeles para una representación aficionada del drama «Tres días en la vida de un jugador». Hacia las nueve cesa de escribir y se tiende en el suelo, a los pies del diván. Las dos mujeres conversan sobre educación. La madre se lamenta de haberse sacrificado tanto por sus hijos, mientras que el que ha vuelto al hogar no trabaja y hasta ha empeñado sus ropas. Él replica que más le valdría no quejarse de sus dolores. Hacia las nueve y media, la visita se despide.
El hijo declararía que aquel reproche de su madre lo empujó a consumar el plan esa misma noche. Había ideado una estratagema para simular la irrupción de malhechores: matar a su madre mientras el padre estuviese fuera, quebrar una ventana, abrir el escritorio y el armario del pan, desordenarlo todo y luego acostarse junto a Luise como si nada hubiese ocurrido. Aseguró no haber planeado matar a su padre aquella noche ni haber tenido intención de dañar a su hermana. Pensaba que el padre regresaría y se iría a la cama sin entrar en la alcoba. Las primeras disposiciones de la velada debían, pues, camuflar el crimen y ponerlo a resguardo de toda sospecha.
Tras despedirse las mujeres, la madre se levantó para apagar la luz. Regresó a su lecho y, al pasar junto al muchacho tendido en el suelo, le pisó un pie. Dijo haberlo hecho sin advertirlo, pero él creyó ver en ello una afrenta deliberada. El pequeño Rudolph empieza a revolverse en su cuna. St… intenta calmarlo, se incorpora, humedece el chupete, lo mece. El hacha se halla en la cocina. La toma, la oculta, la cambia de sitio en varias ocasiones; titubea, la vuelve a dejar, la empuña de nuevo. Afirma hallarse tan pronto impelido por la ira como paralizado por el miedo al castigo. Al removerse la madre en la cama, cree que va a despertarse y a descubrir el arma. Descarga el golpe sobre su ojo derecho.
Rememoró entonces el pasmo que siguió al primer impacto: las piernas le temblaban, retrocedió espantado y comprendió lo que acababa de perpetrar. Pero el bebé rompió a llorar. Temiendo que los berridos lo delataran e impaciente al ver que su madre aún se movía, golpeó al niño según su confesión, para luego cebarse de nuevo con la madre, que aún respiraba. Su relato sostiene que los golpes asestados a la mujer fueron premeditados; no permite inferir que la muerte de la criatura obedeciera al mismo designio preconcebido. La escena, las herramientas y las confesiones acreditan la agresión; la intencionalidad respecto al lactante sería dirimida por separado por los jueces.
Reconoció haber quebrado el cristal golpeando de fuera hacia dentro, con el fin de fingir la entrada de un extraño. Cerró después la ventana cuando tomó la resolución de entregarse. El martillo ensangrentado fue arrojado bajo la cama; el hacha quedó junto a su madre. En cuanto a Luise, la llevó al cuarto contiguo y aguardó el regreso de su padre antes de confiársela. Declaró no haber tenido corazón para dejarla desamparada y correr al puesto de guardia. En aquella morada, el apego que afirmaba profesar a su hermana coexistía de forma atroz con la violencia que acababa de descargar contra su madre y su hermano.
El tribunal consideró premeditado el asesinato de la madre. Calificó la muerte del lactante de homicidio, mas no concluyó que el joven hubiese preparado de antemano la muerte del pequeño. Tampoco dio por probado que el muchacho hubiese resuelto, la noche de autos, matar a su padre y a su hermana: habría acariciado con anterioridad un designio más amplio para luego abandonarlo. El compilador clama contra la benevolencia de la pena impuesta y la tibieza de lo que considera un falso arrepentimiento; esta voz moralizante no debe confundirse con los matices jurídicos de la sentencia.
La condena a reclusión en casa de corrección fue confirmada en segunda instancia y el reo fue trasladado en septiembre de 1850. Su minoría de edad le había salvado del cadalso. El cronista se escandaliza por ello: pretendería que la atrocidad del crimen bastase para derogar tal salvaguarda. Entre el muchacho que contempla el cortejo y el hombre en que habrá de convertirse en presidio, la justicia determinó interponer largos años.
Luise, entretanto, permaneció con los miembros supervivientes de la familia. Durante la instrucción, el centinela relata que la mera visión de un martillo o la mención de semejante herramienta sumían a la niña en un llanto inconsolable que apenas lograban apaciguar. St… montaba en cólera cuando le transmitían tales noticias, máxime al saber que su padre sospechaba que también hubiese querido matar a su hermana. La pequeña a la que había llevado en brazos al cuarto contiguo resultó ilesa. Sin embargo, los golpes habían dejado una huella indeleble que ningún examen corporal hubiese podido revelar.
Desde la ventana del ayuntamiento, el hijo había seguido a su madre con la vista hasta el recodo en que la comitiva se desvanecía. Había pedido hablar, y los magistrados recogieron su testimonio. Pudieron deslindar el asesinato deliberado del homicidio imprevisto, dictar condena y custodiar las armas homicidas entre las piezas de convicción. Lo que jamás podrían hacer era restituir a aquel hogar lo que el padre halló tras la puerta cerrada.
