El lunes 8 de mayo de 1854, las vecinas del Breitengang advirtieron que la viuda Jacob y su hija no habían abierto la puerta a la hora acostumbrada. Vivían de su trabajo como lavanderas; su ausencia quebrantaba un compás bien conocido en el vecindario. Las llamadas a la puerta quedaron sin respuesta. Hubo que forzar el acceso del patio, en aquella vieja casona de escaleras empinadas y pasadizos estrechos. En el interior, ambas mujeres yacían muertas y sus arcones habían sido revueltos. El robo parecía evidente, mas nadie podía aún nombrar al ladrón.
El Nuevo Pitaval de 1858 consigna el procedimiento y la confesión atribuida a Timm, pero no constituye el acta judicial íntegra. Su texto en alemán, producto de un reconocimiento óptico de caracteres, contiene errores; por ende, los pormenores de la confesión se presentan aquí según el relato de dicha compilación.
La madre había sido hallada cerca de la entrada, con el cráneo fracturado por un martillo y el cuello hendido por un cuchillo. La hija yacía junto a la escalera del sótano; también ella había sido golpeada y herida en el cuello. La sangre en los peldaños denotaba un desplazamiento o un forcejeo en la casa, sin que por sí sola permitiera reconstruir cada ademán. Un cuchillo perteneciente a la víctima se encontraba junto a los cadáveres. Otro cuchillo, asimismo manchado, y una camisa de faena sucia y ensangrentada se convertirían en las primeras piezas de una discreta pesquisa.
Al día siguiente, la policía convocó en el Stadthaus a los moradores de las inmediaciones. Entre ellos figuraba Bernimb, maestro tornero en madera y patrón de varios oficiales. Reconoció la camisa como perteneciente a uno de sus operarios. Semanas después, al hallarse el segundo cuchillo, lo identificó del mismo modo como un útil de su taller. El nombre del hombre que trabajaba para él ingresó entonces en las notas de la investigación, si bien los agentes no contaban todavía, a estar por el relato, con indicios bastantes para detenerlo.
El individuo se llamaba Johann Arnold Wilhelm Timm, designado a veces en el capítulo como Wilhelm Timm. El Pitaval lo describe como un oficial tornero de diecinueve años. El año de nacimiento resulta ilegible en el texto digitalizado. Conocía la casa y a sus moradoras, mas tal familiaridad no bastaba por sí sola para señalarlo: otros vecinos podían tener trato con la familia.
La policía optó por no hacer del indicio un espectáculo. Personas allegadas a la investigación vigilaron las costumbres de Timm, recabaron informes y aguardaron a que aflorasen otros elementos. El capítulo resalta la prudencia de la instrucción: la camisa, el cuchillo y, con posterioridad, los gastos y los descargos del joven artesano fueron examinados de forma conjunta.
Un zapatero había recibido de Timm monedas prusianas para saldar una deuda. Reparó en que tenían tierra adherida. El detalle era modesto, casi doméstico: una moneda en la palma, un poco de fango en sus ranuras. El pormenor nada probaba por sí solo, pero añadía un interrogante sobre su procedencia a las sospechas ya suscitadas por los objetos del taller.
Al cabo de un mes, aproximadamente, Timm fue arrestado. La crónica refiere que opuso resistencia inicial a los interrogatorios y que confesó tras varios días; sitúa su confesión el 10 de junio. Según dicho texto, Timm explicó que había tomado un martillo, unas tenazas, un cuchillo y una camisa sucia con el pretexto de llevarlos a lavar. Habría bebido dos copas de aguardiente antes de dirigirse a la morada de las Jacob, un domingo por la noche, hacia las nueve.
