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Justicia y escándalos · Francia

La herida bajo las ropas

En Ardèche, Firmin Pradal sostiene que su madre pereció a causa de una caída. La exhumación saca a la luz una herida profunda; en el juicio, el jurado aprecia el parricidio con atenuantes y el tribunal pronuncia la condena a trabajos forzados a perpetuidad.

A las dos de la madrugada, la muchedumbre abandonó el palacio de justicia hondamente conmovida. Escasos minutos antes, los jurados habían declarado a Firmin Pradal culpable de parricidio, concediéndole no obstante el beneficio de circunstancias atenuantes. El tribunal lo condenaba a trabajos forzados a perpetuidad. El joven, que hasta ese instante había mantenido el semblante hermético, rompió a llorar. Desde el inicio de las sesiones, había sostenido que su madre había hallado la muerte en un accidente. Una herida descubierta tras la sepultura había conferido a semejante descargo un cariz muy distinto.

La viuda Pradal contaba sesenta y ocho años. Hacía cerca de un decenio que residía con Firmin, el menor de sus dos hijos, en una casa de Ville, término municipal de Aubenas. Su hija Victorine estaba casada con un labrador de Saint-Privat. A finales de septiembre de 1872, un muchacho de catorce años, Charles Mortier, se había incorporado a la servidumbre de la casa como pastor. Dormía en el pajar, situado sobre la cuadra.

Abierta la vista, el presidente mandó dar lectura al auto de procesamiento. La pieza acusatoria retrataba a una madre que había colmado de desvelos a su hijo y a un hijo que no le correspondía con tal afecto. Un testamento otorgado en Aubenas el 7 de abril de 1871 le había asignado, en concepto de mejora, un tercio de los bienes maternos. Sostenía el ministerio fiscal que Firmin conocía tal liberalidad desde hacía meses y que su proceder no se había atemperado por ello. Los vecinos, se afirmaba, habían oído los reproches y presenciado las discordias subsiguientes. Semejantes consideraciones pertenecían a la acusación; correspondía al plenario ponerlas a prueba.

El mismo documento describía a un hombre violento, habituado a beber aguardiente y a acoger a sus camaradas en ausencia de la madre. Le atribuía asimismo un proyecto matrimonial con una joven apellidada Maurel, al que la viuda se oponía. Un lance, referido por varios testigos y ratificado por los esposos Debird, había impresionado sobremanera al vecindario: tras una reyerta acaecida durante la cría de los gusanos de seda de 1872, la madre había buscado amparo en su morada durante ocho días. La crónica no trueca estas declaraciones en diagnóstico de certeza. Revela únicamente que, con anterioridad al óbito, eran varios quienes conocían el temor y las desavenencias que imperaban en aquel hogar.

Los días que precedieron al fallecimiento de la viuda quedaron envueltos en una penumbra mayor de la que el tribunal hubiese deseado. La mujer partió a visitar a su hija a Saint-Privat, donde pernoctó. Los testimonios conservados no coinciden sobre la hora de su regreso: la reseña judicial menciona una partida de casa de la hija hacia la medianoche, mientras que la versión atribuida a Firmin sitúa la caída de su madre en la tarde del día siguiente. La precisión del reloj falta, pues, allí donde resultaría más esclarecedora. Consta tan solo que se la aguardó en la casa y que, poco después, el hijo anunció haberla hallado sin vida.

Su primera explicación atribuyó el desenlace a un traspié. Conforme a lo que relató a los vecinos, reposaba tras haber bebido con unos amigos cuando regresó su madre. Aseguró haberle franqueado la puerta antes de volver a acostarse. Más tarde, unos gemidos lo habrían llamado al exterior. Dijo haberla encontrado al pie de la escalera, tendida de costado e incapaz de reincorporarse. Afirmó haberla llevado en brazos hasta el lecho, saliendo luego para ayudar a recoger el rebaño. Le habría ofrecido un vaso de agua, sin que ella formulara queja alguna. El zagal cenó solo y durmió en su misma cama. Por la mañana, Firmin creyó al principio que su madre seguía con vida, hasta advertir su muerte al intentar dirigirle la palabra.

Al día siguiente, corrió a avisar a los vecinos del fallecimiento. Las mujeres del pueblo acudieron a preparar a la difunta y a velar el cadáver. El entierro se verificó transcurrido el plazo de cuarenta y ocho horas preceptuado por el alcalde. Sin embargo, la versión del accidente distó de convencer a todos. El recelo cundió por la comarca y llegó a oídos del comisario de policía de Aubenas, quien puso los hechos en conocimiento del ministerio público. Firmin quedó bajo custodia judicial.

