Antes de que la sangre de Chassagneux tiñera una piedra del sendero, su hijo menor ya había recibido de él reiteradas amenazas de muerte. Una discordia por los bienes familiares había abierto una brecha entre el anciano y su prole; una caída repentina mudó bien pronto aquel encono doméstico en acusación de parricidio. En Montbrison, las sospechas corrieron con mayor celeridad que las certezas, y un hombre que sólo procuraba resguardar a su esposa se vio recluido junto a ella y al peón de la hacienda, al tiempo que un óbito acaecido a la vista de varios testigos cobraba, en las habladurías de la villa, los visos de un cruento asesinato.
Chassagneux tenía dos vástagos. El primogénito, desposado en 1771, había percibido quince mil libras con las que adquirió un oficio de procurador, dignidad que terminó por apartarle del hogar paterno. Mal avenido con él, el progenitor ofreció su patrimonio al menor, Claude, a condición de que proveyese al sustento y cuidado de ambos ancianos. Claude, a quien apodaban Laverney, contaba veinticuatro años cuando contrajo matrimonio con la señorita Poyet, en junio de 1772. Chassagneux le donó la totalidad de sus posesiones y muebles. Quienes redactaron las capitulaciones nupciales temieron las consecuencias de tan absoluto despojo, por lo que una cláusula reservó al padre, en caso de desavenencia, el usufructo de la heredad de Saint-Romain-le-Puy y el goce de la mitad de los enseres de su morada en Montbrison.
Tras convivir algún tiempo bajo el mismo techo, Chassagneux pretendió anular la donación, alegando que su intención había sido castigar al primogénito y no ceder su hacienda al menor. El 25 de enero de 1775, entabló demanda contra Laverney para recobrar el usufructo del dominio de Saint-Romain. Su hijo asintió, con la esperanza de que la separación pusiera término a las desavenencias; el anciano desistió del pleito, mas impuso de inmediato nuevas condiciones. Un letrado medió en la contienda. Laverney, en testimonio de sumisión filial, estampó su firma en los documentos preparados sin detenerse a leerlos, entregando luego uno a su padre con el ruego de que cumpliera puntualmente lo pactado.
Aquel avenimiento no trajo consigo la concordia. Tras consultar a varios jurisconsultos acerca de la revocación de la donación intervivos, Chassagneux supo que la ingratitud filial facultaba legalmente para revocar la cesión. El cronista entrevé en las provocaciones que siguieron un ardid deliberado para procurarse pruebas contra sus descendientes. El anciano comenzó a sustraer ropa blanca, piezas de plata y otros efectos de consideración; temiendo verse despojados por completo, Laverney y su cónyuge solicitaron la colocación de sellos judiciales. Chassagneux consideró semejante diligencia una ofensa irreparable.
Cierta noche, abandonó el lecho, se causó a sí mismo laceraciones en el rostro y comenzó a proferir alaridos pidiendo socorro desde la ventana, asegurando que su hijo y su nuera se habían arrojado sobre él. Acudieron los vecinos con premura. Mas Laverney llevaba más de dos horas fuera de la casa y su mujer no se había apartado de la cabecera de la suegra: la imputación cayó en el descrédito general. Champagnac refiere que el anciano tramó otras escenas análogas, sin lograr persuadir al vecindario. Estos reveses, empero, no templaron la cólera paterna: conminó a su hijo con un plazo perentorio de ocho días para restituirle los bienes y tomar el camino del destierro, advirtiéndole de que, de no acatar la orden, acabaría con la vida de ambos cónyuges.
