La mañana del 29 de enero de 1873, una lechera llamó a la puerta de la heredad de los Guérin, en la calle de Maisons-Neuves, en Monplaisir. Nadie respondió. Los vecinos, convocados a su vez, tampoco obtuvieron contestación alguna; alertaron de inmediato al comisario de policía. En los aposentos de la modesta vivienda, los tres moradores habían sido asesinados. Las pesquisas no tardarían en llevar a los magistrados de Villeurbanne hasta Marsella, donde Joseph Seringer, hijo de Hortense Posty e hijastro de Louis Guérin, fue arrestado al despuntar el alba.
La reseña de la Gazette des Tribunaux otorga en primer término la palabra al acta de acusación. Describe una casa retirada, sita en el número 20 de la calle de Maisons-Neuves, dentro de una parcela donde la nieve había propiciado la conservación de las pisadas. Louis Guérin, de sesenta y ocho años de edad, antiguo recaudador de navegación, residía allí en compañía de su esposa Hortense, de cuarenta y ocho, y de la hija de ambos, Esther, de veintiún años. Hortense había tenido dos hijos de un matrimonio anterior. Joseph, nacido en 1846, servía en las dotaciones de la armada, mas residía en Marsella desde que obtuvo su licencia. Su hermano, por su parte, se hallaba destinado en las colonias.
El pliego presenta a los Guérin como una familia que vivía con holgura y sobriedad. Louis percibía una pensión de mil quinientos francos y administraba algunos caudales. La Gazette refiere que la madre amaba a sus hijos pese a las faltas que les afeaba, y que el padrastro siempre les había dispensado afecto. Joseph, conforme a ese mismo texto, solicitaba dinero con frecuencia. Esta semblanza pertenece a la acusación reproducida por el diario; por sí sola, no permite desentrañar las íntimas disposiciones de los miembros de la familia.
Los primeros indicios fueron descubiertos sobre la nieve. Un hombre había franqueado el muro de la cerca, cruzado el terreno y alcanzado la fuente antes de abandonar el lugar. Las huellas no delataban ninguna otra entrada. Próximo a la fuente se halló un gran cuchillo de carnicero, al que la fuente califica de «parteret», cubierto de sangre; los investigadores conjeturaron que quien lo arrojó se lavó las manos antes de partir. La nieve había comenzado a caer entre las once de la noche y la medianoche, sin prolongarse; los magistrados dedujeron que el visitante nocturno, salido por la mañana, había pernoctado con toda probabilidad en la morada.
En la planta baja, nada denotaba una contienda. Sobre la mesa del salón permanecían los restos del almuerzo de una sola persona, una botella de aguardiente mediada y una segunda copa. La justicia coligió que la familia había acogido a un huésped. En el piso superior, los tres cadáveres yacían en los dormitorios. La Gazette pormenoriza las heridas, pero el relato del espanto en nada añadiría a lo consignado por los facultativos: el cuchillo hallado en el cercado les pareció haber servido para los tres homicidios. Los cuerpos aún conservaban calor; calcularon que las víctimas habían sido atacadas entre las tres y las cinco de la madrugada. Otros pasajes del informe fijan un margen de cuatro a cinco horas. La hora exacta permanece, por ende, incierta.
La posición de los cuerpos desconcertó asimismo a los pesquisidores. Esther se encontraba en su lecho. Louis había sido arrancado de su cama y derribado sobre el entarimado; Hortense descansaba boca abajo, con el rostro hundido en un travesero. Los médicos constataron que las tres víctimas habían sido heridas con el mismo instrumento. Advirtieron desgarros y marcas en las ropas de noche y estimaron que algunos de los cuerpos habían sido volteados con posterioridad a la muerte. La violencia era palmaria; la secuencia precisa de los actos dependía, a su vez, de las comprobaciones e inferencias forenses recogidas por la Gazette.
Los armarios habían sido revueltos. El reloj que Louis colocaba cada noche sobre un soporte había desaparecido; un pequeño mueble utilizado a modo de arca de caudales había sido forzado. En una alcoba contigua, se había dispuesto un camastro improvisado arrimado a dicho mueble. Huellas de manos y una mancha de sangre señalaban el jergón. A juicio de los pesquisas, un único individuo había consumado los hechos y conocía a fondo a la familia. Bajo este prisma se examinaron los movimientos de Joseph.
Al clarear el día, un herrero había encontrado en las inmediaciones del fuerte de Villeurbanne una carta dirigida a la señora Guérin. La había remitido en agosto la joven con quien Joseph debía contraer nupcias, participándole su condena a tres meses de presidio por el hurto de un reloj. La nieve no había cubierto el papel; parecía, pues, haberse extraviado de fecha reciente. La acusación esgrimió que Joseph tenía fundado interés en recuperarla. Un despacho telegráfico previno a la policía de Marsella. A la mañana siguiente, a las seis, los agentes lo prendieron en su vivienda.
