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Justicia y escándalos · Francia

El viajero de la calle Jean-Robert

En París, el ebanista Selosse es hallado gravemente herido tras subir a un carruaje conducido por Horiot; fallece ocho días después. El cochero niega haberlo golpeado y cuestiona la dirección que asegura haber recibido. Los médicos debaten sobre la caída y las restantes lesiones. El jurado rechaza las acusaciones principales de asesinato y robo, pero lo condena por lesiones que causaron la muerte sin intención de darla.

Dos direcciones próximas, una facilitada por los testigos y la otra sostenida por el cochero, se convirtieron en el primer nudo del caso Horiot. El carruaje había partido de la calle des Haies con un comerciante de muebles indispuesto en su interior; el cochero afirmó que, al llegar a la calle Doudeauville, descubrió el vehículo vacío. Ocho días más tarde, aquel hombre moría en el hospital. Entre ambos sucesos, la justicia hubo de examinar una caída previa, heridas que los médicos no describían del mismo modo, un reconocimiento al pie del lecho del herido y el relato vacilante del conductor.

Julien-Augustin Horiot compareció el 15 de junio de 1874 ante el tribunal de lo criminal del Sena, presidido por el señor Dumas. La Gazette des Tribunaux lo presentaba como un cochero de unos cincuenta años, nacido en Vicq, en el departamento de Alto Marne, y domiciliado en el bulevar Soult. El encabezamiento de la crónica judicial anunciaba una acusación de asesinato y robo, con una cuestión subsidiaria de lesiones dolosas. Esta discrepancia entre el cargo principal y la tipificación que finalmente prosperó resolvió el destino del proceso.

El 14 de marzo, Selosse había acudido al taller del ebanista Poulain, en la calle des Haies, para tratar sobre un encargo de mobiliario. Coincidieron también con el tabernero Poirier y otro comerciante. Tanto Poulain como varios testigos declararon que Selosse apenas había bebido. Hacia las siete de la tarde, cuando se disponía a regresar a su domicilio, se apoyó en una puerta de la cocina que había quedado entornada; la hoja cedió y el hombre cayó de espaldas. Se produjo una contusión leve en la parte posterior de la cabeza y perdió el conocimiento durante unos minutos. Al recobrar el sentido, se hallaba aún demasiado débil para emprender el camino a pie.

El joven Barat marchó a buscar un coche a la parada del bulevar de Picpus. Horiot, que en un primer momento se negó a transportar a un hombre que le describían como indispuesto o ebrio, terminó por aceptar. En la vista oral explicó que llevaba varias horas de espera y no quiso dejar escapar la oportunidad de embolsarse el importe de la carrera. El presidente le preguntó si Barat había añadido que el pasajero era un comerciante acomodado y que «llevaba bolsa». Horiot negó que se hubiesen pronunciado tales palabras. Barat, en cambio, aseguró haber precisado que Selosse era tratante de muebles y que pagaría el viaje; asimismo, confirmó que Horiot lo había llamado de nuevo tras una primera negativa.

Poulain aseveró que fue el propio Selosse quien indicó la calle Jean-Robert, número 6 bis. Su hijo la habría repetido al auriga, y Barat, que acompañaba al viajero, declaró haberla oído. Horiot sostuvo, por el contrario, haber entendido «calle Doudeauville, 6 bis, cerca del antiguo ayuntamiento de La Chapelle». Pretendió no haber escuchado jamás el nombre de la calle Jean-Robert. Semejante versión lo condujo, no obstante, a un paraje sumamente próximo a la vivienda de Selosse. Ante los requerimientos del presidente, reiteró que habría llevado de buen grado al pasajero hasta la puerta de su casa de haber comprendido con exactitud las señas.

Hacia las diez de la noche, los guardias municipales Brenot y Bisson encontraron a Selosse tendido en la acera del bulevar de Ménilmontant, frente a las tapias de Père-Lachaise. Estaba cubierto de sangre y era incapaz de articular palabra. Los agentes lo trasladaron a la comisaría, donde comprobaron que no portaba dinero ni portamonedas alguno, sino únicamente una cartera de documentos y un pañuelo. Horiot aseguraba haber advertido la ausencia de su cliente al arribar a la calle Doudeauville. En ningún momento se presentó en la finca de la calle Jean-Robert para reclamar el precio de la carrera.

El relato que ofreció a Homais, frutero y vinatero, fue puesto en entredicho de inmediato. Horiot le refirió que su viajero se había esfumado del interior del carruaje y que acababan de «darle el timo» una vez más. Homais observó que ambas portezuelas permanecían cerradas, por lo que no alcanzaba a concebir cómo un hombre había podido apearse. Horiot no mencionó en aquel instante al transeúnte que, según su declaración posterior, habría vuelto a cerrar la portezuela derecha en el bulevar de la Villette. Explicó más tarde que Selosse pudo haberse precipitado fuera del coche o escapado sin que él lo advirtiera. Con todo, el cuerpo había sido hallado en el margen izquierdo del trayecto, mientras que él sostenía que la portezuela abierta había sido la derecha.

La acusación sostuvo que aquella desaparición distaba de ser un mero accidente fortuito. Planteó que el cochero detuvo el carruaje en un paraje desierto, exigió cincuenta francos al viajero, lo molió a golpes y lo arrojó a la acera antes de apoderarse de su peculio. La crónica judicial refiere que Selosse, durante sus primeros días en el hospital, repetía a intervalos frases como «¡asesinarme por cincuenta francos!». Estas palabras, escuchadas por los testigos cuando su estado se lo permitía, nutrieron la imputación por robo, si bien no acreditan por sí solas que se le hubiese sustraído efectivamente suma alguna.

