En Versalles, en la primavera de 1871, tres empleados trajeron de París una suma que la caja municipal aún no esperaba recibir. Venían de Les Halles, donde habían cobrado derechos adeudados por los comisionistas. Según la crónica judicial presentada ante el tribunal de lo criminal, Hellé y Jacquelin entregaron a Chasteau 120 520 francos con 80 céntimos; Chaulin los había acompañado. Los dos primeros solicitaron un recibo. Chasteau se lo denegó. En una ciudad donde las oficinas habían sido trasladadas y los servicios desorganizados, aquel papel ausente se convertiría, cuatro años más tarde, en el nudo de una disputa en la que cada cual sostendría saber qué había sido de la caja.
La administración se había replegado en Versalles, donde los agentes proseguían el servicio de la caja municipal. No obstante, los acontecimientos no respetaban ni los horarios de una oficina ni el orden de un libro contable. Chasteau, a la sazón cajero principal, había abandonado París junto con el señor Noyon, su superior. Los empleados aún percibían algunos derechos de consumos; transportaban los fondos en una saca de viaje. Percibían asimismo, cuando la ocasión se presentaba, ingresos aún adeudados en Les Halles. Sin embargo, respecto a estos últimos, las relaciones habituales de recaudación municipal no podían servir de contraste: las oficinas encargadas de redactarlas se hallaban desorganizadas.
La primera suma examinada en la vista precedía a dicha retirada. En la segunda mitad de noviembre de 1870, el prefecto Jules Ferry fue advertido de un descubierto de 200 000 francos en la caja municipal. Mandó llamar a Noyon, quien interrogó a Chasteau. Este respondió en un principio que el déficit era una calumnia; a las tres de la tarde, durante un arqueo, la caja parecía hallarse en equilibrio. Noyon se retiró tranquilizado. Supo después que Chasteau había tomado prestados 200 000 francos de otro cajero, el señor Poisson, y que el dinero había sido repuesto en la caja.
La crónica judicial contrapone dos relatos de esta operación. Para la acusación, el arqueo se había preparado a fin de ocultar el desfalco; los billetes prestados habían colmado de manera provisional la brecha, tras lo cual Chasteau había implorado a Noyon y obtenido su silencio a cambio de comprometerse a restituir la suma. Los testigos situaron dicha restitución en los días subsiguientes. Chasteau, por su parte, sostuvo que se había llevado a su domicilio su fianza para ponerla a resguardo de los disturbios y que la había devuelto en cuanto se le requirió. Noyon negó haberle aconsejado semejante «traslado». El préstamo de Poisson, las dos comparecencias y las respuestas dadas al prefecto no podían reducirse a una mera precaución sin resolver de antemano qué testimonio debía prevalecer.
Pocos meses más tarde, la saca de las recaudaciones de Les Halles suscitó una cuestión todavía más ardua. La acusación tasaba la entrega en 120 520 francos con 80 céntimos, derechos cobrados entre el 11 y el 28 de marzo de 1871. Chasteau no la asentó en su libro de entradas. No obstante, anotó entre sus gastos los haberes abonados a Hellé y Jacquelin, detraídos de dichos fondos, y sostuvo después haber entregado el dinero a Noyon. Este afirmó no haber manejado jamás dicha suma. Cuando los servicios regresaron a París y se reconstituyó la contabilidad, ninguna cuenta reflejaba su existencia.
Jacquelin halló más adelante, con ocasión de una mudanza, una nota en la que figuraban las recaudaciones de los comisionistas. Reparó en que no constaban en ningún libro. Según la versión del ministerio público, Jacquelin interrogó a Chasteau, quien lo remitió a Noyon para recabar explicaciones. Chasteau exhibió a continuación una arqueta de hierro y declaró que los billetes se habían custodiado allí y depositado luego en el Banco de Francia. La acusación impugnó el relato del depósito: los empleados del Banco no confirmaban la presencia de billetes y las condiciones referidas no concordaban con los reglamentos del establecimiento. Noyon, por su parte, negaba haber recibido los fondos. En enero de 1875, tras la detención de su esposo, la señora Chasteau entregó 43 000 francos en billetes al comisario Macé. Esta suma fue asimismo objeto de debate: la acusación veía en ella una restitución tardía e incompleta; la defensa, un dinero conservado en el seno familiar.
