Diez días después de su boda, Jeanne Desroches abandonó a su esposo armada con un cuchillo. Decía querer visitar a su familia, a una legua de Pommiers. En el camino, entró en casa de su hermana: los adultos se hallaban ausentes, dos criaturas dormían en una alcoba y la abuela descansaba en la estancia contigua. Jeanne asestó una cuchillada en el cuello a su sobrina Claudine, de dos años de edad. Un único grito alertó a la anciana. Cuando acudió presurosa, la niña ya agonizaba; Jeanne se había dado a la fuga.
Era el 19 de junio de 1832. El día 9, Jeanne había contraído matrimonio con Corget, vecino de Pommiers, y, en la mañana de aquella aciaga jornada, su marido se había levantado de madrugada para acudir a sus labores. Ella le anunció que deseaba trasladarse a Poully-le-Monéal, donde moraba su familia. Él no se opuso. Partió llevándose consigo un cuchillo. Champagnac puntualiza que la acusada declaró más tarde haber abrigado la intención de quitar la vida a su madre, pero no de causar tantas víctimas. El trayecto se inicia como una visita ordinaria y concluye en contadas horas en las moradas de allegados y vecinas.
Jeanne contaba veintisiete años. Antes de su enlace, vivía junto a su madre, la viuda Desroches, y gozaba de aprecio por su dulzura, su piedad y los desvelos con que atendía a los demás. Una de sus hermanas se había casado con Champart y tenía dos hijos; Jeanne era la que acababa de desposar a Corget. En la vecindad residía asimismo una mujer anciana y pobre a quien Jeanne prestaba servicio de buen grado, así como una vecina a la que había cuidado durante una dolencia. Tales vínculos explicarían por qué, tras los crímenes, causó general asombro que las víctimas fueran elegidas de entre aquellos a quienes hasta entonces había socorrido.
La abuela de Claudine corrió hacia la pequeña. Entretanto, Jeanne marchó derechamente a casa de su madre. La viuda Desroches se hallaba en el establo, disponiendo dos azadillas. Cruzaron un saludo; a continuación, la hija arrojó al suelo a la madre y la acometió con el cuchillo. Tomó seguidamente una de las azadillas y le asestó varios golpes en la cabeza. Las heridas revestían tal gravedad que los médicos constatarían posteriormente múltiples fracturas. La madre, a quien Jeanne había cuidado con ternura tras la muerte de su padre, se convirtió en su segunda víctima.
Jeanne subió al piso principal. Destrozó botellas, un mortero de madera y un candil; despedazó volúmenes que contenían oraciones e instrucciones religiosas, para luego desgarrar los vestidos y sayas de su hermana. Amontonó los jirones en mitad de la pieza. Los libros destruidos eran de igual naturaleza que los leídos por ella de forma casi incesante durante los meses precedentes, época en que decía hallarse atormentada por la idea de su condenación.
La vivienda colindante era la de Claudine Brondel, viuda Georges. Jeanne trepó por su empinada escalera de madera y anunció que deseaba hablar con ella. Al advertirla empapada en sangre, la anciana le preguntó: «¿A quién te pareces?». Jeanne se abalanzó sobre ella, hiriéndola en la cabeza, el cuello y los dedos. Para poner fin a la refriega, la despeñó por la escalera y huyó. Champagnac computa a la viuda Georges entre las cuatro víctimas mortales de aquella jornada.
Desde allí, Jeanne se encaminó a casa de la viuda Dorneron, que se encontraba en una habitación en compañía de su hijo de siete años. Desde el umbral, Jeanne le gritó que se oían voces de alarma en la calle y que debía asomarse. La madre salió hacia una pieza contigua cuya ventana dominaba la rúa. Jeanne se deslizó al punto en la estancia e hirió al niño con el arma. Una estocada profunda resultó mortal. A los alaridos del muchacho acudió su madre, ya tarde para salvarlo.
Jeanne intentó arremeter también contra la viuda Dorneron. Le causó una herida leve en la garganta y le mordió los dedos. La madre opuso suficiente resistencia para impedir que Jeanne la derribara. Desistiendo de su empeño, Jeanne emprendió la huida y regresó al hogar materno. Descendió a la bodega. Allí ocultó el cuchillo tras retirar el tapón superior de una barrica; acto seguido arrancó la pequeña clavija inferior, dejando que el vino se vertiera por el suelo.