La naturaleza de las lesiones centró un debate harto más complejo de lo que sugería el titular de la prensa. El doctor Blandet, que examinó a Selosse al día siguiente, describió múltiples contusiones en el rostro y la cabeza, una costilla fracturada y hematomas en la espalda y las manos. A su juicio, semejantes traumatismos no podían atribuirse únicamente a una caída desde el carruaje. Selosse expiró el 22 de marzo. En la autopsia, los doctores Tardieu y Laugier constataron una amplia fractura de la base del cráneo, contusiones cerebrales y una meningoencefalitis purulenta, secuela directa de la fractura ósea.

Durante el juicio, el doctor Laugier introdujo un matiz capital. Consideró que las lesiones dorsales, la herida del cuero cabelludo e incluso la propia fractura craneal eran compatibles con una caída violenta de espaldas. En cambio, estimó sumamente difícil no apreciar en las copiosas heridas de la cara, en las equimosis del cuello y en las marcas de la mano derecha la huella inequívoca de golpes propinados; tales lesiones, puntualizó, no habían sido la causa del fallecimiento. Blandet, por su parte, no creía factible que un mismo golpe alcanzara a la vez el occipucio y la región sacra. Los facultativos coincidían, por ende, en la causa letal, mas sus divergencias dejaban en suspenso la mecánica exacta mediante la cual se habían producido todos los traumatismos.

En el lecho del hospital, Selosse apenas pudo responder en un principio a los interrogatorios. Su esposa, Félicité-Rosalie, declaró que se había despedido de él la mañana del 14 de marzo, que el ebanista llevaba escaso dinero encima y que jamás acostumbraba a portar sumas de consideración. Cuando volvió a verlo, él le murmuró de manera entrecortada: «¡Cochero!... ¡cochero!... ¡arrojado!...». Otros enfermos y empleados del hospital atestiguaron haber oído expresiones análogas. El comisario Baron afirmó que el 19 de marzo, durante una diligencia de careo, Selosse lo reconoció primero a él, luego reconoció a Horiot y contestó que este último lo había golpeado. El moribundo añadió: «Si no has sido tú, mejor para ti», frase de sentido equívoco que el ministerio público interpretó no obstante como una ratificación del señalamiento.

Horiot impugnó la validez de dicha escena. Aseguró que el comisario había formulado a la vez las preguntas y las respuestas; otros testigos presentes afirmaron, por el contrario, haber oído responder a Selosse con entera claridad. Horiot arguyó asimismo que no había escuchado las palabras del enfermo debido a su sordera. Cuando fue detenido, admitió haber conducido al viajero, a quien tachó de «canalla», pero negó rotundamente haberle puesto la mano encima. Un celador declaró que, tras el careo, Horiot montó en cólera y proclamó que se cortaría el cuello esa misma noche; el acusado ofreció una versión distinta de aquellas palabras y negó que entrañasen confesión alguna.

Se recabaron asimismo testimonios sobre la conducta pretérita de Horiot. Antiguos patronos lo describieron como un hombre violento, amenazador y con frecuencia entregado a la bebida; otras declaraciones resultaron menos desfavorables, y un antiguo empleador no confirmó que Horiot le hubiese mencionado al pasajero desaparecido aquella misma noche. Una carta anónima llegó a afirmar que Selosse había sido herido en el establecimiento de los tratantes de muebles y que estos pretendían encubrir a Poirier. El presidente del tribunal señaló que la instrucción judicial había reducido tal especie a sus justas y vanas proporciones. Todos estos elementos sobre su reputación y tales conjeturas se incorporaron a los debates, aunque debían distinguirse nítidamente de los dictámenes periciales y de las palabras atribuidas a la víctima.

Concluida la prueba testifical, el presidente anunció que se sometería al jurado la cuestión subsidiaria de lesiones que produjeron la muerte sin intención de causarla. El fiscal general sostuvo la acusación bajo esta fórmula atenuada; el letrado Jules Fabre asumió la defensa de Horiot. Tras un cuarto de hora de deliberación, los miembros del jurado respondieron negativamente a las preguntas principales de asesinato y robo, pero de manera afirmativa a la cuestión subsidiaria. El tribunal condenó a Horiot a la pena de siete años de trabajos forzados.

Tal fue el desenlace consignado por la Gazette: no una declaración judicial de asesinato y expolio en los términos formulados por el escrito de acusación, sino una condena por violencias que acarrearon la muerte sin mediar propósito de causarla. La fractura de cráneo segó la vida de Selosse; el modo en que se produjo permaneció en disputa entre la hipótesis de una caída fortuita y la de una agresión violenta. Las últimas palabras del agonizante y los estragos visibles en su rostro pesaron en la convicción del proceso, si bien el jurado descartó las figuras delictivas de mayor gravedad. Importa preservar este distingo, pues en él radica la medida exacta del veredicto.

Nota documental: crónica judicial de la época correspondiente a la sesión del 15 de junio de 1874, publicada en la Gazette des Tribunaux los días 15 y 16 de junio, páginas 571 a 573. Las acusaciones de robo y homicidio intencional se atribuyen a la fiscalía; las comprobaciones médicas, las declaraciones de Selosse y las negativas de Horiot se recogen según el testimonio de los deponentes. El jurado rechazó los cargos principales y admitió exclusivamente la cuestión subsidiaria de violencias corporales con resultado de muerte sin intención homicida.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Crónica periodística de la época y sumario de las actuaciones procesales; la transcripción privada mediante OCR se ciñe al juicio contra Horiot. El diario da cuenta del escrito de conclusiones provisionales del ministerio fiscal, los testigos de cargo y descargo, los dictámenes periciales de los médicos forenses, las negativas del encausado y el veredicto del jurado, sin pretender erigirse en testimonio íntegro del sumario judicial.

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