A las once, las tribunas de la audiencia provincial de Seine-et-Marne se hallan repletas. Los magistrados toman asiento; en el banquillo de la defensa, el letrado Barboux aguarda. Léon Degand, de veinticinco años, oficial guarnicionero, oculta el rostro en su pañuelo. Su gabán marrón atrae la mirada del público: es la misma prenda que vestía el día en que Rosa Biziot desapareció en las aguas del canal. Niega los hechos. Al término de los debates, el jurado lo declara culpable. El tribunal lo condena a trabajos forzados a perpetuidad. Y, sin embargo, en el instante de abandonar la sala, aún clama: «¡Soy inocente!»
La crónica publicada una semana después de la vista da cuenta de una causa donde los testigos no presenciaron ni el primer golpe ni el último. Es preciso hilvanar un paseo, unas detonaciones, una lucha divisada a lo lejos y a un hombre inclinado sobre el agua. El periódico ofrece desde el principio su propia lectura de los hechos, pero la defensa impugnará con precisión los eslabones quebradizos de esa cadena.
Una relación que se desmorona
Degand trabaja en París como guarnicionero. En 1868 conoce a Rosa Biziot; pronto inician una relación íntima. Durante dos o tres años, según el sumario del acta de acusación, nada hace presumir desavenencia alguna. A finales de 1871, la situación se enturbia, si bien la instrucción no logra determinar lo ocurrido entre ambos. La prensa baraja diversas hipótesis: ¿sospechaba Degand de la infidelidad de Rosa? ¿Pretendía abandonarla? ¿Se negaba Rosa a separarse del hombre que la mantenía? La crónica se inclina por esta última posibilidad, sin presentarla como una certeza probada.
Un testigo declara que Degand había manifestado en repetidas ocasiones el deseo de deshacerse de su amante. La reseña judicial recoge tales palabras; la acusación ve en ellas el anuncio de un designio criminal. Resultaría sencillo, consumado el drama, deducir de ello un plan preconcebido. El texto, en cambio, señala que la idea del crimen habría madurado a principios de enero de 1872. Tal es la tesis que el ministerio público expone ante los jurados, no una confidencia del reo.
El 8 de enero, propone a Rosa que lo acompañe a Lagny. Asegura desear ver a un amigo, Kindel, que a veces acude allí para asistir a una velada musical. Ambos parten juntos y pernoctan en la localidad. Durante la vista, Degand confirma que ella lo acompañó. Sostiene que confiaba en encontrar a Kindel en Lagny y que no dio con él. El presidente le replica con un dato incontestable: Kindel reside en París, a cinco minutos del domicilio del propio Degand. El acusado afirma haber acudido a su casa sin hallarlo. La razón de aquel viaje permanece en el centro del interrogatorio, pues el motivo alegado por Degand no convence ni a la parte acusadora ni al fiscal.
A la mañana siguiente, la pareja toma el camino de sirga del canal del Ourcq. El paraje descrito por el diario se halla encajonado entre dos elevados taludes. La acusación sostiene que Degand llevaba consigo su revólver y que, tras una primera detonación, Rosa intentó trepar por el talud. Él le habría dado alcance, derribándola al suelo para dispararle cinco veces más. La crónica afirma después que la arrastró al agua y la mantuvo sumergida. Estos pormenores forman parte de la reconstrucción acusatoria expuesta ante la sala; ningún testigo comparece afirmando haber visto la escena en su integridad.
Lo que divisaron los testigos
El primer compareciente es un barquero. Afirma no haber visto pasar más que a Degand y a su amante. Recuerda que el hombre se dirigió con aspereza a Rosa: «Ven por aquí», antes de encaminarse hacia el canal. Su testimonio antecede a la violencia y dota al paseo de una dirección que, a posteriori, adquiere otro cariz.
Desvoges oye tres o cuatro disparos. A un centenar de metros, divisa a un hombre que forcejea con una mujer y la hace caer. Viste un gabán marrón, semejante al que Degand luce en la sala. No describe el golpe mortal ni ve arrojar el cuerpo a las aguas. Marguerite Honoré escucha gritos desgarradores; piensa al instante en un asesinato o en un estupro. Oye dos detonaciones y corre hacia el lugar. Al llegar, la mujer ya no está. El hombre se halla dentro del canal, como si mantuviese a alguien bajo la superficie.
Degand le asegura que el asesino ha ganado la orilla opuesta a nado y que él mismo se ha lanzado al agua para auxiliar a Rosa. Honoré no le da crédito. Declara no haber visto huir a nadie. Su hijo depone en idéntico sentido; otros dos testigos manifiestan haber presenciado también el forcejeo. Dicen haber acudido en menos de dos minutos y niegan toda verosimilitud a la versión de Degand. El testimonio presencial resulta, por tanto, breve, fragmentario y, sin embargo, unánime en un extremo cardinal: el hombre que permanecía en el canal es el mismo al que vieron luchar con Rosa.