La viuda Dorneron la había visto internarse en la bodega. Dio la voz de alarma a la vecindad; acudieron hombres y mujeres que cercaron el inmueble. Al intentar salir para darse a la fuga, Jeanne fue aprehendida. Se convocó al alcalde, al juez de paz, al fiscal del rey, a los facultativos y a los gendarmes. La instrucción debía esclarecer la concatenación de los actos; urgía asimismo desentrañar el estado de la joven, cuyos ademanes y palabras ya habían inquietado a sus allegados.
Interrogada el 19 de junio ante el fiscal del rey y los peritos médicos, Jeanne confesó los hechos. Manifestó haber partido de Pommiers con el designio de quitarle la vida a su madre, mas no de ultimar a tantas personas. Adujo dos motivos: juzgaba que su madre siempre había mostrado predilección por su hermana, y la lectura de libros piadosos le infundía pavor a la condenación eterna. Los médicos consignaron que su pulso latía con violencia, si bien sus respuestas se mantenían lúcidas y su memoria intacta. No hallaron en su aspecto exterior ni en sus deposiciones vestigio alguno de enajenación mental y requirieron que quedara bajo observación prolongada.
El juez de instrucción volvió a interrogarla el 21 de junio. Sus declaraciones de dos días antes alternaban el pesar y la obstinación: había asegurado que volvería a hacerlo, que no se hallaba arrepentida, aun reconociendo que su madre no merecía la muerte. El día 21 prorrumpió en llanto al evocar a esa madre «que tanto la amaba», conmoviéndose luego al recordar al pequeño Dorneron. Exclamó: «¡Pobre criatura, tan encantador que era!», suspendiéndose el relato. Su relación con las víctimas, al igual que sus respuestas, no consentía reducirse a una explicación unívoca.
Declaró igualmente que los devocionarios la habían atormentado: cuanto más leía y rezaba —afirmaba—, más segura estaba de su condenación; apenas dormía y soñaba con bestias. En otras ocasiones aludía a un «movimiento» en el hombro, a un mal golpe de sangre, o aseguraba ignorar lo que hacía. La obsesión de la condenación, las noches de insomnio y las mutaciones en su conducta habían sido observadas por su hermana Marie y por otros testigos con anterioridad a su enlace. Champagnac los vinculó estrechamente a los actos criminales y a la destrucción de los libros piadosos.
Tres facultativos de Villefranche examinaron con posterioridad a Jeanne en la prisión. En su informe dictaminaron que la melancolía consuetudinaria pudo haber hecho mella en su cerebro perturbando sus facultades; propusieron los términos de monomanía religiosa o demonomanía para dar razón de sus actos. Tales conceptos pertenecían al saber médico de la época. La defensa se amparó en ellos, mientras el ministerio público sometía los hechos al jurado; entretanto, Jeanne permanecía encarcelada y la causa seguía su curso.
A primeros de agosto, su compostura mudó con brusquedad en la prisión de Roanne, en Lyon. Tras un intervalo de sosiego, interrumpido esporádicamente por terrores nocturnos, se arrojó sobre las demás reclusas. Iba desarmada; los carceleros lograron reducirla y la encerraron en un calabozo subterráneo. Lanzaba alaridos durante la noche y, según la crónica, se estrellaba la frente contra los muros, infligiéndose profundas lesiones. Cuando su letrado le reprochó esta nueva agresión, ella le inquirió si acaso había causado en esta ocasión mucho más daño que en la primera.
El letrado Margerand la visitaba con asiduidad y había adquirido la convicción de su demencia a la luz de las respuestas que de ella obtenía. En su alegato defendió que procedía recluirla y vigilarla con celo antes que conducirla al patíbulo. La crónica suscribe su postura y percibe en la resolución del jurado cierta vacilación: los jurados respondieron afirmativamente a las cuestiones de homicidio voluntario y premeditación, mas declararon por una mayoría superior a siete votos la existencia de circunstancias atenuantes.
Jeanne Desroches fue condenada a diez años de trabajos forzados, sin exposición pública, y al pago de las costas procesales.