La exhumación, practicada el 14 de diciembre, dio un vuelco definitivo a la causa. Al alzar la tapa del féretro, los facultativos descubrieron en el flanco izquierdo una herida honda, de la que la sangre había manado con profusión. El perito que examinó el cuerpo dictaminó que la lesión no podía ser fruto de una caída: un instrumento cortante había penetrado en las carnes cerca de quince centímetros. Hasta ese instante, Firmin jamás había mencionado semejante llaga. Apartó el rostro en cuanto quedó expuesta y balbuceó: «No he sido yo. No sé cómo ha podido ocurrir tal cosa».

La herida invalidaba el relato de la escalera; las contradicciones apreciadas en sus sucesivas versiones terminaron de desmoronarlo. No siempre había precisado a qué hora había regresado su madre ni en qué momento exacto la había descubierto. Sostenía que la mujer había pedido auxilio a voces, mientras que personas que se hallaban cerca aseguraban no haber oído nada antes de que él la levantara. Alegaba que ella se había desvestido por sí sola sin mancharse de sangre, a pesar de que las sábanas se hallaban tintadas. No se trataba de una escena que la prensa pudiera reconstruir desde el íntimo secreto de los hechos: era un haz de afirmaciones cotejadas con los dictámenes forenses y las declaraciones testificales.

Se debatió asimismo una circunstancia relativa a las horas que precedieron a la llegada de la viuda. La buhonera Rouvière había estado en casa de Pradal mientras este bebía con sus allegados; había permanecido allí tras la marcha de aquellos y se habría despedido justo cuando la madre regresaba. Varios testigos, entre ellos los colonos Comte y Gibaud, aludieron a dicha visita. La viuda habría montado en cólera al sorprender a su hijo en semejante tesitura. El móvil no pasó de ser una hipótesis emanada del sumario, lejos de constituir una certeza arrancada a una confesión.

El auto acusatorio recordaba también un antiguo rumor sobre el padre de Firmin, fallecido tras recibir una pedrada. Puntualizaba, no obstante, que el suceso se remontaba a una fecha harto remota para sustentar cargo alguno: Firmin no habría alcanzado por entonces los dieciséis años y los elementos precisos para una instrucción se habían vuelto inasibles. La mención de aquel episodio bien podía ensombrecer la semblanza trazada por el fiscal; nada probaba respecto a la muerte de la madre. La crónica añadía una condena reciente por desacato y amenazas a la gendarmería, aducida igualmente a título de mero contexto.

Las vestiduras de la víctima se hallaban expuestas ante el tribunal. Firmin compareció de riguroso luto, lívido y silente. El fiscal sustituto Dormand sostenía la acusación pública; el letrado de Lagarde, del colegio de Privas, asumía la defensa. El interrogatorio no quebrantó la negativa del procesado. Los testigos depuestos y los doctores Dessus, de Aubenas, y Nier, de Privas, ratificaron ante los magistrados que la muerte había sido provocada por una herida de arma blanca.

El fiscal reclamó del jurado un veredicto de parricidio. A las nueve de la noche, tras un receso, recapituló las discordias del hogar y los indicios acumulados contra el encausado. El señor de Lagarde replicó con mesura. La instrucción, arguyó, no había disipado todas las sombras; suplicó al jurado que no se inclinase por la vía más severa y solicitó que se planteara una cuestión subsidiaria: la de lesiones voluntarias que causaron la muerte sin intención de producirla. Tras un vivo intercambio de réplicas, la sala accedió a someter también dicho extremo.

A medianoche, el presidente resumió los debates. A la una, los jurados se retiraron a deliberar. Tres cuartos de hora más tarde, respondían afirmativamente a la cuestión principal de parricidio, reconociendo no obstante circunstancias atenuantes. La pregunta subsidiaria no alteró el sentido del veredicto. La pena impuesta fue la de trabajos forzados a perpetuidad.

La crónica concluye sobre las lágrimas de Firmin y las dos de la madrugada. No consigna el nombre del arma, no describe el ademán homicida ni ofrece una reconstrucción incontrovertible del crimen. Deja a la justicia lo que esta pudo determinar y al sumario sus propios confines: una madre hallada muerta, una herida incompatible con la caída esgrimida, declaraciones vacilantes y, en último término, una condena por parricidio. Lo demás permanece en esa penumbra que el juicio, pese a la concurrencia de sus testigos, no logró disipar con una sola certeza más.

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