El 2 de febrero de 1775, cerca de las nueve de la noche, la cena aguardaba a Laverney y a su mujer. La anciana madre cabeceaba de sueño junto al hogar; los jóvenes consortes habían bajado a la bodega. Durante aquella breve ausencia, y conforme a la relación de Champagnac, Chassagneux vertió arsénico en el caldo dispuesto para ellos. Al regresar, les rogó que no despertaran a la durmiente y les urgió a sentarse a la mesa. Ambos comieron. Al punto, sobrecogidos por violentos cólicos, mandaron llamar a la madre y a un cirujano; este último examinó las sobras del yantar y diagnosticó sin vacilar la presencia del veneno. El propio padre habría confesado a su cónyuge que los muchachos quedaban envenenados. Se requirió la asistencia de un sacerdote; el anciano intentó aproximarse al lecho de los enfermos, pero el confesor lo apartó con severidad para secundar al facultativo. Al recobrar el aliento, los cónyuges suplicaron al médico que guardase secreto absoluto del trance, pues temían sobremanera ver subir a su padre al cadalso.
Chassagneux marchó a refugiarse en casa de su hijo mayor; su esposa rehusó acompañarle. Hallábanse Laverney y su mujer convalecientes aún, cuando se presentó ante ellos un pordiosero cubierto de harapos, manifestando que Chassagneux le había propuesto una paga por asesinar al matrimonio, prometiéndole como recompensa la mitad de sus caudales. Laverney le impuso silencio y acudió sin tardanza ante el procurador del rey; no con el ánimo de denunciar el crimen imputado, sino de conjurar las desgracias que presentía inminentes. El magistrado le aconsejó cautela y le instruyó para que condujese a su padre ante su presencia a la menor injuria que le dirigiera.
Meses más tarde, el 14 de junio, Laverney y su esposa se disponían a salir hacia su huerto, situado en las afueras de Montbrison. Divisaron al padre a lo lejos; Laverney sugirió en un principio volver sobre sus pasos para no cruzarse con él. La joven se detuvo a departir con una conocida. Chassagneux rondó en varias ocasiones frente al portal y entró luego en una posada. Creyéndole alejado, los esposos reanudaron la marcha. Tras cruzar las puertas de la villa, la mujer miró hacia atrás y advirtió que el suegro los seguía de cerca, alertando a su marido. Pese a ello, continuaron el camino hacia el huerto, situado cerca del convento de los Capuchinos.
Chassagneux se les adelantó con paso vivo, sin responder al saludo, y empezó a colmarlos de denuestos. Laverney advirtió a su progenitor de que se acogerían al asilo del convento si proseguía con los insultos. El anciano aceleró el paso; la pareja moderó el suyo. Al alcanzar la tapia del huerto, donde faenaban un bracero y una sirvienta, Chassagneux dio media vuelta exclamando que su sola presencia le resultaba insufrible. Su nuera intentó aplacarlo con razones templadas. El viejo recogió un guijarro y se lo arrojó con violencia; una segunda pedrada la alcanzó de lleno cuando intentaba abrir precipitadamente la cancela. Cayó al suelo, casi privada de sentido. Laverney increpó a su padre preguntándole si pretendía matar a su esposa; el anciano respondió disparando nuevos proyectiles de piedra.
La joven volvió en sí y clamó pidiendo socorro. Mure, el jornalero, acudió a la carrera. Ante él, Laverney señaló a su padre como causante del ultraje. Chassagneux emprendió la huida por el camino de Curraise al grito de que lo asesinaban. Mure lo alcanzó y lo asió fuertemente de la solapa con el propósito de llevarlo ante el procurador real. Los viticultores que laboraban en las viñas contiguas se aproximaron al tumulto; Olagnier, uno de ellos, censuró la conducta del anciano y se interpuso entre los hombres. Mure desistió entonces de su empeño de conducirlo a la villa. Laverney y su esposa regresaron al interior del huerto; el viejo Olagnier y su hijo volvieron a sus faenas.
Apenas se habían alejado los Olagnier unos pasos, Chassagneux se tambaleó y se desplomó pesadamente, golpeándose la cabeza contra una piedra de los cimientos del cercado. El joven Olagnier llamó a voces a su padre; ambos labradores retrocedieron al instante y rodearon al anciano, sin atreverse en un primer momento a moverlo. Arribó poco después Beuvard, otro viñador, inquiriendo con zozobra si los hijos le habían dado muerte. Olagnier replicó con presteza que ni siquiera lo habían rozado. Mientras cruzaban estas palabras, se advirtió un estremecimiento en la pierna de Chassagneux. Olagnier exclamó entonces que aún alentaba vida e instó a Beuvard a prestarle auxilio; el moribundo intentó balbucear unas sílabas, pero la voz se extinguió en su garganta. Aquellas primeras manifestaciones distaban de componer un relato unívoco; bien pronto la comarca escucharía otras versiones, mucho más tajantes y sombrías.
