Hamburgo, 1803–1804. Un padre arrebata la vida a su esposa y a cinco de sus hijos, sosteniendo después que pretendía preservarlos de una penuria temida. La justicia desestimó semejante alegación como una excusa insuficiente.
En la noche del 14 al 15 de agosto de 1803, Johann Georg Rüsau dio muerte a su esposa y a sus cinco hijos en el domicilio familiar de la Gröningerstraße, en Hamburgo. A la mañana siguiente, una sirvienta halló los primeros cadáveres; en los aposentos de las plantas superiores descubrió otros cuatro. La relación retrospectiva del Pitaval contabiliza seis víctimas mortales en total, habiendo salido indemnes dos jóvenes pupilas. Los occisos fueron la esposa de Rüsau, Anna Elisabeth, de soltera Päthau, y sus hijos, de edades comprendidas entre los tres y los dieciséis años. La mayoría pereció sorprendida en sus lechos; la primogénita, de dieciséis años, pareció haber intentado defenderse.
El escándalo conmovió al punto a toda la ciudad. Se apostaron centinelas en la vivienda, al tiempo que una muchedumbre se congregaba en la calle. Rüsau, por su parte, ya había huido. Abandonó el hogar hacia las cuatro de la madrugada, tras indicar a una criada que regresaría en breve. Intentó arrojarse a las aguas del Alster para ahogarse, mas el caudal resultaba harto escaso. Se infirió luego varias heridas en el cuello, las muñecas y el pecho con un cortaplumas. Más tarde, dos hombres que marchaban de caza lo hallaron tendido a orillas de la corriente. Declaró su nombre, confesó haber degollado a su familia y se mostró incapaz de precisar cuántos habían sucumbido.
Rüsau contaba entonces cincuenta y dos años, a tenor de la fecha de nacimiento consignada en un folleto de 1804: vino al mundo en Riga en 1751 y siguió a sus progenitores a Hamburgo en 1771. El Pitaval le atribuye cincuenta y cinco años en el sumario de su primer interrogatorio, discrepancia inconciliable con las fechas aportadas por él mismo. Cursó estudios de teología en Erlangen antes de regresar a Hamburgo, donde ejerció como preceptor y predicó en calidad de candidato al ministerio pastoral. Su esposa regentaba una escuela de señoritas. Él, a su vez, abrió un colegio para muchachos; el establecimiento prosperó en sus inicios, pero el alumnado fue mermando progresivamente. Rüsau abandonó entonces la docencia para asociarse en un comercio de paños.
En su primera deposición, según refiere el Pitaval, Rüsau no negó los homicidios ni dio muestras de extravío mental. Arguyó que el negocio mercantil no rendía las ganancias esperadas y que imaginaba a su familia arrojada a una inminente indigencia, condenada al hambre. Sostuvo haber juzgado preferible quitarles la vida antes que permitirles padecer semejante oprobio. Declaró asimismo haber pretendido suicidarse, pero que, tras sus heridas fallidas y el vano intento en el Alster, comprendió que la Providencia lo reservaba para el brazo de la justicia. Tales motivos han de entenderse como palabras atribuidas al acusado y no como el reflejo de la situación material objetiva de su hogar.
La investigación recogida en la compilación pone de manifiesto, en efecto, un abismo entre sus aprensiones y su verdadero patrimonio. La escuela de su esposa continuaba en activo. El comercio de tejidos no se hallaba en quiebra. La casa familiar, adquirida por unos 18 000 marcos, estaba tasada en cerca de 40 000 y se vendió por más de 35 000. Satisfechas las deudas y costas, restaban aún bienes que inventariar y un remanente pecuniario sobre el cual Rüsau pudo incluso otorgar testamento. Su socio comercial, Christian Kunst, lo retrató como un hombre probo y de costumbres morigeradas, mas poco dotado para el menudeo y proclive a temores infundados en lo relativo al gasto doméstico. Aludió asimismo a ciertas desavenencias en torno a la educación y el atuendo de las hijas. Otros testigos aseguraron no haber presenciado reyertas de gravedad ni indicios palmarios de violencia conyugal.
