Pasadas las nueve de la noche, el hijo de Charlotte Spillner empujó la puerta de la alcoba y halló a su madre colgada del gozne superior. Tenía el rostro ensangrentado y el cabello desgreñado. La descolgó, la tendió sobre el lecho, deshizo el cordel que le ceñía el cuello y corrió en busca de un vecino. Al convecino que trajo consigo le habló de una hemorragia. Al médico le confió haberla hallado ahorcada; a los magistrados les dio a entender que bien pudo haberse quitado la vida en un rapto de locura. El cordón, por su parte, no fue exhibido.
Antes de las exequias, en Potsdam ya se murmuraba sobre una desgracia a la que nadie acertaba a dar nombre. La anciana recibió sepultura el primero de marzo, con el tañido de campanas de ordenanza. Nada en el examen inicial había revelado herida determinante alguna más allá de la señal en el cuello. Mas la muerte de Charlotte, separada desde hacía tiempo de su marido y conocida como la viuda Spillner, se resistía a la cómoda explicación del suicidio. Temía a la muerte, albergaba proyectos y gozaba de buen semblante. ¿Por qué razón habría elegido la soga? ¿Y por qué su hijo, que descubrió el cadáver, no dio aviso de inmediato a las autoridades?
Charlotte moraba desde 1826 en el número 20 del Canal. En la casa delantera vivía su hijo, antiguo maestro albañil y concejal del municipio. Le llevaba viandas, café, y la acompañaba a sus estancias al anochecer provisto de un farol. La vecindad conocía bien tales desvelos. Conocía asimismo la vivienda de la anciana: aposentos amueblados a la antigua usanza, dinero y alhajas custodiados allí mismo, y un secreter donde guardaba sus caudales. Prestaba sumas menores a inquilinos y moradores poco pudientes, a réditos elevados y mediante prendas en garantía. Su pecunio, sus pagarés y los bienes conservados en la casa volvían sus costumbres harto familiares para el vecindario.
La noche del 25 de febrero, varios vecinos la vieron. Hacia las seis y media aún limpiaba su gallinero. Había comentado su intención de visitar a su hermano, guantero de oficio. El deshielo y la lluvia habían anegado los senderos; un viento desapacible sacudía los jardines. Más tarde, el tratante de turba Lehmann oyó en el patio trasero dos alaridos que le sonaron a los de una parturienta. Otro testigo recordó un clamor sordo, un lamento lúgubre, hacia las ocho. Las horas y los testimonios no concordaban de modo exacto, mas aquel grito en el patio pervivió en la memoria de todos.
Las puertas contaban también una historia equívoca. El acceso al jardín, por costumbre cerrado, se halló expedito cerca de las diez de la noche de aquel día 25, y de nuevo a la mañana siguiente. Quedaba una llave puesta en la cerradura exterior; cuatro llaves desconocidas aparecieron sobre el estercolero, dos de ellas cruzadas entre sí. Faltaba la de la sala del jardín. En el interior de la vivienda se examinaron con minuciosidad cerrojos y cajones. No tardó en añadirse la sospecha del robo a la certidumbre del crimen.
El hijo, en un principio, no practicó inventario alguno. El 27 de febrero se dispuso a tomar una pequeña cantidad para retribuir a los carpinteros que traían el ataúd; no halló el dinero en su sitio acostumbrado, sin alarmarse por ello todavía. Cierta deudora, de apellido Rennert, reclamaba las alhajas que había dejado en fianza. En la mañana del primero de marzo, su esposa le apremió a buscarlas. Constató entonces la desaparición de joyas, faltriqueras de malla de acero, camisas y cortinajes. Se convenció de que a su madre le habían arrebatado la vida para despojarla de sus bienes. Sus sospechas recayeron sobre Machold, un individuo de su conocimiento. Mandó pregonar una recompensa de doscientos táleros. El encausado pudo acreditar que había pasado la velada en la sala Apollo; su presencia allí no justificaba ni la soga ni las prendas esfumadas.
El hijo resolvió seguir otra pista. En el jardín advirtió pisadas que procedían de la sala Apollo, franqueaban las cercas de las fincas colindantes y conducían a un cobertizo cercano a su propio patio. Las pisadas parecían repetidas y familiares. Desde aquel resguardo se dominaba la ventana de Braun, inquilino de la casa de enfrente. El 2 de marzo, el hijo puso estos elementos en manos de la policía. El cordel no fue entregado sino más tarde: presentaba manchas de sangre y hebras de cabellos negros y blancos.
Hubo de profanarse la sepultura. El 5 de marzo, los facultativos practicaron un primer reconocimiento del cadáver. Sus conclusiones no bastaban para descartar que la suspensión hubiese ocasionado la muerte. El día 23 se ordenó una segunda exhumación; en esta ocasión, las ropas y la ligadura fueron examinadas con mayor rigor. Las lesiones en la cabeza y en el rostro, la sangre advertida en el interior del cráneo y el conjunto de apreciaciones forenses alteraron la interpretación del cuerpo. Charlotte había recibido golpes antes de ser suspendida. La autopsia no desvelaba la identidad del agresor, pero desvanecía la estampa de una mujer que, a solas, hubiese atado la soga para abandonarse a ella.
