En la Maison du Bois, la esfera se inmovilizó en la medianoche. Auguste Dobert sostenía haber entrado cuando el reloj marcaba las diez; el auto de acusación, por su parte, situaba el crimen en la noche del 8 al 9 de marzo, mientras que el mozo reconocía los hechos acaecidos en la del 7. Tales precisiones jamás coincidieron. Durante el proceso, permanecieron la una junto a la otra, entre las confesiones de un joven criado, las palabras de quienes le habían dado trabajo y la memoria de un hombre que antaño lo había socorrido.
El 3 de junio de 1873, ante el tribunal de lo criminal de Sarthe, Dobert contaba diecinueve años. Peón de granja, domiciliado en Chamandière, término municipal de Vion, comparecía acusado del asesinato de Jean-Baptiste Moreau, a quien las actas llaman también Poirier, en la Maison du Bois, término de Le Pé. La Gazette lo describe rubio, de estatura mediana y porte comedido; responde al presidente, incluso cuando se le interroga sobre las antiguas amenazas y sobre el mal que, según decía, le impedía servirse libremente de una mano. Dichas amenazas, a tenor de las preguntas consignadas, se remontaban a tres meses atrás. El presidente le inquirió asimismo por qué se había demorado la ejecución; Dobert alegó entonces la dolencia de su mano. La Gazette conserva estos extremos como meras preguntas formuladas en la audiencia y una explicación ofrecida por el encausado: no se extiende sobre las circunstancias de cada amenaza ni sobre los pormenores de dicha lesión. Para el tribunal, las amenazas precedían así al crimen relatado por el propio Dobert; el curso de los debates confrontaría en adelante aquella palabra pretérita con los testimonios de sus amos.
Reconoció haberse presentado ante la puerta armado con una horca de dos púas. Apareció Moreau; Dobert lo acometió, apoyando la horca contra su propia cadera. Herido en el rostro y en la sien, el hombre cayó al suelo y exclamó, según el periódico: «¡Tener que morir así!». Dobert lo arrastró hasta el pie de un establo. Declaró haberse detenido a tomar aliento antes de arrojar al herido a una zanja. La cabeza asomaba a la superficie; tomó entonces una horca de tres dientes y golpeó de nuevo el cuerpo para hundirlo bajo el agua.
La acusación siguió a continuación los rastros que el reo habría dejado en la vivienda y sus dependencias. Al parecer, utilizó una paleta para recoger sangre y embadurnar con ella la puerta del establo; allí se habría trasladado un sombrero de Moreau. Consumado el crimen, Dobert regresó a la casa. Registró un armario y el lecho, sin hallar nada de valor, hasta que divisó un pantalón y descubrió en un bolsillo un portamonedas con cinco francos. El importe del robo consignado en el auto era de setenta francos. Dobert persistió en sus declaraciones y se negó a explicar el destino de aquel dinero.
Su regreso devolvía el reloj al centro del sumario: lo había detenido a medianoche, a pesar de que afirmaba haber entrado dos horas antes. Otra suma distinta afloró en la declaración testifical del hermano de Moreau: ciento sesenta francos, en seis billetes, que su deudo habría ocultado en una fanega de grano en el desván. La cantidad de autos, los cinco francos del monedero y los billetes evocados por el hermano no aluden a la misma cuantía. El diario los hace resonar en el curso del proceso sin constatar que fuesen hallados juntos ni desentrañar su exacta correspondencia.
El primer hallazgo se produjo el 10 de marzo. Un sargento de la gendarmería encontró a Moreau en una zanja enfangada, bajo un haz de espinos y ramas de patata. Un perro menudo había atraído la atención hacia el paraje; añade la Gazette que, de no ser por el animal, las pesquisas habrían sido interminables. El mismo oficial, encargado de las primeras indagaciones, confirmó los hechos incriminados. El médico facultativo apreció seis heridas en la cabeza, cualquiera de las cuales habría bastado para provocar una muerte casi instantánea. El estómago vacío le llevó a estimar que Moreau había sobrevivido cinco o seis horas después de su última comida, sin que las crónicas precisen la hora de esta última.