Los esposos se aproximaron nuevamente al cuerpo. La nuera manifestó el temor de que el anciano se hubiese lanzado adrede contra el peñasco para hacer recaer la culpa sobre ellos. Beuvard, que marchó hacia Montbrison adelantándose al resto, no podía asegurar la culpabilidad ni la inocencia del matrimonio; su testimonio impreciso sembró las primeras conjeturas en el pueblo. Otros viñadores, atraídos por el eco de los gritos sin haber presenciado la reyerta, contemplaron los sollozos deshechos de la señora de Laverney, el rostro ensangrentado del difunto y recordaron los antiguos clamores de auxilio. El rumor público mudó tales presunciones en verdades inconcusas.
Fiel en un inicio a lo que sus ojos habían presenciado, el viejo Olagnier fue alterando su testimonio a medida que los curiosos lo acuciaban a preguntas. Otros testigos sobrevenidos aseguraron haber oído a Chassagneux implorar piedad contra sus hijos, o haber visto a los cónyuges derribarlo por la fuerza y asfixiarlo contra el suelo. Refiere Champagnac que nadie osó sostener tales falsedades en estrados, mas la calumnia ya se había enseñoreado de las calles. El abogado Ardaillon advirtió al matrimonio de que el furor popular desembocaría inexorablemente en su encarcelamiento. Laverney rehusó emprender la fuga: alegó que hombres probos habían presenciado el desenlace y que sólo temía las invenciones de aquellos que nada habían visto.
Tras conducirlos a comer a su posada, Ardaillon presenció cómo la justicia los ponía bajo arresto. Laverney, su mujer y el peón Mure quedaron encerrados en celdas separadas; sus declaraciones mostraron una concordancia intachable. Los cirujanos que practicaron el examen forense apreciaron contusiones faciales, hematomas en la espalda y una lengua tumefacta, conjeturando la concurrencia de golpes contundentes y estrangulamiento. No se procedió a la apertura anatómica del cadáver, que había permanecido expuesto varias horas a los rigores del sol estival. El afamado cirujano Louis rebatió más tarde que tales señales demostraran de modo concluyente el homicidio, brindando explicaciones fisiológicas alternativas para cada uno de los hallazgos.
Al término de más de un año de instrucción, los magistrados de Montbrison dictaron sentencia el 9 de agosto de 1776, condenando a Laverney y a Mure a ser sometidos con carácter provisional al tormento de la cuestión. Las conclusiones del fiscal del rey, de haber prosperado, habrían conducido a ambos reos a expirar en la rueda antes de ser arrojados a la hoguera, y a la señora de Laverney al patíbulo. Apelaron la resolución ante el parlamento de París. El 20 de marzo de 1777, el alto tribunal ordenó una ampliación sumarial de un año contra Laverney y su esposa, suspendió el pronunciamiento respecto a Mure hasta la resolución de la causa principal, y restituyó provisionalmente la libertad a la señora de Laverney y al jornalero.
La crónica lamenta no poder consignar el término definitivo de la causa. Conjetura, a la vista del auto judicial de París, que los tres encausados fueron absueltos; semejante deducción no equivale, empero, a una sentencia firme. Quedan como únicos hitos ciertos los hechos expuestos: tras meses de lacerante litigio, los cónyuges se encaminaron a su huerto, el anciano arrojó piedras contra ellos y se desplomó instantes después en el camino a la vista de varios labriegos. Las declaraciones dubitativas iniciales se poblaron con el tiempo de escenas que los testigos jamás ratificaron bajo juramento. La soltura concedida a la señora de Laverney y al jornalero Mure deja en la penumbra el destino que la corte reservó finalmente a Laverney y a su esposa.
