—Es mi papá Mano —respondió el niño.
El presidente acababa de conducirlo ante el acusado. En la sala de la Audiencia de la Gironda, el muchacho debía relatar lo que había presenciado, mientras el hombre al que llamaba padre permanecía a escasos pasos. La crónica no precisa su edad con certeza; recoge, ante todo, sus respuestas. Aquella confrontación, a mediados de marzo de 1873, devolvía ante el jurado la noche en que cinco miembros de la familia de Manau fueron asesinados en Tastous: el suegro, la suegra, la esposa y dos hijos. El proceso tocaba a su fin, pero la acusación aún debía someter al criba de los interrogatorios los recuerdos del pequeño, las ropas incautadas y los rastros de sangre.
La relación de la que disponemos comienza en pleno curso de las audiencias, no en los albores de la causa. Remite a números anteriores de la Gazette des Tribunaux consagrados a las jornadas del 10 al 13 de marzo. Por tanto, los pormenores de la instrucción que no constan en las crónicas de los días 14, 15 y 16 de marzo no pueden reconstruirse aquí. Lo que estas páginas ofrecen a la mirada es el tramo postrero de los debates, con sus imputaciones, sus réplicas y el veredicto final.
La declaración de Bernard se abrió con detalles cotidianos: un aposento, unas ropas, un arcón y un molinillo. Dijo que su padre había entrado con los calzones en la mano, los había posado junto al molinillo y luego sobre el arcón, antes de sacudirlo en su lecho. Acto seguido, su padre habría zarandeado a su hermano menor preguntándole: «Mano, ¿duermes?». La madre gritó, según refirió el niño; los demás también, salvo las hermanitas. La crónica no convierte estas palabras en un relato cabal de aquella noche: preserva sus fragmentos tal como resonaron en la vista.
El presidente interrogó al zagal sobre si repetía consignas ajenas. Respondió que Catherine Beyris, el alcalde y sus camaradas nada le habían sugerido. Manau protestó aduciendo que se le había negado el derecho de interrogar a su hijo durante la instrucción, mas declaró que no tenía objeción que formular. El niño, situado a su vera, reiteró sus contestaciones. El cronista anotó que Manau conservaba una calma aparente, si bien el rostro se le encendía. Al mostrársele el pico, el pequeño lo reconoció como la herramienta empleada para descuajar tocones.
Las preguntas de la defensa se orientaron luego a poner a prueba la memoria del testigo. ¿Por qué se había levantado? Para coger unos libros cerca del molinillo, contestó. ¿Cómo pudo distinguir las dependencias en la oscuridad? Una vela, colocada sobre el arcón de su abuela, alumbraba la estancia. El presidente le exhibió un plano; el muchacho señaló los muebles sin vacilación, según el redactor, y explicó a continuación que había contemplado en un periódico ilustrado un grabado del aposento. Aquel detalle, susceptible de avalar la precisión de su recuerdo o de suscitar reparos para su comprobación, quedó flotando en el debate. El careo se prolongó cerca de hora y media, en medio del estremecimiento palpable del público congregado.
La acusación no descansaba únicamente en aquel testimonio infantil. Las sesiones previas, a juzgar por lo consignado en el informe posterior, habían hecho comparecer a vecinos, conocidos y allegados en quienes los suegros de Manau solían desahogarse. Varios declararon que la suegra se dolía de las tardanzas de su yerno, de sus dispendios, de sus deudas y de sus amenazas. Una mujer afirmó haberla oído gemir; otro testigo recordaba el temor de la anciana a echar la llave antes de su regreso. Eran declaraciones referenciales, en ocasiones de segunda mano, cuyo alcance motivó encendidas disputas durante la vista.
Manau negaba las amenazas. Admitía su apego al vino, a la taberna y al juego, pero impugnaba la gravedad de los cargos. Contestó a un testigo que pretendía separarse de su familia, no segar sus vidas. Otros declarantes lo retrataron como un sujeto endeudado que frecuentaba figones y no siempre reintegraba las cantidades confiadas; algunos, sin embargo, habían conocido al inicio a un empleado puntual o a un criado laborioso. Los semblantes no eran unánimes. El tribunal escuchaba hechos concretos, pero también los juicios de valor que el vecindario había fraguado tras el crimen.
