A las tres de la madrugada, en la alcoba del cazador
El 15 de diciembre de 1795, hacia las tres de la madrugada, Paul Tarnow despertó al cazador Klein, con quien compartía aposento. Le confesó haber dado muerte al intendente Truchs y le rogó que le ayudara a limpiar sus vestiduras. Klein consintió en guardar silencio y en lavar la sangre; sin embargo, las manchas no desaparecieron. Por la mañana, el intendente fue hallado sin vida en una pieza contigua a su alcoba, en medio de una escena dispuesta para simular un suicidio. La confesión nocturna de Tarnow, seguida de un cambio de versión tras una grave dolencia, situaría la cuestión del dolo y la intención en el centro neurálgico del proceso.
El dominio señorial de Belßchwitz, en Prusia Oriental, pertenecía al teniente general von Brünneck y a su esposa, con frecuencia ausentes. En la primavera precedente, habían tomado a su servicio a tres nuevos empleados: el escribiente de administración Tarnow, el intendente Truchs y el ama de llaves Elisabeth Dämel, viuda de un suboficial. La crónica judicial, publicada en 1842, describe a Truchs como un hombre colérico e implacable con sus subordinados; refiere asimismo hechos que acreditan el temor reverencial que les infundía. Su autoridad incontestable sobre la servidumbre y el aislamiento de la hacienda otorgaban a los roces laborales una gravedad singular.
Dämel no tardó en confiar a Tarnow que Truchs la amenazaba con propinarle golpes si no se plegaba a sus requerimientos. La vecindad de sus respectivas estancias mudó pronto aquella alianza en trato amoroso. Tarnow abrigaba el propósito de desposarla; Truchs pareció otorgar inicialmente su beneplácito, pero al poco tiempo mudó de actitud, prodigando humillaciones a la pareja y desdiciéndose de las promesas empeñadas. A la animadversión se sumó la ponzoña de los celos. Tras sorprender al intendente penetrando en la alcoba de Dämel, Tarnow halló en el lecho vestigios que le indujeron a creerse burlado. La mujer sostuvo que Truchs había intentado forzarla sin conseguir que ella cediera. Con posterioridad, los tres dependientes acordaron retirarse al descanso a la misma hora y se clausuró la puerta de comunicación entre las habitaciones de Tarnow y Dämel; Klein, por su parte, pasó a pernoctar junto al escribiente.
Aquel apaciguamiento fue efímero. A mediados de diciembre, Dämel previno a Tarnow de que no contraería matrimonio con Truchs y que abandonaría el dominio al expirar su anualidad de servicio. El 14 de diciembre, Truchs censuró de nuevo con acritud supuestas faltas de Tarnow en el desempeño de su oficio, le amenazó con cerrarle toda perspectiva laboral y le acometió con golpes en el rostro y en el pecho. Por la noche, no obstante, el intendente brindó al escribiente la ocasión de acompañarle al día siguiente a la feria de Rosenberg, donde este acariciaba la esperanza de concertar una entrevista con un hacendado necesitado de administrador. Truchs se recogió tras la cena; Tarnow, presa de una febril agitación que le vedaba el sueño, permaneció en vela.
La sirvienta Christine Labuhn le reveló entonces que Dämel había acudido a los aposentos de Truchs mientras el resto de la casa reposaba. La criada salió y regresó en repetidas ocasiones, advirtiendo que la alcoba permanecía sumida en la oscuridad. Hacia las once, Tarnow escuchó por fin a Dämel reintegrarse a su habitación y darle las buenas noches. Oyó el arrastrar de sillas y el chasquido de la puerta al cerrarse. Su ánimo comenzó entonces a reconcentrarse en los ultrajes, las afrentas físicas y las promesas traicionadas. Según su primera declaración, los celos y el rencor terminaron por cegarle; con arreglo a su versión ulterior, su único designio era sorprender a los amantes y suscitar una querella. Ningún otro testigo presenció lo que siguió.
Las actas de los magistrados consignaban que el lecho se hallaba desierto y anegado en sangre, mientras que Truchs fue descubierto en el aposento anejo, semiincorporado al pie de la puerta, con una soga ceñida a la garganta. El informe facultativo inicial atribuyó el óbito de modo concurrente a las contusiones craneales y al estrangulamiento; las heridas ocasionadas por los golpes no eran, consideradas por separado, de naturaleza mortal de necesidad. Tarnow había implorado en un principio el auxilio de Klein para asear sus prendas y pretendido enmascarar la muerte bajo la apariencia de un suicidio, pero los rastros hemáticos fueron descubiertos en su atuendo. El testimonio del cazador vinculó indefectiblemente dichas huellas con la confesión vertida escasas horas después de perpetrarse el hecho.