La controversia procesal giró pronto en torno a la imputabilidad de Rüsau. Su letrado defensor, el doctor Schleiden, sostuvo que el múltiple homicidio brotaba de una idea delirante y que el reo no debía ser juzgado con el rigor aplicable a un hombre dueño cabal de su juicio. Reclamó formalmente el dictamen de una facultad de medicina. La obra señala que los magistrados desecharon tal peritaje y resolvieron la causa ateniéndose exclusivamente a los actos cometidos y a la compostura del reo a lo largo de las actuaciones. Un estudio historiográfico moderno, sustentado en los legajos del Staatsarchiv Hamburg, aporta noticias documentales que el Pitaval omitió. Al carecer de acceso directo a dichos autos originales, la presente relación se abstiene de zanjar la naturaleza de un posible diagnóstico o la relevancia de un examen facultativo.
El 10 de febrero de 1804, el tribunal inferior condenó a Rüsau a la pena capital por decapitación mediante espada. La defensa apeló ante la curia superior, insistiendo en la tesis de una monomanía obsesiva y en que el acusado pudo haber creído a pies juntillas en la ruina de los suyos. El vulgo y un sector de la prensa reclamaron, por el contrario, un castigo más ejemplarizante, aduciendo que la holgura de su patrimonio tornaba inadmisible semejante justificación. El Pitaval describe una urbe desgarrada entre el encono y la piedad, mientras folletos de cordel y gacetas debatían sobre la locura, el libre albedrío y la potestad punitiva del Estado.
El 16 de marzo, el tribunal superior ratificó la culpabilidad del reo y agravó la condena. La sentencia, transcrita en la compilación, concluyó que Rüsau perpetró los seis homicidios de forma consciente y premeditada. Sus zozobras, abatimiento y desesperación no constituían, a ojos de los jueces, una eximente legal idónea. Se le impuso el suplicio de la rueda, aplicado «de arriba hacia abajo», disponiendo que el cadáver fuera sepultado en el propio patíbulo. Un opúsculo de 1804, conocido hoy por el título citado en una monografía histórica, fecha la ejecución el 19 de marzo. Sin embargo, el texto de dicho estudio menciona también el 16 de marzo —día en que el Pitaval sitúa la sentencia definitiva—, por lo que la fecha del cadalso permanece dudosa a falta del folleto original. El fallo fue concebido como un escarmiento para disuadir a otros padres de familia de cercenar las vidas que debían custodiar.
Las postrimerías de Rüsau en prisión quedaron consignadas en las relaciones coetáneas que reúne el Pitaval. Se alimentaba sin desgana, jugaba y departía con los demás reclusos. Expresó gratitud a quienes le asistían y cedió parte de sus últimas pertenencias a dos compañeros de presidio. Recibió a los ministros religiosos comisionados para reconfortarle, debatiendo con ellos acerca de la muerte y la salvación. Un testimonio le atribuye la confesión de que, de haber confiado sus zozobras a un amigo leal, su esposa e hijos aún estarían vivos. Semejante reflexión, vertida en un impreso posterior a los hechos, dista de ser una transcripción garantizada de sus labios.
En la mañana del suplicio, una multitud inmensa se apiñó a lo largo de la comitiva patibularia. Rüsau solicitó elegir el medio de transporte y accedió a subir a un carruaje cubierto. Al pie del cadalso, se sumió en silenciosa oración y rogó al verdugo que abreviara su agonía. La crónica lo señala como el último reo ajusticiado en la rueda en la historia de Hamburgo. Llegado a este punto, el relato trasciende la mera crónica de sangre para ilustrar el combate librado por sus contemporáneos en pos de desentrañar el crimen y la expiación: unos clamaban por la implacable severidad de la ley; otros veían en Rüsau a un desdichado obcecado por una quimera de indigencia.
El Pitaval amalgama en estas páginas autos forenses, literatura de circunstancias y la glosa moralizante de su recopilador. Coteja las versiones de la noche del crimen, denuncia los infundios populares que abultaban el cómputo de víctimas y deslinda el fallo judicial de las conjeturas sobre el delirio o las motivaciones íntimas. Nada autoriza, pues, a mudar una alegación declarada en certidumbre diagnóstica. La verdad jurídica fue concluyente: Rüsau fue hallado convicto de seis asesinatos premeditados y ejecutado en marzo de 1804. El móvil invocado —el pánico a una miseria desmentida por la solvencia de sus caudales— permanece como un alegato del ajusticiado, debatido por sus contemporáneos e irreductible a cualquier veredicto clínico póstumo.
