El 17 de mayo de 1817, Étienne Rouvelle fue hallado sin vida junto a su chimenea, en su solitaria vivienda de Bennecourt, en el departamento de Seine-et-Oise. Tenía setenta y dos años y se rumoreaba que guardaba cinco mil francos en ahorros. Las sospechas recayeron sobre varias personas; su yerno, Guillaume Normand, fue detenido, juzgado y declarado culpable por una ajustada mayoría de siete jurados contra cinco. En la audiencia provincial de Versalles, los propios magistrados se dividieron: tres votaron por la absolución y dos por la condena. La ley se inclinó a favor de la pena capital, a la que Normand fue sometido poco después.
Transcurrieron algunos meses antes de que el mismo cantón se viera sacudido de nuevo por muertes violentas. En Villez, cerca de Bennecourt, el molinero Planche mantenía una pésima relación con su esposa. La crónica escandalosa, refiere Champagnac, le atribuía varios amantes, siendo el último de ellos Barnabé Pernelle, un panadero de veinticinco años. El propio Pernelle gozaba de muy mala reputación en la comarca debido a los malos tratos que infligía a su legítima esposa, mujer a quien el vecindario tenía en gran estima.
El 23 de noviembre de 1817, Planche fue hallado ahogado en las aguas del Epte, el modesto río que movía su molino. Como se embriagaba a menudo, su muerte se tuvo en un principio por accidental. Sin embargo, no tardaron en circular rumores que señalaban a Barnabé Pernelle y a la mujer de Planche. Un lugareño llegó a vaticinar que, habiendo muerto el molinero, no tardaría en llegarle el turno a la esposa de Pernelle y que esta no viviría ni un año. Aquel siniestro augurio distaba de constituir una prueba; no obstante, pocos meses después, la esposa de Pernelle sería asesinada a su vez.
El 14 de mayo de 1818, la esposa de Barnabé Pernelle fue encontrada muerta, con la cabeza sobre el hogar de la chimenea y las ropas a medio consumir por el fuego. Se constató la muerte violenta. El homicidio no parecía obedecer a ningún móvil de robo: la cruz de oro permanecía intacta en el cuello de la víctima. Barnabé, presente durante los registros policiales, halló en un armario dos luises de oro que presentó en un primer momento como todo el caudal de la casa. Luego se retractó y afirmó que le habían robado ciento cincuenta francos. Aquellas cantidades fluctuantes despertaron el recelo de los investigadores sin esclarecer la autoría del crimen.
Las sospechas no tardaron en dirigirse hacia Crespin Normand, un viñador de treinta y cuatro años. Se habían observado manchas de sangre en sus ropas; en el momento de su arresto, su mujer acababa de lavar su chaqueta, su chaleco y su camisa. En el transcurso del primer interrogatorio, Crespin confesó el homicidio. Relató que Barnabé Pernelle le había prestado quinientos francos, a razón de un interés de cuarenta francos anuales, obligándolo a firmar un pagaré por ochocientos francos que le resultaba imposible saldar. Alegaba hallarse por completo a merced de su acreedor.
A tenor de las confesiones de Crespin consignadas por Champagnac, Barnabé le había propuesto asfixiar a su esposa sin dejar huellas visibles de violencia a cambio de cancelar la totalidad de la deuda. Crespin aseguró haber rechazado tales proposiciones en reiteradas ocasiones, hasta que finalmente cedió a las exigencias de Pernelle y a la pesada carga de una obligación que no podía pagar. La consigna era precisa: ahogar a la mujer sin marcas y recibir a cambio la carta de pago total. La noche del 13 de mayo, acudió a su domicilio. Conversaron tranquilamente durante dos horas; mientras ella preparaba la cena de su esposo, él le asestó un solo golpe mortal con una pesada maza de madera. De este modo quedaba explicada, en la confesión de Crespin, la muerte acaecida la víspera del hallazgo del cadáver.