En el curso de su primer interrogatorio formal, Tarnow admitió la autoría del crimen. Narró que se había levantado resuelto a terminar con la vida de Truchs, que había prevenido un arma contundente y penetrado en su aposento con el pretexto de solicitar lumbre. Afirmó que, ante el mutismo del intendente, vaciló momentáneamente su determinación, antes de que la cólera reasumiera el mando de sus actos. Tras un primer embate que derribó a Truchs, Tarnow le creyó ya sin vida. Al sentir luego una mano sobre su pecho, juzgó que el moribundo intentaba defenderse y le asestó dos o tres golpes suplementarios. Acto seguido, arrastró el cuerpo e ideó el simulacro de ahorcamiento. Mantuvo esta versión invariable a lo largo de varios meses, aun siendo sometido a reiterados exámenes judiciales. A las tres de la madrugada, Klein solo había recibido una admisión sumaria: Tarnow afirmaba haber dado muerte a Truchs y reclamaba auxilio para lavar su indumentaria. Los ropajes maculados y la disposición de la escena armonizaban con las comprobaciones materiales consignadas más tarde en su primera confesión circunstanciada.
Sobrevino luego una dolencia de extrema gravedad que postró a Tarnow. Al restablecerse, se retractó formalmente. En esta ocasión, alegó no haber albergado otro propósito que interpelar al intendente y escarmentarle si le sorprendía en compañía de Dämel. De acuerdo con este nuevo relato, Truchs le había increpado acusándole de acudir en busca de su manceba, había empuñado un arma y se había abalanzado sobre él; Tarnow adujo haber golpeado únicamente en legítima defensa. Sostuvo que el intendente yacía ya cadáver cuando procedió a suspenderlo de la cuerda para disipar sospechas. Justificó su primitiva confesión por el abatimiento, el extravío mental y el pavor, negándole todo viso de veracidad. La causa ya no pivotaba sobre la autoría material —asumida por Tarnow en ambas declaraciones—, sino sobre la secuencia causal y la intencionalidad que presidió las agresiones.
El expediente judicial permitía contrastar tales descargos con diversos elementos de convicción. Los instructores no advirtieron lesión alguna en la persona de Tarnow, en abierta contradicción con el forcejeo invocado en su segunda versión. Junto al lecho apareció un cuchillo perteneciente a Truchs manchado de sangre, si bien el origen de aquel vestigio permanecía incierto; un orificio en el gorro de dormir podía corresponderse con la violencia de un golpe. La estancia teatro del suceso y los cuartos adyacentes brindaban una franca vía de repliegue hacia el aposento donde dormía Klein. La crónica impresa consideró poco atendible la tesis de la legítima defensa: si Tarnow solo buscaba salvaguardar su integridad, ¿qué motivo tenía para acosar a un adversario en retirada? Si bien las circunstancias no disipaban la totalidad de las incertidumbres, gravitaban pesadamente contra su testimonio rectificado.
Los primeros dictámenes de la judicatura territorial se mostraron menos severos que el del tribunal superior. La comisión de justicia de Salfeld recomendó la imposición de seis años de reclusión en fortaleza; el gobierno provincial de Prusia Oriental solicitó elevar la condena a diez. La Diputación Criminal del Kammergericht de Berlín desestimó de plano ambas propuestas. Su análisis jurídico se concentró en la relación de causalidad entre las contusiones y la asfixia: Tarnow había propinado los golpes, según su primigenia confesión, animado por el propósito de matar, si bien aquellas heridas no habían sido catalogadas como de necesidad mortales de forma inmediata. Con posterioridad, estranguló a un hombre a quien reputaba ya difunto con el fin de urdir un suicidio aparente. Empero, el dictamen forense imputaba el fallecimiento a la acción combinada de ambos mecanismos lesivos.
El derecho positivo de la época no preveía de manera explícita semejante encadenamiento de actos. Los jurisconsultos hubieron de integrar por analogía los preceptos atinentes a las heridas no mortales que coadyuvan al deceso ulterior con aquellos que sancionan al agresor que desampara a un herido sin procurarle auxilio. La corte coligió que la inicial intención homicida había concurrido decisivamente a la producción de la muerte, aun cuando el acto sobrevenido —ejecutado según Tarnow en la ignorancia de que Truchs alentaba todavía— hubiese consumado el estrangulamiento letal. El 1 de noviembre de 1797, el senado superior de apelación confirmó la sentencia de condena a la pena capital por decapitación mediante espada.
El cronista colige que los magistrados locales habían ponderado en su ánimo los tratos brutales inferidos a Tarnow por su superior y las vejaciones padecidas, mientras que los jueces berlineses no las estimaron circunstancias atenuantes bastantes para enervar la máxima pena. El documento silencia si la ejecución se llevó a término o si medió conmutación por gracia soberana. La última certeza que arroja el legajo es, por ende, el fallo firme sobre la culpabilidad de Tarnow, sucedido por una penumbra absoluta respecto a su destino final tras el veredicto.
