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Amores y traiciones · Francia

El camino de las vísperas

En enero de 1873, Étienne Grassot, de dieciocho años, mata a Octavie Parisot, también de dieciocho, tras reiteradas amenazas. Un transeúnte oye la llamada de auxilio de la joven y es mantenido a distancia a punta de pistola. La audiencia provincial de Loira Inferior juzga a Grassot en marzo: el jurado lo declara culpable y le concede circunstancias atenuantes; es condenado a trabajos forzados a perpetuidad.

La madre de Octavie Parisot vio brillar un arma en la mano de Étienne Grassot. Seguía a los dos jóvenes a través de los campos, embargada por el presentimiento de una desgracia inminente. No se hallaba lo bastante cerca para alcanzarlos. Cuando por fin llegó hasta su hija, Octavie yacía en tierra, herida en el rostro. Grassot, en tanto, permanecía armado y amenazante en la linde del bosque.

Los debates ante la audiencia provincial de Loira Inferior situaron aquella escena en el seno de una prolongada sucesión de amenazas y desdenes. Grassot, un criado de dieciocho años, frecuentaba la casa de los Parisot en Ruffey. Se había encaprichado de Octavie, de su misma edad; los padres de la muchacha procuraban apartarla de semejante obsesión. El veredicto del jurado lo declaró culpable de los cargos formulados por la acusación, si bien le reconoció circunstancias atenuantes. El tribunal lo condenó a trabajos forzados a perpetuidad.

Una amenaza vuelta costumbre

Grassot trabajaba para un amo de la aldea y vivía en casa de Prieur, vecino de los Parisot. Frecuentaba su hogar y se había encariñado con la hija. Octavie regresaba del pupilaje cuando Voillot la vio con él en el camino; la crónica procesal no aclara si caminaba sola ni si el encuentro había sido concertado. La Gazette no describe una relación consentida: consigna que sus atenciones eran mejor acogidas por Octavie que por sus padres, pero que la joven rechazaba parte de sus pretensiones. Las tensiones se agriaron. La madre habría llegado a golpearlo tras una de sus insistencias; él comenzó a hablar de sangre y de pistolas.

La crónica atribuye a Grassot amenazas reiteradas. Al parecer, repetía que mataría a alguien, que era preciso que la sangre corriera y que dispararía a la cabeza de una persona a la que todavía no nombraba. Hablaba de una confabulación para cometer una fechoría y pidió a un camarada que le ayudara a adquirir un arma. Él mismo acabó por procurarse un revólver que no dejaba de llevar encima.

Los Parisot, alarmados, enviaron a Octavie a pasar las fiestas de Navidad con una parienta en Genay. Para Grassot, aquella partida supuso una nueva afrenta. Dijo que ella volvería y que la mataría antes de quitarse la vida él mismo. Su amo le había comprado un revólver; Grassot se apresuró a cambiarlo por uno de mayor calibre. Lo probó abatiendo un ave de corral en el patio. La Gazette recoge estos hechos como circunstancias acreditadas en el juicio, y no como declaraciones de un testigo presente a cada instante.

El sábado 11 de enero compró un litro de aguardiente para infundirse valor. Compartió el lecho de su camarada Pompon y le refirió sus planes. A la mañana siguiente intentó ver a Octavie sin lograrlo. Cuando la joven salió para acudir a vísperas, él se ofreció a acompañarla. Ella aceptó. Su madre los vio partir juntos y los siguió con la mirada.

A través de los campos

Jean Voillot, a quien hallaron cerca de un bosque conocido como el Tremblet, oyó un grito. Volvió la cabeza y vio a un joven que asía a una muchacha por el talle y la atraía hacia sí. La muchacha forcejeaba por zafarse. Voillot reconoció a Grassot y a Octavie. Distinguió asimismo el cañón de una pistola que asomaba del bolsillo del muchacho.

En un primer momento continuó su camino. Unos pasos más allá, Octavie lo llamó y le tendió la mano, implorándole que se la llevara consigo. Voillot dio un paso al frente. Grassot encañonó hacia él su revólver amartillado y amenazó con disparar si se aproximaba. Voillot retrocedió; vio entonces llegar a una mujer a la carrera. Esta le gritó que Octavie era su hija y reanudó la marcha.