La cuestión de las horas suscitó no menor controversia. Ciertos vecinos afirmaban haber oído un alarido durante la noche o al romper el alba del 10 de abril. El perito Lafargue explicó que el estado de digestión de las víctimas podía indicar que habían cenado varias horas antes, aunque la naturaleza del yantar podía acelerar dicho proceso. A tenor de la postura de los cadáveres, las ropas y la linterna hallada en el suelo, se inclinaba por una hora próxima al amanecer; el ministerio fiscal juzgaba asimismo admisible un momento más temprano, en torno a las once de la noche. El facultativo no zanjó la disyuntiva: ambas hipótesis se compadecían con los indicios analizados.
Se procedió entonces a la exhibición de las piezas de convicción ante peritos y miembros del jurado. La linterna parecía combada en su juntura de cierre; Manau sostuvo que antes no presentaba ese deterioro y que pertenecía a la hacienda desde antiguo. Se mostraron el pico, la blusa, la corbata y el pantalón azul. Entre las cenizas habían aparecido jirones de lienzo chamuscado. Dichos vestigios no revestían igual fuerza probatoria: la acusación advertía en ellos la huella de una carnicería y de un afán de borrado; la defensa inquiría el momento exacto de su examen y si no cabía atribuirles una explicación divergente.
El doctor Lafargue detalló una quincena de manchas de sangre humana en la blusa. Algunas, señaló, pudieron derivar del contacto con la esposa de Manau; en cambio, estimaba que una mácula en el entarimado había sido proyectada y no fruto del roce. El químico Robineau atestiguó igualmente la presencia de sangre humana en el pico, la blusa, la corbata, un pañuelo y las paredes. En cuanto al pantalón azul, advirtió ciertas manchas, pero no pudo certificar que correspondiesen a sangre humana: el deterioro de la prenda y la levedad de los rastros impedían una conclusión categórica. Manau arguyó que solo vestía aquella corbata desde hacía escasos días y que antes la había llevado su hijo.
El pantalón ya había hecho correr ríos de tinta entre las deposiciones. Varios aseguraban haber visto a Manau luciendo uno azul el 8 o el 9 de abril; algunos afirmaban reconocer el que se les mostraba, mientras otros no se atrevían a garantizar su identidad. Manau tachó de incierto el reconocimiento y reprochó a los testigos haber acomodado sus recuerdos después de que la justicia hubiese señalado la prenda. Un declarante lo recordaba con un remiendo en la rodilla; otro evocaba un pantalón limpio y sin zurcido a la vista. La controversia poseía lindes estrictos: permitía situar una vestimenta sobre los hombros del acusado, mas los análisis referidos no acreditaban que las salpicaduras fuesen de sangre humana.
El 14 de marzo, la concurrencia desbordaba la sala hasta el punto de que, según el corresponsal, más de dos mil almas se apiñaban en torno a la audiencia. El presidente anunció el propósito de concluir la causa durante la noche. Prosiguió el examen de los efectos y Manau fue confrontado con los dictámenes médicos. Rebatió las manchas, la linterna y el estado de sus ropajes. La defensa sugirió, en particular, que ciertas huellas de la blusa pudieron estamparse al abrazar a su consorte. Otro dictamen pericial, debido a Boussin, fue esgrimido por el letrado como más favorable al reo que los informes de Lafargue y Robineau; la crónica no reproduce íntegramente dicho informe. El ministerio público aseveró que, de mediar discordancia, se plegaría a las conclusiones del perito venido de París.
A las tres de la tarde se suspendió la sesión. El letrado De Brezets reanudó la defensa; su alegato se prolongó tres horas. El presidente resumió los debates y los jurados se retiraron al filo de la medianoche. Reaparecieron al cabo de una hora y cuarto. Sus respuestas fueron afirmativas, por mayoría, a la totalidad de las cuestiones planteadas. El jurado concedió asimismo, por mayoría, circunstancias atenuantes. Manau resultó condenado a trabajos forzados a perpetuidad.
La crónica no autoriza a transformar este veredicto en una certeza palmaria sobre cada pormenor de aquella noche. Transmite la deposición de un infante, declaraciones sobre querellas domésticas, peritajes cuyas conclusiones no concuerdan del todo y una declaración de culpabilidad dictada por el jurado. La estampa más sobrecogedora sigue siendo la del muchacho frente al padre; la más tangible, la del pantalón azul y la blusa que los peritos escrutaron sin imputar todas sus máculas a una misma sangre. En el estrado, el jurado fijó su resolución. Las páginas conservadas concluyen donde la justicia pronuncia la condena, sin ofrecernos el proceso completo ni desvanecer las dudas que los propios peritos dejaron sin despejar.
