El sábado 1 de marzo de 1856, hacia las ocho de la tarde, Harriet Dove pidió su medicina. Hacía varios días que padecía unos ataques que sus allegados llamaban espasmos; aquella noche, la pócima le pareció más amarga y más caliente de lo habitual. William, su marido, le alargó el vaso, lo enjuagó en la palangana y salió en busca de otros fármacos. En la alcoba permanecieron dos mujeres, Mrs. Witham y Mrs. Wood. Un cuarto de hora más tarde, según sus declaraciones tal como las resume el proceso, Harriet se quedó rígida, suplicó que la incorporasen y pronto perdió el habla. Falleció hacia las diez y cuarenta. Ninguna de aquellas testigos había visto qué se mezclaba con el brebaje; sus recuerdos, no obstante, se convertirían en el hilo primordial de una causa donde se discutiría tanto sobre las facultades del acusado como sobre la sustancia hallada en el cadáver.
El sumario presentado en York meses después no se limitaba a esa última velada. La compilación de G. Lathom Browne y C. G. Stewart, publicada en 1883 con el título Reports of Trials for Murder by Poisoning, refiere que William Dove, de treinta años, fue procesado por el asesinato de su esposa, perpetrado en Leeds el 1 de marzo. Su reseña, retrospectiva y no taquigráfica, recorre las sesiones que sitúa los días 16, 17 y 18 de julio de 1856. Expone los relatos de los testigos, las argumentaciones de los abogados, el resumen del juez y dos declaraciones atribuidas con posterioridad a Dove. Una crónica de The Spectator, publicada el 26 de julio, indica que la vista se prolongó cuatro días y concluyó el sábado por la noche. Esta disparidad en el calendario invita a no tomar el título de la obra por una cronología incontrovertible.
La compilación reconstruye la infancia de Dove a partir de las declaraciones orales: maestros de escuela y hacendados evocaron a un muchacho difícil, proclive a actos de crueldad hacia los animales y a conductas que juzgaban extravagantes. Ya adulto, alternaba, según estos mismos testigos, accesos de cólera y ademanes pueriles; el alcohol agravó sus tribulaciones. Su enlace con Harriet, contraído en 1852, estuvo marcado por disputas conyugales, dormitorios separados y un plan de ruptura que no llegó a consumarse. Semejantes recuerdos no equivalían a un diagnóstico clínico: cada una de las partes los interpretaba en sentido diametralmente opuesto.
Aquel invierno, los periódicos no hablaban de otra cosa que del juicio de William Palmer por el envenenamiento de John Parsons Cook con estricnina. Browne y Stewart conjeturaron en 1883 que una crónica apresurada había difundido la creencia de que el veneno resultaba indetectable tras la muerte, y vincularon esa noticia al repentino interés de Dove por la sustancia; tal es su explicación retrospectiva. La acusación sostuvo que Dove había obtenido diez granos de manos del joven pasante de Morley el 10 de febrero, y cuatro o cinco más el día 17, so pretexto de exterminar gatos. Aquellas compras, aun acreditadas, no bastaban por sí solas para demostrar la intención homicida.
Los desasosiegos de Harriet precedieron a su muerte. Ann Fisher, la sirvienta, relató que un lunes por la mañana la señora se desplomó mientras hacía las camas y comenzó a sufrir sacudidas convulsivas que reaparecían al menor contacto físico. Después se quejó de intensos dolores en la espalda y las piernas. Otros testigos describieron diversas crisis a lo largo de la semana, intercaladas con lapsos en los que la enferma parecía reponerse. Morley, el facultativo que la asistía, creyó al principio hallarse ante un cuadro histérico y le recetó calmantes. Declaró en el estrado que no mudó de parecer hasta la última noche, cuando las descripciones de Fisher y de las vecinas le indujeron a asociar los síntomas con los efectos de la estricnina. El intervalo entre los ataques y la aparente mejoría del sábado fueron debatidos ampliamente, sin que el médico pretendiera haber desentrañado el mal desde el primer instante.
El 1 de marzo, Witham declaró haberle suministrado una toma hacia las tres y media; Harriet la encontró amarga y Witham probó el líquido. Poco después acudió el cirujano. Ya de noche, ante los ojos de Wood, William le llevó una nueva dosis. Las mujeres describieron un regusto acre, aunque no vieron añadirse polvo alguno. Vieron cómo él sostenía el vaso; a los pocos minutos, Harriet cayó presa de un espasmo violento. Fisher, que llegó más tarde, oyó gritos de socorro y halló a su señora sumida en un atroz padecimiento. Cuando regresó acompañada por los médicos, Harriet ya había expirado. Los testigos discrepaban en cuanto a los horarios precisos y a ciertos detalles de aquella última escena.
Morley y Nunneley examinaron el cadáver unas cuarenta y dos horas después del deceso. En su dictamen, manifestaron no haber hallado lesión orgánica suficiente que justificase la muerte y afirmaron haber detectado estricnina en el estómago y en otras muestras biológicas. Asimismo, ensayaron los extractos en animales. Morley consideró que tanto los síntomas como los análisis apuntaban al envenenamiento. Según la compilación, un perro que al parecer lamió sangre derramada durante la autopsia murió poco después; los cirujanos detectaron la sustancia tóxica en sus entrañas. El suceso reforzaba la tesis de la Corona, si bien no demostraba quién había administrado la dosis mortal a Harriet.