La pesquisa de los efectos sustraídos guio los pasos hacia Helmrich. En su morada, dos sortijas de oro yacían ocultas bajo la estufa. Su mujer se había desprendido de un mortero de latón el mismo día del sepelio. Nuevos enseres asomaron en un fardo disimulado en el sótano de una casa donde servía la esposa de Helmrich. Las piezas se hallaban envueltas en un paño de lana negra y una cuerda. Días antes, una vecina había divisado otro bulto cerca del sótano, el cual se había esfumado después. Cada hallazgo estrechaba el cerco en torno a Helmrich sin dilucidar el enigma del homicidio.
Helmrich había ejercido el oficio de cerrajero y forjador. Afirmaba ser diestro en labrar llaves y no ignoraba las costumbres de la casa. Malvivía de hurtos, faenas menores y malas artes. Las deudas lo asediaban; hablaba de embarcar hacia América. Braun, su allegado, moraba justo enfrente de Charlotte y conocía bien el terreno. Ambos trababan trato estrecho desde el otoño anterior. Los dos sujetos fueron reducidos a prisión, y luego sus cónyuges resultaron imputadas por receptación o encubrimiento.
Helmrich admitió la comisión de robos, mas presentó una cronología calculada para desligarse de la muerte. Pretendió haber penetrado en la morada de Charlotte tras el deceso de esta, valiéndose de una ventana abierta, el 28 de febrero o el primero de marzo. Empero, diversas prendas faltaban ya antes de esa fecha; las ventanas estaban cerradas y los accesos no cuadraban con su relación. Ya en diciembre se había perpetrado un primer allanamiento en el secreter de Charlotte. Las sucesivas versiones de Helmrich acerca de aquella intrusión, las puertas y los objetos despojados caían en flagrante contradicción. A medida que reconocía una ratería, dilataba en el tiempo el instante en que pudo hallarse bajo aquel techo.
Otros testigos declararon que Helmrich había manifestado su propósito de dar muerte a una anciana hacendada para apoderarse de su caudal y poner rumbo a América. Estas aseveraciones se prestaron bajo juramento, si bien no todos los deponentes gozaban de una reputación intachable; algunos habían purgado penas de cárcel y cada dicho debía sopesarse con cautela. Un testigo refirió las pláticas de Helmrich sobre el modo de simular una asfixia para enmascarar un asesinato sin dejar huellas dactilares. Braun, a su vez, había ofrecido un anillo de oro a un mercader y no acertó a justificar con claridad cómo había llegado a sus manos. Con todo, ninguna confesión vino a ratificar un concierto homicida entre ambos.
El proceso, celebrado del 17 al 20 de julio de 1855, hubo de deslindar tres cuestiones capitales: quién violó el domicilio, quién se apropió de los bienes y quién segó la vida de Charlotte. Los indicios se apoyaban a veces y se desmentían otras tantas. El hijo había manipulado el cuerpo y asegurado ante los convecinos que se trataba de una hemorragia; al médico, sin embargo, le detalló la forma en que lo había descubierto. A pesar de ello, las primeras diligencias autorizaron el entierro sin una inspección cabal. La segunda exhumación rectificó el error inicial, mas era incapaz de reconstruir cada ademán de aquella noche. El cordel, los cabellos, los estigmas y los efectos robados integraban un cuerpo probatorio material; los testimonios añadían designios que ningún testigo ocular presenció consumarse.
El jurado descartó el asesinato premeditado en la persona de Helmrich. Lo declaró culpable de haber dado muerte voluntariamente a Charlotte para allanar el robo que perpetraba; no quedó demostrado que la resolución homicida precediese al instante mismo de la ejecución. Tal matiz jurídico no le valió la clemencia: fue sentenciado a la pena capital por homicidio doloso sin premeditación. Braun fue absuelto del crimen, de la coautoría, del homicidio y de la complicidad. Las esposas corrieron igual suerte absolutoria. La culpa de Helmrich no arrastraba consigo a cuantos nombres habían desfilado por el sumario.
La confirmación real se produjo el 19 de febrero de 1856. Helmrich fue conducido para su ejecución a Moabit. Los trámites de rigor, los cambios de fecha y la intervención del ministro de Justicia aplazaron el desenlace. El capellán Klehmet creyó advertir en la actitud del reo motivos fundados para vacilar sobre su culpabilidad e intercedió por una prórroga. La pena fue ratificada una vez más; el 8 de julio, Helmrich pereció bajo el hacha del verdugo. Hasta los instantes previos al cadalso persistió en proclamar su inocencia. Ningún dato fidedigno permite atribuirle últimas palabras de mayor precisión.
En el jardín del Canal, aquellas llaves desconocidas parecieron en un principio delatar el camino de entrada; las pisadas conducían hacia un cobertizo y la puerta abierta fingía franquear el paso de un culpable. Con todo, la vista no convirtió a cada vecino en reo de complicidad. Dejó a Braun en libertad y a las dos mujeres a salvo de reproche, en tanto que el castigo de Helmrich descansó sobre un juicio más estricto: el expolio y el golpe letal se hallaban unidos, mas la premeditación jamás pudo probarse. Por encima del lecho donde descansaron los restos de Charlotte, el cordel yacía arrojado sobre un armario. Cuando los médicos volvieron a él, junto con las ropas y los cabellos, no desveló la verdad entera; tan solo impidió que la primera patraña, la del suicidio, se tuviese por la única.