Antes de morir, la esposa de Pernelle había hecho una confidencia a un vecino, hecho que Champagnac expone como un indicio que respaldaba las confesiones de Crespin. El viñador le había confesado que Barnabé le había encomendado estrangularla sin dejar marcas, asegurándole empero que no cumpliría semejante encargo. Tanto la orden como la promesa procedían de este testimonio transmitido por la propia víctima; colocaban a su marido en el epicentro de las sospechas, si bien no constituían todavía una prueba judicial irrefutable.
Crespin delató asimismo a Barnabé Pernelle y a su primo Valentin como cómplices del asesinato de Planche. Según esta versión, Barnabé, que mantenía amores ilícitos con la molinera, le había instado a despejar el camino deshaciéndose del marido. Tras varios intentos infructuosos, una noche los tres hombres se habrían introducido en la estancia donde dormía Planche, ebrio y casi inconsciente. Lo habrían arrastrado hasta el Epte para ahogarlo. El molinero habría recobrado el conocimiento justo en el instante en que iban a arrojarlo al agua, llegando a morder a uno de los Pernelle en el muslo y desgarrándole el pantalón con los dientes. Tal fue la narración del crimen ofrecida por Crespin; el relato de aquella fatídica noche descansaba por entero en sus propias declaraciones.
La mujer de Planche, señalada por la confesión, fue detenida. Pronto recobró la libertad por falta de indicios concluyentes. Poco después, se quitó la vida ingiriendo arsénico. Antes de expirar, había confiado a un testigo que Crespin le había desvelado la conjura quince días después del ahogamiento de su esposo. Su fin no fue, pues, fruto de una condena judicial; la crónica lo atribuye al tormento moral que le causaron aquella revelación y las fundadas sospechas que pesaban sobre ella.
En declaraciones posteriores, Crespin intentó exculpar a Guillaume Normand, con quien compartía apellido, de la muerte de Étienne Rouvelle. Los dos Normand ocupaban lugares opuestos en esta serie de expedientes: Guillaume, yerno del anciano, había sido condenado en 1817; Crespin, viñador, confesaba después el asesinato de la esposa de Pernelle e inculpaba a Barnabé y a Valentin de haber ahogado a Planche. Con el tiempo, pretendió eximir también a estos últimos de los crímenes que antes les había imputado. Las sucesivas declaraciones de Crespin no hicieron sino suscitar y alterar acusaciones ante las cuales no llegaría a responder en el estrado.
El acta de acusación quedó redactada el 14 de mayo de 1819 y fue notificada pocos días más tarde. El público aguardaba con avidez la apertura de los debates, impaciente por conocer la actitud de Crespin; sin embargo, este jamás compareció. En su celda, refiere Champagnac, se había estrangulado, con el indudable propósito de evitar la muerte afrentosa que le esperaba en el cadalso. Su desaparición dejó a los primos Pernelle a solas frente a las acusaciones, sin posibilidad de confrontar las versiones en la vista oral.
Solo quedaba juzgar a los dos Pernelle: Barnabé, el panadero, acusado de complicidad en los asesinatos de su esposa y del molinero Planche; y Valentin, acusado de haber cooperado en la muerte de este último. Los debates fueron prolongados. Por una abrumadora mayoría de once votos contra uno, el jurado los declaró culpables de los cargos imputados, y ambos fueron condenados a la pena capital. Champagnac no aclara si la sentencia llegó a ejecutarse. El relato concluye antes de desvelar cuál fue su destino final.
La crónica da cuenta seguidamente de otra tragedia independiente. El señor Lemoyne, padre de la viuda Planche, había sido citado a declarar como testigo. Hacía a pie el trayecto de Mantes a Versalles cuando fue asaltado por desconocidos, arrojado al río y ahogado en el Sena. Ningún atacante figura con nombre en las actas. El camino que debía conducirlo ante el tribunal de Versalles terminó para siempre en las aguas del Sena.
