Eran cerca de las once de la noche cuando el hijo Dauba se presentó en casa de un zuequero. Anunció que probablemente habían matado a su padre y pidió luego que se modificase la hora de su visita: si alguien venía a interrogarlo, convendría declarar que había acudido entre las seis y las siete. Prometía algo a cambio. Esta petición, consignada en la causa, albergaba ya dos historias distintas. En una, un hijo acababa de enterarse de una desgracia. En la otra, le resultaba imperioso hallarse en otro lugar en el instante preciso en que dicha desgracia se consumaba.
Jean Dauba padre poseía dos fincas en el término municipal de Lugant, en las Landas. Vivía en Poncheton con su hijo, su nuera y los hijos de estos. La heredad de Bacqué, distante cerca de un cuarto de legua, estaba ocupada por Jeanne Halibert. Dauba acudía allí con asiduidad, labraba las tierras y en ocasiones pasaba la noche. El hijo reprochaba a su padre lo que consideraba un desvío de los recursos de la casa en beneficio de aquella mujer. La crónica da a entender una relación ilícita; refiere sobre todo una disputa doméstica cuyo eje era el patrimonio y de cuyos estallidos eran sabedores varios convecinos.
El caudal familiar ya había mermado. Diversos litigios habían acarreado dispendios y la venta de parcelas; se proyectaba una nueva enajenación. El hijo afirmaba temer la miseria para sus vástagos. Este agravio debe exponerse por lo que era: la explicación que él aducía para su cólera, no un título sobre la vida de su progenitor. En una casa donde varias generaciones compartían el afán y el pan, la propiedad del anciano y las expectativas de los más jóvenes ocupaban el mismo espacio sin pertenecer a las mismas personas. La distancia entre ambas fincas se salvaba con premura; las desavenencias que mediaban entre ellas renacían cada atardecer.
El 15 de diciembre de 1826, mientras regresaba a su morada, el padre fue alcanzado en la cabeza por un disparo de escopeta. Sobrevivió. Su denuncia no tuvo consecuencias ulteriores, a tenor de la crónica, mas la agresión fue imputada a un individuo llamado Fiton, apodado Courroc. Dicha atribución no constituía una condena. No obstante, cobraría relieve, pocas semanas después, entre los indicios que conducirían a su arresto. Una primera violencia no esclarecida había dejado en la aldea un nombre propicio, un recelo que el segundo atentado no tardaría en despertar.
Se refirió asimismo otro incidente. El perro faldero rojizo que acompañaba a Dauba se puso a ladrar frente a unos matorrales, para mostrar de inmediato signos de familiaridad. El padre habría descubierto allí a su hijo apostado y le habría reprochado que lo aguardase al acecho. Ciertos testigos refirieron después palabras por las que el joven reconocía aquella emboscada y amenazaba con repetirla. No disponemos de una observación independiente de la escena completa: nos llega a través de las confidencias del padre y de las expresiones atribuidas al hijo. Durante la instrucción, el episodio estaba destinado a gravitar sobre la cuestión esencial de la intencionalidad, más allá del acto finalmente admitido.
La noche del 31 de enero de 1827, Garrabos y Lespez oyeron una detonación. Desde sus casas les llegaron luego gritos, ladridos y ruidos que interpretaron como golpes. Reconocieron la voz del padre Dauba. Después sobrevino de nuevo el silencio. Se encaminaron hacia la morada de este, donde no se hallaban ni el padre ni el hijo. Sus percepciones aportaban una hora y un paraje aproximados, amén de la certeza de un ataque; no les habían mostrado a los hombres que golpeaban. Este límite probatorio no se desvanece por el hecho de que los sonidos referidos resultasen pavorosos.
Al día siguiente, el can iba y venía entre Bacqué y el sitio donde yacía su amo. El cadáver fue hallado por la tarde, a orillas del sendero que Dauba debía tomar para regresar. Había sido arrastrado hasta una zanja con agua. Las huellas sobre el terreno y las heridas atestiguaban una violencia prolongada. La crónica recalca con insistencia la actitud del hijo: sus reticencias a acudir, su negativa a dar aviso personalmente al alcalde y el sueño que luego pareció vencerlo durante el velatorio del cuerpo. Tales comportamientos nutrían las conjeturas del vecindario; la investigación requeriría otros elementos para transitar de una sospecha a una responsabilidad penal.