Las opiniones facultativas no fueron unánimes. Morley reconoció haber sospechado histeria antes de escuchar a las mujeres que presenciaron el ataque definitivo. Nunneley y Christison juzgaron que la sintomatología concordaba con mayor exactitud con la estricnina, aun debatiendo sobre posibles similitudes con otras afecciones. Un médico convocado por la defensa declaró no haber advertido nada singular en el semblante ni en la postura de Harriet tras el óbito. La controversia atañía asimismo a las crisis previas: ¿podían atribuirse todas al veneno, y qué alcance de certeza cabía otorgar a los análisis de laboratorio?
Fisher atribuyó a Dove amenazas proferidas en estado de embriaguez, entre ellas la de suministrar una «píldora» a su esposa. Otros comparecientes afirmaron haberle oído vaticinar que ella no viviría mucho tiempo o preguntar acerca del proceder de una autopsia. Tras el fallecimiento, interrogó supuestamente a Harrison —conocido como el «brujo» de Leeds— sobre la detección de la estricnina, y preguntó a varios médicos a qué conclusiones llegaría un jurado si se descubría veneno. Para el ministerio público, semejantes palabras revelaban una premeditación metódica; la defensa subrayó que ningún testigo había visto entrar el polvo en la pócima fatal.
Harrison, astrólogo y curandero según su propio testimonio, había sido consultado por Dove a propósito de su esposa y de ciertos ruidos inexplicables en la casa. La acusación dedujo de aquellas visitas una pesquisa para conseguir el tóxico; la defensa, la prueba de un entendimiento crédulo e insano. Se dio lectura asimismo a una carta redactada en prisión y dirigida al diablo, en la que el reo imploraba un desenlace favorable a cambio de su eterna fidelidad. Los peritos de la defensa vieron en ella la manifestación inequívoca de un delirio; correspondía a los miembros del jurado dictaminar si aquello demostraba la inimputabilidad de Dove en el momento de los hechos.
Tres especialistas declararon a favor de la defensa. Caleb Williams sostuvo que la dolencia mental podía haber impedido a Dove resistirse a un impulso ciego; Pyeman Smith aludió a una mente perturbada, aunque reconoció que no podía afirmar con certeza absoluta que fuera incapaz de contenerse. John Kitchen lo tuvo por enfermo, mas admitió de entrada que distinguía el bien del mal y el riesgo del castigo, respuesta que luego matizó. El impulso, la propensión y la patología no resolvían el veredicto: los jurados debían sopesar aquellas opiniones a la luz de los hechos y la norma jurídica.
Bramwell recordó que la enajenación debía quedar demostrada en el instante preciso del acto, señaladamente por la incapacidad de comprender su naturaleza o su carácter reprobable. Se negó a que las apreciaciones de los médicos suplantasen el libre albedrío del jurado. La alocución transcrita por Browne y Stewart combina la exposición de la regla con severas censuras a los peritos y una defensa del efecto disuasorio de la pena; no constituye, pues, un criterio médico consensuado. La fórmula jurídica fijaba el umbral legal que debía examinarse, no el grado real de discernimiento de Dove.
Tras los informes de los letrados y las instrucciones del magistrado, el jurado regresó con un veredicto de culpabilidad, acompañado de una recomendación de clemencia por «deficiencia intelectual». Bramwell dictó la pena de muerte y anunció que trasladaría la recomendación a las autoridades. La crónica de The Spectator corrobora el veredicto, la atenuante recomendada y la sentencia, y puntualiza que el juez advirtió a Dove de que no albergase vanas esperanzas de indulto. Browne y Stewart añaden que el reo fue ajusticiado poco después en York. El jurado desestimó, por tanto, la irresponsabilidad penal, aun dejando constancia de su reserva respecto a las facultades del encausado.
De acuerdo con la compilación, Dove dictó dos declaraciones uno o dos días antes de subir al patíbulo. En ellas describía la fe que depositó en los vaticinios de Harrison y admitía haber vertido estricnina en las pócimas administradas a Harriet, alegando que su intención inicial era matar a los gatos y que no sopesó las consecuencias. Situaba su arrepentimiento en el instante en que la vio retorcerse de dolor. Esta confesión tardía corrobora actos debatidos en la vista, mas plantea una intencionalidad distinta de la apreciada por el tribunal; el manuscrito original, sin embargo, no ha sido cotejado en este examen.
En Leeds, un análisis químico, recuerdos de vecindad, dictámenes facultativos y una misiva consagrada a Satanás quedaron sometidos a la deliberación de los jurados. Su veredicto declaró culpable a Dove con recomendación de piedad por mengua de sus facultades; la pena capital fue irremisiblemente pronunciada. La relación retrospectiva, publicada en 1883, recoge asimismo testimonios póstumos que asumen los hechos pero alegan una intención divergente. Semejante epílogo no zanja la discordia histórica: sobre la composición de aquellas dosis, sobre la mente del reo y sobre el peso exacto que la justicia debió conceder a los peritos de la ciencia.