Antes de que el juicio congregara estas voces, Dobert había intentado dirigir la sospecha hacia un antiguo camarada a quien deseaba castigar. Con posterioridad, se retractó de tal imputación. El texto impreso no menciona el nombre del sujeto ni detalla las circunstancias de aquel relato inicial; la variación, no obstante, gravitó sobre los debates, en el instante en que el acusado reprochaba a ciertos testigos su empeño en «hacerle caer». El presidente le advirtió de que le asistía el derecho de replicar a sus declaraciones y formular su defensa, pero que era preceptivo escucharlos con anterioridad.
Fue entonces cuando el pasado de Dobert junto a Moreau cobró un relieve particular. El hermano explicó que el difunto había albergado al joven en diversas ocasiones, cuando le faltaba trabajo. A fuerza de acogerlo, Moreau le habría espetado: «Eres un holgazán». Para el testigo, este agravio había alimentado la inquina del acusado; tal afirmación permanece como una apreciación personal, no como un móvil plenamente acreditado por los autos. En esa misma comparecencia, aludió a los billetes escondidos en el desván. De este modo, el hombre que había amparado a Dobert se convertía, por boca de su hermano, en aquel cuya censura habría abierto un abismo entre el socorro recibido y la amenaza proferida.
Los antiguos patrones del reo aportaron otro juicio sobre su temperamento. Todos convinieron en su probidad; lo juzgaban, empero, obstinado y decían que «se hacía a menudo el zorro», expresión que el periódico esclarece como su propensión a correr los caminos y obedecer con desgana. Ratificaron asimismo las expresiones amenazantes vertidas contra Moreau. El retrato, por ende, no se dejaba reducir a una reputación intachable ni a una pura imputación criminal: los mismos hombres que elogiaban su honradez testificaban lo que más pesaba en su contra.
Dallière conocía el reverso de aquella acusación. Dobert lo había señalado como cómplice, y en virtud de tal inculpación había sido arrestado. Llamado al estrado, Dallière no mostró animosidad alguna. Declaró que sus tratos habían sido escasos y que apenas conocía al muchacho. El informe judicial transita así de una denuncia retractada a un testigo con nombre y apellido, sin esclarecer de forma explícita si aquel antiguo camarada era en verdad Dallière. Quien comparece ante el tribunal se limita a asegurar que apenas guardaba trato con Dobert.
Las notas de la vista señalan una última pausa antes del veredicto: los testigos concluyeron sus deposiciones a la una; tras un receso anunciado de un cuarto de hora, las sesiones se reanudaron, según el relato de los hechos, a la una y treinta y cinco. El fiscal de la República Morry sostuvo la acusación pública y el letrado Heinon asumió la defensa. El jurado respondió afirmativamente a todas las cuestiones formuladas, si bien apreció circunstancias atenuantes. Dobert fue condenado a la pena de trabajos forzados a perpetuidad.
Persisten, en esta vista judicial, muy distintas maneras de juzgar a un mismo hombre: la confesión que prestó, la probidad que sus amos le reconocían, las amenazas que estos corroboraron, el antiguo amparo de Moreau y el resentimiento que su hermano atribuía al insulto de «holgazán». Las horas y los caudales tampoco se dejan fundir en una versión unívoca. El tribunal pronunció su fallo; las páginas de la crónica, por su parte, preservan las piezas de este debate sin dirimir todas sus discordancias.
Nota documental: Gazette des Tribunaux, sábado 7 de junio de 1873, pág. impresa 541, sesión del 3 de junio ante la Audiencia de lo Criminal de Sarthe, «Asesinato y robo cualificado». Transcripción ceñida a la primera columna, desde el encabezamiento del tribunal hasta el veredicto y la condena; excluidas las crónicas y artículos adyacentes. Las dos fechas atribuidas al crimen se mantienen asignadas al auto de procesamiento y a las declaraciones de Dobert.