Estos dos episodios habían dejado registros truncos y recuerdos contradictorios. La tercera imputación, en cambio, se leía en bordereaux, títulos y cuadernos hallados en el despacho de Chasteau. Concernía al empréstito municipal de 1871. Los suscriptores habían recibido inicialmente obligaciones provisionales. Tras los sorteos de amortización, ciertos títulos otorgaban derecho a un reembolso o a primas; por ende, una obligación ya amortizada no debía ser sustituida por un título definitivo. Ahora bien, durante el canje dispuesto a finales de 1872, los títulos se entregaban número por número, sin registro de descargo. Unas fichas debían advertir de aquellos que hubiesen salido en suerte.
Semejante simplificación dio pie a errores. Estos fueron subsanados a medida que se advertían, pero la clasificación general emprendida en enero de 1873 reveló que varias obligaciones amortizadas habían sido canjeadas como si no lo estuviesen. El informe pericial presentado a los jurados contabilizaba 172 obligaciones afectadas, distinguiendo los títulos enteros de las fracciones. Correspondía entonces al jefe del servicio de títulos prevenir a sus superiores y localizar a los tenedores valiéndose de los bordereaux en los que constaban sus nombres y señas.
A juicio de la acusación, Chasteau tomó otro camino. Habría extraído de los legajos las obligaciones concernidas, tomado los resguardos correspondientes y cobrado luego en la caja municipal los reembolsos y primas haciéndose pasar por mandatario de los depositantes. Los cobros se sucedieron de octubre a diciembre de 1873 y alcanzaron, según el cómputo expuesto a los jurados, 80 898 francos con 85 céntimos. A fin de que el servicio no descubriese un déficit material en los títulos, Chasteau habría adquirido obligaciones provisionales no canjeadas y sufragado los desembolsos precisos para su completa liberación. El perito dedujo 46 144 francos con 14 céntimos de las sumas cobradas y tasó en 34 754 francos con 71 céntimos lo que aún se adeudaba a los depositantes. Eran cuarenta y dos; la crónica judicial señala que solo uno de ellos, el agente de cambio Laurent, percibió de manera espontánea 140 francos con 28 céntimos.
La defensa no negaba el desorden del método; rehusaba ver en él un designio de enriquecimiento. Chasteau, afirmaba, había acometido por propia iniciativa una clasificación que juzgaba indispensable, sin haber recibido instrucciones precisas. Habría procurado identificar a los legítimos dueños una vez concluida la liquidación y repuestos los títulos indebidamente canjeados. Su nombre constaba en las imposiciones, subrayaba su letrado; no había obrado, pues, en la sombra. Los cuadernos hallados en su despacho contenían, a su entender, las cuentas individuales de los depositantes. La acusación replicó que tales notas no habían servido para avisar a nadie y que las sumas solo se habían devuelto en mínima parte.
Restaba explicar los desembolsos. Chasteau atribuía a su padre la propiedad de Maisons-Laffitte y una pensión; la defensa invocaba asimismo la fianza en poder de la Villa, el patrimonio de su esposa y el socorro familiar. El fiscal cotejó los gastos de la casa, el tren de vida y los caudales cuestionados, en tanto que la defensa hizo declarar a agentes de cambio que negaron que Chasteau hubiese jugado a la Bolsa. En la vista, las cuentas jamás llegaron a disociarse por completo de las reputaciones: a un lado, las cifras consignadas y las piezas de convicción incautadas; al otro, el honor reclamado por el acusado y el crédito que sus superiores le habían concedido durante largo tiempo.
El 20 de diciembre de 1874, el prefecto del Sena fue informado de nuevas irregularidades. Una inspección administrativa condujo a la detención de Chasteau y a posteriores registros que sacaron a la luz títulos, resguardos y cuadernos. La instrucción judicial confrontó estas piezas con las operaciones que la caja había dejado sin suficiente constancia. En la audiencia criminal, el fiscal general Chevrier sostuvo la acusación; el letrado Allou opuso a dicha lectura las explicaciones del cajero y las restituciones alegadas. Los jurados respondieron afirmativamente a todas las cuestiones, concediendo, no obstante, circunstancias atenuantes. El tribunal condenó a Chasteau a diez años de reclusión y a 40 000 francos de multa.
Así, las tres causas de caja no se confundieron entre sí. Los 200 000 francos habían sido repuestos tras el empréstito a Poisson; la recaudación de Les Halles permanecía en litigio entre libros ausentes, arqueta y declaraciones testificales; las obligaciones, en fin, dejaban tras de sí resguardos, títulos de sustitución y un saldo que el cómputo de la acusación atribuía a los depositantes. El tribunal zanjó con arreglo a las cuestiones sometidas al jurado. Pero fue en las propias escrituras donde la causa había tomado cuerpo: un recibo negado, una partida omitida, una obligación canjeada de más, renglones todos ellos donde la administración hubo de buscar lo que faltaba.
