En Amendingen, en el reino de Baviera, la muerte de Vitus Reth había recibido en un principio la denominación habitual de un percance fortuito: un súbito colapso. Dieciocho años más tarde, su hijo Xaver, recluido por diversos robos, se inculpó de haberlo estrangulado. Ofreció un relato minucioso que luego desmintió pretextando haber perdido el juicio. ¿Había sido el anciano asesinado, o se forjó aquel crimen para enturbiar una confesión anterior? La respuesta judicial, tal como la consigna el Pitaval, jamás zanjó el enigma.
El capítulo «El ladrón parricida», publicado en el noveno tomo de *Der neue Pitaval* en 1859, rescata una causa de 1822 apoyándose principalmente en los estudios criminológicos de Paul Johann Anselm von Feuerbach. Se trata de una compilación retrospectiva, no del expediente procesal ni del acta judicial íntegra. Su autor se inclina por la hipótesis de la astucia: Reth habría urdido la confesión del asesinato para restar crédito a la admisión de los hurtos. Feuerbach, por su parte, deja abierta la conjetura contraria: la de una verdad pavorosa utilizada con fines igualmente torticeros. La crónica expone ambos razonamientos sin erigir ninguno en prueba irrefutable.
En la primavera de 1822, un individuo detenido por hurtos de cuantía señaló a Reth como cómplice. Los indicios registrados en la obra fueron de suficiente peso como para proceder al arresto de este último. El 9 de abril, en un primer interrogatorio preliminar, reconoció diversos robos perpetrados junto a su camarada: mantas, cerdos, ocas y otros enseres sustraídos, casi siempre al abrigo de la noche. El Pitaval subraya que sus declaraciones concordaban con las del otro preso y las de los perjudicados.
Una semana después, el 16 de abril, Reth se retractó de todo, salvo de tres ocas que afirmó haber hallado por azar. Explicó que no gozaba del pleno uso de sus facultades durante la primera declaración. Al día siguiente, exigió que se le releyese el acta del 9 de abril. Llegada la lectura a su término, se abalanzó sobre el magistrado para arrebatarle el pliego. El juez logró sujetarlo, pero Reth consiguió rasgar la última hoja y masticar el folio donde figuraba su rúbrica. Los oficiales levantaron atestado del incidente; no obstante, el texto restante y el testimonio de los presentes preservaron el sentido de la confesión.
Remitidas las actuaciones a la instancia superior a finales de mayo, el 4 de junio, antes de dictarse resolución firme, Reth solicitó un nuevo interrogatorio. Reiteró su inocencia respecto a las sustracciones, pero afirmó haber cometido un mal mayor: el asesinato de su progenitor. Este, Vitus Reth, había expirado diecisiete años antes, en diciembre de 1804 según la partida parroquial citada en el texto. Xaver refirió una enconada disputa por los títulos sucesorios y el traspaso de la hacienda. Sostuvo que su padre, que aún guardaba cama, se incorporó colérico, empuñó una bayoneta y amenazó con herirle. Xaver lo habría aferrado por la garganta, derribado y estrangulado. Acto seguido, devolvió el cadáver al lecho, sustrajo una cédula de partición e intentó infructuosamente cobrar los 150 florines allí consignados.
Al día siguiente de tal revelación, Reth se hirió el brazo con una lasca de hierro desprendida de su grillete. El médico forense lo halló sumido en viva zozobra, de mirada torva y extraviada. El reo aseguraba padecer accesos de locura transitoria, al tiempo que negaba la veracidad de su autoinculpación. El Pitaval describe noches de agitación, aullidos y tentativas de automutilación; el 8 de junio, Reth reiteró que su narración del parricidio carecía de fundamento. Los carceleros, sin embargo, aseveraron haberle oído invocar a su padre en medio de sus crisis. Tales expresiones, transcriptas decenios después en una antología, no constituyen declaraciones originales ni peritajes susceptibles de revisión técnica contemporánea.
Aquel expediente pretérito se reabrió en torno a un deceso que jamás había sido objeto, según la obra, de una indagación criminal rigurosa. El registro de la parroquia fechaba la defunción el 10 de diciembre de 1804. La víspera, al caer la tarde, Vitus había abandonado la taberna en aparente buen estado, con una jarra de cerveza en la mano. Por la mañana, una jornalera de nombre Veronica Schuh afirmó haberlo visto despierto y lozano. Poco después, corrió por el pueblo la nueva de su muerte. Un cirujano personado en el lugar dictaminó que el anciano había sucumbido a un ataque apoplético; empero, a decir de varios testigos citados en el Pitaval, el facultativo penetró en una alcoba a oscuras y omitió practicar la autopsia.