A unos treinta metros de distancia, la madre vio cómo Grassot colocaba la pistola contra la cabeza de Octavie y abría fuego. La joven cayó boca abajo en la cuneta. Grassot se arrodilló junto a ella y descerrajó tres disparos más a quemarropa. La Gazette no disfraza esta violencia bajo el ropaje de un drama pasional recíproco: la vista judicial la examina como un asesinato precedido de advertencias. La madre alcanzó a su hija cuando esta ya agonizaba; intentó prestarle socorro mientras el hombre armado reaparecía en la linde del bosque.

Los gritos congregaron a los vecinos de las inmediaciones. Grassot fue detenido en Montigny, adonde se había refugiado, y desarmado por Chrétiennot, en cuya casa confesó el crimen. La mujer Parisot había presenciado el arma, la persecución y los disparos; Voillot había visto las amenazas y se había visto impedido de aproximarse. Ambos testimonios suministraban al tribunal una cronología cuya escena final resultaba incontestable para la defensa.

Con todo, la madre no se hallaba al borde de la zanja cuando sonó el primer estampido. La relación de los hechos la sitúa a una treintena de metros: bastante cerca para distinguir a Grassot encañonando la cabeza de Octavie, demasiado lejos para atajar el ademán. Tras los tiros, el joven se enderezó, contempló de nuevo a su víctima y desapareció en la espesura del Tremblet. Al llegar la madre junto a su hija, la muchacha apenas respiraba. La Gazette puntualiza que Grassot asomaba por momentos entre los árboles, empuñando aún el arma, y que le dirigía palabras de las que ella no conservó memoria precisa. Estas limitaciones del testimonio perviven en la crónica: vio lo sustancial, mas no escuchó cada palabra.

La deliberación sobre el dolo

Grassot alegó que el primer disparo se había escapado de forma accidental. Sostuvo a renglón seguido que había efectuado los restantes para evitar sufrimientos a Octavie. Los peritos médicos rebatieron su tesis mediante el examen de las heridas. La muchacha se había llevado las manos a la cabeza para guarecerse del primer proyectil; tal extremo confirmaba la voluntariedad del tiro. Varios de los impactos eran mortales de necesidad.

Restaba al jurado juzgar la materialidad de los hechos y la intención homicida. A la defensa le resultaba imposible desvanecer las amenazas previas referidas por los testigos, la adquisición de un revólver de mayor potencia, las advertencias proferidas tras la partida de Octavie ni el hecho de que hubiese escogido el instante preciso en que salía para el servicio divino. La acusación pública dibujaba un plan urdido con antelación a los disparos. Grassot, en cambio, pretendía aislar cada movimiento del precedente: primero el percance fortuito, luego los disparos piadosos y, al cabo, la confesión tras su prendimiento.

Los debates se prolongaron durante los días 6, 7 y 8 de marzo. Tras la lectura del auto de acusación, se tomó declaración a los testigos; el fiscal general sostuvo el cargo y los letrados Toussaint y Saintpère asumieron la defensa. La crónica judicial no reproduce el tenor de los interrogatorios, pero alinea las intimidaciones pretéritas, el arma trasladada por los campos, los disparos atestiguados por la madre y las lesiones descritas por los facultativos. La defensa escindía el primer fuego de las detonaciones posteriores; los testimonios y la pericia médica reconducían todos los actos a un mismo sendero, a un mismo revólver y a aquella joven que había alzado las manos hacia su cabeza.

El jurado halló a Grassot culpable de todos los cargos imputados, concediéndole no obstante el beneficio de las circunstancias atenuantes. La sala lo sentenció a trabajos forzados a perpetuidad. La prensa no da cuenta de apelación ni de ulterior resolución que modificara la condena. Tras la última súplica de Octavie a Voillot, la fórmula del fallo se antoja seca; constituye, con todo, el único desenlace que la crónica asigna a los debates. Nada añade sobre perdón ni arrepentimiento alguno.

Octavie se había encaminado a las vísperas junto a un hombre cuyos asedios temía su propia familia. Su madre había divisado el arma, seguido a la pareja y corrido hacia su hija; Voillot, requerido en auxilio, no pudo acercarse encañonado por la pistola. El veredicto no restituye la distancia recorrida aquel domingo, pero la Gazette preserva la última palabra de Octavie grabada en la memoria del transeúnte: «lléveme con usted». No le restó tiempo para hacerlo.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El texto sigue fielmente la crónica judicial de las audiencias de marzo de 1873 aparecida en la Gazette des Tribunaux del 23 de marzo. Discierne con pulcritud entre las declaraciones testificales, las amenazas documentadas y la resolución de la sala; esta crónica no suple la consulta del sumario original conservado en los archivos judiciales.

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