Habría llamado a la puerta rogando a la viuda Jacob que le franquease el paso. El relato atribuye luego a su confesión el curso del doble homicidio: descargó el martillo contra la cabeza de la madre y luego le cortó el cuello; la hija bajó, fue a su vez golpeada y herida, y cayó hacia el sótano. El libro consigna asimismo que revolvió los arcones y se apoderó de dinero, estimado en unos cien marcos de Hamburgo, equivalentes a entre cuarenta y cincuenta táleros prusianos. Su presunta confesión detalla también la interrupción más apremiante: mientras se lavaba en la planta alta, un muchacho encargado de llevar ropa blanca golpeó la puerta. Tras varias llamadas desatendidas, el mozo se marchó para regresar al día siguiente. Timm dejó una lámpara encendida, tomó otro cuchillo de entre los de las víctimas y lo colocó junto a los cuerpos. Confiaba, al parecer, en que dicha sustitución desviase las pesquisas. Al amanecer, los vecinos recordaban la luz vislumbrada en la vivienda; una visita frustrada se tornaba de este modo en indicio tardío. En la versión que refiere el capítulo, no se demoró en buscar objetos de fácil ocultación: abrió el secreter de la alcoba superior y tomó el dinero en metálico que allí había. Marchó luego al Pfannkuchenkeller, cuyo nombre remite a un figón, y pasó la noche en el establecimiento de una dueña de prostíbulo en el Ehebrechergang. La desproporción es cruda entre la cuantía del botín y la magnitud del castigo venidero. Mas es el Pitaval el que narra estos andares a partir de la confesión; ningún registro independiente ha sido consultado en esta sede.
El dinero, según la crónica, se disipó con premura. Timm saldó deudas, adquirió prendas de vestir y frecuentó lupanares y figones. A tenor del texto, alegó haber buscado dinero acuciado por sus estrecheces; los juicios más amplios sobre su catadura moral corresponden al compilador.
El proceso se abrió en audiencia pública el 28 de agosto de 1854. El relato sostiene que Timm no se retractó de sus declaraciones y respondió sin exteriorizar emoción alguna. En septiembre, su letrado Gallois solicitó que la pena capital fuera conmutada por trabajos forzados; el compilador calificó de elocuente su defensa, mas esta no mudó el desenlace. El 19 de enero de 1855, el tribunal inferior de Hamburgo condenó a Timm a la pena de muerte. Su madre impetró luego el indulto ante el Senado, mientras Gallois impugnaba el procedimiento ante la jurisdicción de Lübeck. Dos centinelas montaron guardia cada noche ante su calabozo, y dos pastores acudieron a visitarlo como guías espirituales designados. El capítulo refiere que ni los carceleros ni los clérigos notaron en él mudanza alguna. El autor trueca después este sosiego aparente en semblanza de carácter; tan solo cabe retener las visitas y la custodia que describe. Las fechas de apelación que ofrece el Pitaval se contradicen entre sí: una providencia superior figura en un pasaje fechada en octubre de 1856, mientras que en otro lugar se sitúa una desestimación en marzo de ese mismo año, vinculada a otra resolución de octubre de 1855. A falta de registros independientes, eludo reconstruir dichos trámites y me atengo a la sentencia de primera instancia, fijada con precisión.
El Pitaval, la cronología de Meeder y una crónica hamburguesa de 1889 sitúan la ejecución en la guillotina el 10 de abril de 1856; una nota de prensa de 1926 consigna el 9 de dicho mes. La compilación refiere que se había fijado una primera fecha para el 5 de abril. La noche previa, Timm encerró a un guardia e intentó evadirse por una ventana. Se quebró una pierna en la caída y fue recapturado. La ejecución se pospuso; el texto asienta que fue conducido al cadalso atado a una silla. Refiere asimismo la despedida de su madre y de su hermano, así como los lienzos tendidos en el patio para hurtar la escena a las miradas de las casas colindantes. La discrepancia en la fecha subsiste, aun cuando el 10 de abril cuente con el respaldo de tres fuentes.
El Pitaval atribuye a Timm, tras el fracaso de su fuga, estas palabras: de haber escapado, habría tenido que matar de nuevo para costearse el pasaje a América. Semejante frase solo se conoce aquí a través de la compilación y no prueba designio anterior alguno. La investigación, en cambio, progresó merced a pesquisas más austeras: un maestro reconoce la camisa de un operario, un cuchillo halla correspondencia en el taller, un zapatero se asombra ante monedas cubiertas de tierra. Su cotejo condujo a la detención y al juicio. Es esta concatenación de observaciones, recogida en un relato retrospectivo y sembrada de fechas contradictorias, la que constituye la entraña más sólida del proceso.
