Pasada la una de la madrugada, un campesino de las inmediaciones fue arrancado del sueño por un gemido junto a su ventana. Salió en compañía de su esposa y de su hijo. Un joven se desplomó ante ellos gritando que la casa ardía. Era Timm Thode, hijo de un hacendado de Holstein. A sus espaldas, el establo ya era presa del fuego. Quienes acudieron presurosos a la vivienda lograron extraer a cuatro personas, mas ya no tenían vida; los demás cuerpos fueron hallados más tarde entre los escombros. Ocho miembros de la casa habían perecido. Quien anunciaba la catástrofe era su único superviviente.
El fuego había arrasado la granja de Groß-Rampen durante la noche del 7 al 8 de agosto de 1866. La propiedad pertenecía desde hacía décadas a la familia Thode. Johann, el padre, la labraba junto a su esposa, sus cinco hijos varones, su hija y una sirvienta. La hacienda era considerable para tratarse de una explotación familiar: el predio, libre de deudas, estaba tasado en unos 60.000 táleros, a los que se sumaban no menos de 40.000 táleros en capitales. La existencia allí discurría pautada por el trabajo, la parsimonia y la autoridad paterna. El trato entre los hombres de la casa solía ser áspero; la madre y la hija se esforzaban por templar las desavenencias.
Los vecinos hallaron los primeros cadáveres en los lechos, algunos aún a medio vestir. El examen forense determinó que seis de las ocho víctimas habían sufrido, de forma indudable, una muerte violenta. En el caso de uno de los hijos y de la criada, el fuego había destruido las carnes en demasía como para permitir una certidumbre plena. Las heridas sugerían el empleo de diversas armas: un instrumento contundente, verosímilmente un hacha pesada, y un apero cortante o punzante, esgrimido contra la madre y la hija. La violencia, por tanto, no había sido consecuencia de la conflagración. El fuego sucedió a los golpes, y la investigación debía esclarecer quién había herido de muerte antes de que las llamas devorasen la granja.
En el lugar de los hechos, las pesquisas descubrieron una singular hacha, en cuyo lomo figuraba una bisagra soldada, un reloj de plata, algunas monedas y diversas prendas esparcidas por el jardín. Un perro de gran alzada yacía bajo los escombros; el segundo había desaparecido. Ningún inventario permitía averiguar si faltaban efectos de valor. En medio de aquel desorden, la justicia debió sopesar una circunstancia que al principio antojábase casi milagrosa: Timm había sobrevivido, y dos arquetas que afirmaba haber extraído de la casa contenían la mayor parte de la fortuna familiar.
Timm había sido hallado tendido cerca de la cocina del vecino. El facultativo lo encontró en aparente estado de insensibilidad, con el rostro congestionado y las mandíbulas apretadas; el agua que intentaban hacerle tragar fluía hacia afuera sin ser deglutida. Así permaneció cerca de treinta horas, tras lo cual recobró el conocimiento. Los médicos no lograron dictaminar con certeza si aquel letargo correspondía a un desvanecimiento genuino o a una simulación, aun cuando, en aquel primer reconocimiento, las razones para creer en una pérdida real de la consciencia les parecieron de mayor peso. El cuerpo presentaba una pequeña zona desprovista de cabello en la parte posterior del cráneo, sin huella incontestable de contusión.
Sometido a interrogatorio, Timm describió el ataque de unos desconocidos embozados. Aseguraba haberse despertado al advertir el fuego, haber recogido su lecho, ropas y dos arquetas, para luego divisar a varios individuos junto al establo. Uno de ellos le habría disparado; él habría huido hacia la heredad vecina. No recordaba lo acontecido después. Justificaba la presencia de las arquetas por las precauciones adoptadas tras un rayo que había caído sobre la casa unas semanas antes. Su padre habría puesto a buen recaudo documentos, dinero y orfebrería, indicándole dónde hallarlos en caso de un nuevo siniestro.
Tal explicación no convenció a todos los ánimos. Ciertos vecinos y allegados juzgaban a Timm incapaz de semejante infamia; otros, en particular su abuelo materno y un antiguo empleador, abrigaban sospechas. Era notorio que disputaba con frecuencia con sus hermanos, que se consideraba postergado a las faenas más ingratas y que se le acusaba a veces de pequeños hurtos. Mas tales noticias no constituían una prueba. La instrucción siguió primero la pista de unos ladrones llegados por el río, sin resultado alguno. Los rastreos en torno al dominio, los interrogatorios y el examen del hacha no delataron autor externo alguno.