Llevaba consigo un grueso reloj de plata con dijes, un billete de veinte francos con manchas de sangre y una sortija de mujer engastada con un granate. Sus vestiduras estaban igualmente maculadas. Joseph adujo haber viajado a Tolón el 28 de enero y haber regresado a Marsella a la mañana siguiente. Los investigadores no hallaron a nadie capaz de corroborar dicha estancia. Sus patronos tan solo lo vieron reintegrarse a la morada la noche del 29, tras la llegada del convoy procedente de Lyon. Un revisor creyó reconocerlo a bordo de dicho tren; declaró haber visto al pasajero portar un pequeño bulto envuelto en un pañuelo. La Gazette puntualiza que este no pudo aseverar con firmeza su identificación.
Los efectos incautados trabaron otro haz de indicios. El relojero que había vendido la pieza a Louis Guérin reconoció sus marcas; diversos testigos afirmaron haberla visto poco antes del crimen. Otros tantos objetaron la versión de Joseph relativa a la sortija: su hermana Esther no habría podido saber, cuando él sostenía haberla recibido de sus manos, que el proyectado enlace se había frustrado. Su prometida, Appoline Gratiano, confirmó en estrados que se había negado a desposarlo, mas negó haberle demandado la restitución de la alhaja por mediación de su hermana. La cadena de oro que antaño Louis entregara a Joseph había sido vendida con anterioridad al viaje; su comprador no recordó haber visto dije alguno.
El informe pericial sobre las ropas cobró singular peso en los debates. El químico Ferrand advirtió más de doscientas manchas, oblicuas y dispuestas en salpicaduras sobre el pantalón, la camisa, el chaleco y la marinera. Dictaminó que no procedían de una hemorragia nasal y planteó que debieron de proyectarse hallándose el individuo en ademán de acometida. Examinó asimismo los pliegues del pañuelo y las marcas del billete de banco. Con todo, el perito no juzgaba que los botines de Joseph hubiesen sido calzados en el lugar del delito: vislumbraba o bien que el encausado hubiese perpetrado el hecho descalzo, o bien que se hubiese mudado de calzado. La defensa recalcó esta inconsistencia, al tiempo que rebatió la posibilidad de que un solo hombre diese muerte a tres personas sin despertar al resto.
En las audiencias comparecieron, finalmente, allegados y conocidos. Varios de ellos reconocieron el reloj; otros refirieron lo que Hortense les había confiado acerca del dinero prestado a su hijo o de un conato de sustracción anterior, acaecido el 15 de enero. Ciertos testimonios eran de oídas y fueron ponderados en su justa medida. Los testigos de Marsella no ratificaron el pretendido viaje a Tolón; uno de ellos ni siquiera reconoció a Joseph. Appoline aseveró haberle notificado con toda claridad la ruptura de sus planes matrimoniales. Joseph negó los asesinatos e insistió en que había comprado el reloj a un desconocido.
El fiscal general Roger Belliard sostuvo la acusación. Los letrados Gignoux y Guerrier asumieron la defensa. Subrayaron las incertidumbres en la filiación del viajero, la ausencia de vestigios hemáticos en los botines y las contradicciones entre los deponentes sobre las joyas. Adujeron que los indicios no bastaban para fundamentar un crimen premeditado ejecutado por una sola persona. El periódico da cuenta de que los miembros del jurado respondieron afirmativamente al parricidio y al robo, mas desestimaron la premeditación; el veredicto guardó silencio respecto a las circunstancias atenuantes. El tribunal dictó, pese a ello, la sentencia de muerte.
La misiva caída en la nieve, el reloj hallado en Marsella y las manchas de sangre articularon ante la sala una cadena de indicios que reconducía a Joseph Seringer a la residencia de su madre. La Gazette consigna asimismo las salvedades articuladas por la defensa y la debilidad de ciertos testimonios. La crónica concluye con la sentencia; omite el relato de una ejecución posterior. El fallo judicial fija lo resuelto por el jurado, sin erigir en prueba directa lo que testigos y peritos se habían limitado a inferir.
Nota documental: relato basado en las crónicas de la Gazette des Tribunaux de los días 4, 5 y 6 de junio de 1873, que reproducen el acta de acusación y detallan los debates finales. El ejemplar del 3 de junio no se halla disponible en el servidor de la ENAP (enlace consultado, error 404); las sesiones precedentes, por tanto, no han sido reconstruidas. La transcripción OCR en columnas múltiples contiene erratas; los hechos dudosos permanecen atribuidos a sus declarantes, a los peritos o a la acusación. La fuente no recoge ejecución alguna.