El hijo Dauba fue detenido, así como Fiton. Negó en un principio los hechos, mas luego solicitó comparecer ante el fiscal y el juez de instrucción. Les brindó un pormenorizado relato en el que reconocía haber participado en la muerte de su padre, si bien rechazaba la premeditación. El texto de origen reproduce esta confesión con una fecha discordante, aludiendo al 31 de diciembre mientras que los hechos precedentes sitúan el homicidio el 31 de enero. Conservaremos la fecha del suceso en su cronología general, sin enmendar arbitrariamente los términos del legajo ni aparentar que tal discrepancia no existe.
A tenor de su declaración, el hijo se había topado en el camino con un individuo llamado Duluc, armado con una escopeta y resuelto a matar al padre. Aseguraba no haber tomado parte en aquel designio original. El tiro habría salido y el padre se habría arrojado sobre él; Duluc habría descargado golpes con su arma y él mismo con una horca. Ambos hombres habrían arrastrado luego el cuerpo. El hijo añadía haber ocultado la horca bajo la techumbre de paja de una cabaña, donde en efecto fue hallada. Su confesión sentaba su propia participación con arreglo a sus palabras; señalaba asimismo a otro hombre, cuya culpa restaba demostrar por vía independiente.
Duluc fue arrestado y careado con él. Dauba mantuvo su versión, añadiendo que tiempo atrás ya se le había formulado una propuesta para deshacerse de su padre a cambio de seiscientos francos. La crónica juzga verosímil tal complicidad invocando la fortaleza física del difunto. Semejante deducción no aporta, empero, testigo alguno del segundo agresor ni prueba intrínseca de su identidad. Un reo que confiesa puede decir verdad respecto de sus propios actos y carecer de crédito sobre los que imputa a un tercero. El proceso obligaría con exactitud a los jurados a deslindar lo que la acusación presentaba de forma mancomunada.
Cuarenta testigos depusieron a lo largo de cuatro jornadas. Dauba reiteró sus confesiones y rebatió las amenazas o maquinaciones susceptibles de fundar una preparación previa. El ministerio público sostuvo con vehemencia la acusación contra Duluc y con menor firmeza la que recaía sobre Fiton. El letrado de Dauba, el señor Laurence, no intentó rebatir la participación reconocida. Solicitó que se sopesara la educación del encausado y los ejemplos recibidos en el seno de su familia. Champagnac recoge este alegato en el severo lenguaje social de su tiempo; no nos corresponde erigir la ignorancia rural en explicación indudable del crimen, ni hacer al padre responsable de su propia muerte.
El jurado respondió afirmativamente sobre la culpabilidad de Dauba y negativamente respecto de los otros dos acusados, que fueron puestos en libertad de inmediato. Importa no clausurar la historia con una escena en la que Duluc fuese mostrado como homicida: el testimonio del hijo no había bastado para condenarlo. Interrogado sobre la pena, Dauba imploró clemencia para sus cuatro hijos, a quienes su madre no podría sustentar. La misma zozobra por su porvenir que antes oponía a los dispendios de su padre reaparecía, esta vez, ante el tribunal.
El capítulo consigna que escuchó su sentencia, pero no precisa en este punto la condena ni refiere ejecución alguna. El expediente debe detenerse en este límite. Un padre había muerto, un hijo había sido hallado culpable, dos hombres resultaban absueltos; las palabras del procesado habían contribuido a su perdición sin lograr el castigo de aquellos a quienes incriminaba. En cuanto a las horas que había pretendido tomar prestadas del zuequero, recuerdan el punto de partida de las pesquisas: cuando un hombre solicita que se lo sitúe varias horas antes en una morada, no es ya únicamente su presencia lo que cabe contrastar, sino lo que ansía hacer desaparecer entre ambos instantes.