La obra da cuenta asimismo de un viejo rumor que señalaba a Xaver. Tres testigos y un antiguo administrador comunal recordaban que el vecindario ya lo acusaba en voz baja de haber dado muerte a su padre. Georg, el hermano menor, habría confidenciado a su tutor: «Nadie más que mi hermano Xaver mató a mi padre, mas no me atrevo a declararlo». Dicha frase nos ha llegado merced a la memoria del tutor, no por documento coetáneo alguno debidamente transcrito. El Pitaval le concede un peso decisivo; no obstante, el lector debe ponderar la cadena de intermediarios interpuesta entre las supuestas palabras de Georg y el relato impreso en 1859.
Asomaba un posible móvil en las rencillas por el dominio de la hacienda. A tenor de los testimonios aducidos, Xaver pretendía que su padre le cediese la propiedad para contraer matrimonio con su manceba. Vitus se habría negado, resuelto a beneficiar a su segundo vástago. El administrador local había recibido diversas querellas del anciano contra Xaver, antes de lograr entre ambos una frágil concordia. Si bien estos indicios perfilan un litigio sucesorio, no acreditan el homicidio. La prueba material se había desvanecido casi por completo: tras dieciocho años bajo tierra, los restos mortales no podían conservar huella alguna de asfixia, y el cirujano no había extendido protocolo susceptible de corroborarla. El texto juzga ociosa una exhumación: aun localizados e identificados los despojos, la osamenta no permitiría probar el estrangulamiento. La justicia hubo de operar sobre el frágil terreno de las remembranzas, los asientos registrales y un testimonio huidizo. No era solo la falta de testigos directos lo que socavaba la acusación: la prueba física misma que hubiera podido sustentarla había dejado de existir como pieza concluyente.
Semejante fragilidad no impidió al compilador esgrimir la «convicción moral». Hace converger la muerte repentina, la inquina doméstica, el móvil patrimonial y el antiguo rumor, haciéndolos casar con la relación de los hechos aportada por Reth. Mas esta coincidencia estriba en deposiciones tardías invocadas en el texto; no transforma la reconstrucción de los hechos en certeza legal. Los propios documentos que hacen plausible la sospecha revelan la imposibilidad radical de contrastarla plenamente.
Los facultativos llamados a dictaminar sobre el juicio de Reth concluyeron, según la crónica, que fingía la demencia. El relato recalca el contraste entre sus convulsiones nocturnas y su aplomo diurno, así como su lucidez al negar el parricidio. Se trata de una apreciación médica transmitida por el Pitaval, inasequible hoy a examen directo. Dicha conclusión tampoco despeja el fondo del enigma: simular un frenesí no demuestra la existencia del crimen ni la autoría de Reth; evidencia únicamente hasta qué punto la valoración judicial de su testimonio pendía de la interpretación fisonómica y moral de su conducta.
El proceso concluyó con dos determinaciones procesales bien diferenciadas. Por lo que toca a la inculpación de parricidio, el libro alude a un primer sobreseimiento «ab instantia», seguido de una resolución posterior que lo exoneró de pena. El texto no reproduce los fallos ni sus considerandos íntegros; tales fórmulas jurídicas antiguas no se dejan asimilar sin reservas al derecho contemporáneo. En lo atinente a los robos, por el contrario, los hechos se juzgaron convictos: Reth fue condenado a seis años y seis meses de casa de trabajo. Tal veredicto no declara que diera muerte a su padre; tampoco permite inferir que fuese inocente.
La compilación sostiene que aquella tardía confesión fue concebida como ardid para desacreditar la imputación por robo. Feuerbach reconoce la fuerza de este examen psicológico, pero pondera otra alternativa: que el parricidio hubiese sido real y que Reth lo refiriese no por remordimiento, sino porque aquel suceso, impreso en su memoria, ofrecía un relato de mayor dramatismo y eficacia que cualquier fábula inventada. La fría astucia atribuida al reo impide discernir entre la impostura y la verdad. La confesión pormenorizada coincide con ciertas sospechas de antaño; se desmorona luego con la retractación, en tanto que la prueba material deviene inalcanzable.
En última instancia, el caso no depara una revelación incontestable, sino una frontera infranqueable. Al tribunal le asistía la facultad de penar los delitos demostrados y dejar impune una imputación de homicidio que los indicios no bastaban para acreditar. El Pitaval salva dicha frontera mediante el recurso al ensayo psicológico: conjetura los cálculos tras la confesión y adjudica a Feuerbach una intuición sobre la culpabilidad latente. La sobriedad crítica aconseja restituir cada elemento a su justo término. Xaver Reth cumplió condena por sus hurtos; en cuanto al deceso de Vitus, la crónica de 1859 conserva las sospechas, el testimonio desdecido y las hipótesis, sin alcanzar jamás la certidumbre judicial.