Interrogado, Degand sostiene la existencia de un desconocido vestido de negro. Según su relato, aquel sujeto disparó primero, le hizo soltar su arma, lo hirió en la muñeca y le arrebató el reloj y la cartera, que contenía trescientos francos. El desconocido habría matado a Rosa y arrojado su cuerpo al agua antes de cruzar la corriente nadando. Esta versión se repite durante la instrucción y en el plenario. El fiscal Voisin la califica de patraña: nadie vio a ese tercer hombre, y los testigos no distinguieron jamás sino dos siluetas.
Dos misivas anónimas, dirigidas al presidente de la República y al padre de Degand, son atribuidas a ese pretendido agresor. Sin embargo, ante el juez de instrucción, Degand termina por confesar de su propio puño tales escritos. Guarda silencio cuando el presidente le recuerda que él mismo admitió en su momento que su relato resultaba inverosímil. A ojos del ministerio público, estas cartas no constituyen un indicio externo que acredite la existencia de un agresor; prolongan, muy al contrario, la patraña urdida por el encausado.
Los efectos abandonados en la orilla se convierten en otra pieza del razonamiento acusatorio. El saco de viaje, el sombrero y el paraguas de Rosa aparecieron alineados con esmero. La acusación deduce de ello que ningún desconocido sorprendió a la pareja. La defensa rebate que nadie presenció la comisión del crimen, que las ropas de Degand carecían de manchas de sangre, que Desvoges no pudo discernir con certeza el color de la vestimenta a cien metros de distancia y que la pistola hallada en el suelo no fue identificada formalmente como propiedad de su patrocinado. Barboux recuerda con ello que los testigos solo alcanzaron a ver los instantes previos o posteriores al hecho, jamás la acción consumada.
Una defensa ante el jurado
El fiscal Voisin hace hincapié en la inviabilidad del misterioso desconocido y en el viaje a Lagny. Presenta a Degand como el ejecutor del crimen, cuyo desplazamiento no hallaría otra explicación que la premeditación del asesinato. Se dirige asimismo a la familia del encausado: su padre es un comerciante intachable, su hermano un obrero meritorio y su hermana pertenece a las Hijas de la Caridad en París. Esta insistencia en el deshonor familiar forma parte de la retórica del ministerio público; nada prueba en cuanto al crimen, pero ilustra el modo en que se invita a los jurados a sopesar el silencio de Degand y la honra de los suyos.
Barboux no niega la gravedad de los cargos. Pide precisamente que esa gravedad haga más rigurosa la exigencia probatoria. Las cartas anónimas, alega, pueden ser tanto la torpeza de un inocente aturdido como la de un culpable. Nadie presenció el homicidio. El gabán no fue reconocido a distancia con certidumbre absoluta; no hay sangre en los vestidos; el arma encontrada no está formalmente ligada al procesado. La defensa sostiene que el relato del acusado no es tan descabellado como pretende el fiscal e insta al jurado a no sustituir una prueba por una mera impresión.
El presidente resume los debates. Los jurados responden afirmativamente a la cuestión de la culpabilidad, mas concediendo circunstancias atenuantes. El tribunal condena a Degand a trabajos forzados a perpetuidad. La pena elude el cadalso, pero lo aparta para el resto de sus días de la libertad que reclama. Al abandonar el estrado, lanza su desesperado grito de inocencia.
A la mañana siguiente, el fiscal Voisin acude a la prisión preventiva para interrogarlo de nuevo. El periódico refiere entonces un vuelco inesperado: Degand confiesa anegado en lágrimas. Habría explicado que demoró su declaración por consideración a sus padres, intentando salvarse para ahorrarles la deshonra. Esta confesión sobrevenida tras el veredicto no debe confundirse con el fallo emitido por los jurados la víspera a tenor de los debates. La crónica no aporta acta judicial de aquel interrogatorio; se limita a transmitir las palabras de Voisin y la confesión atribuida a Degand.
El reo interpone de inmediato recurso de casación. A orillas del canal, nadie había contemplado la escena completa; en el tribunal, acusación y defensa confirieron sentidos antagónicos a idénticos fragmentos. Un barquero había visto a la pareja alejarse en la dirección elegida por Degand. Varios testigos habían oído los disparos, presenciado un forcejeo y hallado al joven artesano en el agua. El hombre vestido de negro, por su parte, no dejaba tras de sí más rastro ni testimonio que las cartas que el propio reo confesó haber redactado. El jurado zanjó el debate; la crónica conserva asimismo la sombra de duda que la defensa intentó mantener viva entre esos dos instantes observados.