La primera comisión instructora acabó por quedarse sin asideros. En la primavera de 1867, elevó el expediente a la jurisdicción superior estimando carecer de motivos suficientes para proseguir los interrogatorios de Timm. Dos magistrados comisionados para la revisión de los autos se negaron a dar el asunto por zanjado. Pusieron de relieve los móviles plausibles del crimen, el interés pecuniario del único superviviente, la inverosimilitud de ciertos detalles y lo arduo de creer que nada hubiese oído. Dispusieron la reapertura de la causa y Timm fue arrestado en Itzehoe.
Sostuvo al principio su versión, pero hubo de reconocer que había mentido acerca del modo en que trasladó el lecho y las ropas. Poco después, fingió de nuevo la inconsciencia en su celda. Los médicos y los pesquisidores observaron sus movimientos: caía de la cama procurando acomodarse él mismo en el suelo, respondía a los estímulos luminosos y se incorporaba casi al instante cuando se le increpaba con brusquedad. Confrontado con estos extremos, admitió haber simulado el desmayo en su celda con el afán de obtener un aposento mejor. Mantuvo, no obstante, que durante la noche del crimen había permanecido verdaderamente inconsciente.
Las confesiones sobrevinieron por etapas y distaron de ser fidedignas desde el primer momento. Timm acusó inicialmente a dos convecinos, aduciendo haberlos contratado para liquidar a su familia a cambio de 10.000 táleros. La comisión le hizo notar que describía hechos de imposible cumplimiento y le conminó a no incriminar a inocentes. Terminó entonces por exclamar: «Lo hice todo yo solo». Relató a continuación que había herido a sus hermanos en el granero, y después a su padre, a su madre, a su hermana y a la criada. Explicó haber movido los cadáveres, tomado el dinero y las arquetas, mudado de ropas y prendido fuego a los edificios para simular el asalto de unos facinerosos. Afirmó que el resentimiento, la codicia de señorear en solitario la hacienda y el anhelo de sustraerse al trabajo habían madurado al unísono. Vaciló, con todo, en ciertos pormenores, en particular sobre el paraje donde aseguraba haber ocultado un reloj y cierta suma de dinero.
El sumario sacó a la luz otros delitos que él mismo reconoció: un incendio premeditado en el molino donde había servido y varios hurtos cometidos en perjuicio de su padre, de sus hermanos y de un compañero de faenas. Tales revelaciones arrojaban luz sobre su conducta, mas la vista judicial de enero de 1868 gravitó esencialmente sobre la matanza familiar y los incendios. En Itzehoe, la concurrencia fue tan copiosa que los billetes de acceso hubieron de ser arrojados por una ventana. Timm, hombre fornido y de ademanes pesados, contestó con flema a las preguntas. Admitió los cargos sustanciales de la acusación y declaró que el afán de disfrutar en exclusiva de la herencia lo había impelido al crimen.
El jurado lo declaró culpable de los ocho asesinatos y de reiterados incendios provocados. El tribunal dictó la pena de muerte por decapitación con hacha. El rey ratificó la sentencia; Timm fue trasladado a Glückstadt. La crónica refiere que conservó la serenidad, mostró una mayor inclinación por la piedad religiosa tras la condena y afirmó, la mañana misma del suplicio, haber dicho la verdad en lo sustancial. El 13 de mayo de 1868, tras la lectura del fallo y una plegaria, se arrodilló ante el tajo y fue decapitado.
La firmeza de su aplomo no disipa el enigma con el que el cronista corona su relato: no acredita el remordimiento ni tampoco su ausencia. Lo que la judicatura había fijado resultaba más palmario y más atroz. Un hijo había sobrevivido al fuego para acabar confesando la autoría solitaria de la muerte de las ocho almas de la casa. Entre su primer infundio de bandoleros, las sospechas desprovistas de pruebas, las confesiones mudables y el testimonio final, la justicia solo logró avanzar desprendiéndose de certezas apresuradas. La granja sucumbió bajo las llamas; el veredicto, en cambio, descansó sobre las palabras del superviviente y su cotejo con los vestigios impresos en las ruinas.
