Habían reconocido al niño. Su tía lo había estrechado entre sus brazos; personas que lo habían visto de pequeño aseguraban reencontrar sus facciones; pronto toda una ciudad supo que Auguste Voyneau aún vivía. Quedaba una resistencia que a todos parecía inexplicable: su madre afirmaba que no era él. Cuanto más persistía, más monstruosa se antojaba su negativa. El niño necesitaba un nombre, la familia un hijo desaparecido y el público una madre culpable. La justicia satisfaría, en primer término, esta última expectativa.
El niño que volvió de la guerra
Louis-René-Auguste había nacido el 9 de noviembre de 1789. Tenía una hermana, Benjamine. Siendo muy pequeño, lo habían conducido junto a ella a casa de sus tías, en Fontenay-le-Comte; una caída le había dejado una cicatriz en la frente. Luego, la guerra de la Vendée dispersó los refugios y las certidumbres. En 1793, se confió a los niños a una campesina tras vestirlos con ropas rústicas. Su madre los recogió de nuevo y más tarde hubo de abandonar un nuevo retiro. Cuando reapareció con su hija, el varón ya no estaba a su lado.
Se refería que había sido confiado a Rose Seguin, una antigua doncella, y que ambos habían perecido en una matanza en febrero de 1794. Sin embargo, una desaparición en mitad de la guerra dejaba margen a otros relatos. Unos comisarios de abastos habían conducido a Nantes a tres niños hallados con vida en una Vendée devastada. La viuda Clavier había acogido a uno de ellos. Le prodigó los cuidados que demandaba un pequeño superviviente; pronto se encontraría en el centro de una contienda donde dichos cuidados servirían de argumento a ambas partes.
En agosto de 1796, Jean Martineau, apoderado de los Voyneau, vio a aquel niño en casa de la viuda y creyó reconocer a Auguste. Llevó la noticia a la madre, pero esta no manifestó la presteza que sus acusadores aguardaban. La señorita d’Orioux, tía del desaparecido, se trasladó a Nantes, reconoció a su sobrino y prometió no abandonarlo. Una tal señora Constantin, que lo había conocido en Fontenay, compartió dicho reconocimiento. Dos mujeres seguras de su memoria podían otorgar a una semejanza la fuerza de una evidencia.
La madre acudió al fin, examinó al muchacho y sostuvo su negativa. Se refirió incluso que un antiguo criado había sido reconocido y llamado espontáneamente por su nombre por el niño. Cada detalle acrecentaba la indignación. Se atribuyó a la madre un cálculo sucesorio en favor de Benjamine y, más tarde, antiguas palabras que habrían anunciado su aversión por un hijo varón. Champagnac, en su relato de 1833, advierte que tales propósitos no pudieron probarse. No obstante, tenían un cometido providencial: explicar la negativa sin necesidad de tomarla en serio.
Dos sentencias para un nacimiento
La señorita d’Orioux y la viuda Clavier unieron sus esfuerzos. Se nombró un tutor para el muchacho; el señor Voyneau permanecía emigrado. El procedimiento se promovió contra la madre, quien presentó una partida de defunción levantada en febrero de 1795. Varios vecinos daban fe en ella de la muerte de un niño llamado Auguste y de Rose Seguin. Sostenía además que el pequeño recogido en Nantes era el hijo de un molinero apellidado Pasti. Ya no se trataba únicamente de negar un parentesco: proponía una historia distinta, que era preciso comprobar a su vez.
La mujer de Pasti no reconoció al menor con demasiada seguridad. Una pariente suya se mostró más categórica. Contra sus testimonios se opuso la vacilación de la primera y la jornada que ambas habían pasado en casa de la señora de Voyneau antes de comparecer. La partida mortuoria también fue impugnada: había sido extendida con posterioridad a los hechos, fundada en declaraciones de autores que habrían conocido mal al infante. El color del cabello dio pie a debates. En esta pugna, ningún documento llegaba solo; arrastraba tras de sí las circunstancias de su confección.
El 13 de enero de 1798, el tribunal de Fontenay declaró que el muchacho era hijo de la señora de Voyneau. En Niort, tras quince sesiones de alegatos, se confirmó dicho fallo. Un niño al que la guerra había dejado sin identidad cierta entraba así en una familia en virtud de una sentencia judicial. Su presunta madre había sido oída y no había convencido. Para quienes la habían combatido, la filiación parecía por fin salvaguardada. Para ella, el fallo convertía su resistencia ya no en una cautela, sino en una falta de la que se seguiría exigiendo el móvil.
El padre reabre la causa
El regreso del padre modificó el curso del litigio. Vuelto a Francia tras la amnistía a los emigrados, impugnó las sentencias dictadas en su ausencia. Había dejado a un hijo de muy tierna edad y encontraba a un muchacho a quien la justicia había concedido su apellido. Enterado del caso por su esposa, desconoció dicho parentesco y dedujo tercería. El debate versaba a partir de entonces también sobre su derecho a someter a nuevo juicio lo que parecía definitivamente resuelto. Antes de comparar los rostros, era menester que los tribunales consintieran en franquear de nuevo la puerta.
El tribunal de Poitiers declaró inadmisible su pretensión el 23 de julio de 1806. Llevó la cuestión ante el Tribunal de Casación, que anuló dicha decisión en enero de 1809 y reenvió las partes a Orleans. El muchacho, entretanto, había crecido. El cronista lo muestra convertido en soldado, distinguido en una batalla reciente. No aporta aquí los elementos que permitirían reconstruir su carrera militar. No obstante, los años transcurridos acarreaban una consecuencia palmaria: el nombre disputado ya no era sólo el de un huérfano recogido; era aquel bajo el cual un joven comenzaba a labrarse la vida.
En Orleans, el letrado Moreau, abogado del padre, atacó los primeros reconocimientos. Denunció la influencia de las convicciones previas en los testigos y alegó que se habían inculcado al mozo las respuestas que luego se pretendía admirar. ¿Acaso las visitas a los antiguos escenarios de la infancia del pequeño Auguste podían constituir pruebas fiables si las preguntas guiaban los recuerdos? El defensor invocó asimismo los prejuicios políticos contra una familia de emigrados. Era su alegato; no bastaba para demostrar que cada persona que había auxiliado al niño hubiese tomado parte a sabiendas en un engaño.
Los recuerdos mudan de sentido
La señorita d’Orioux había cambiado ella misma de parecer. Tras haber recabado testimonios sobre el fallecimiento y la sepultura de su sobrino, retiró su reconocimiento. Semejante vuelco conmovió una cadena entera de certidumbres: criados que habían confiado en ella, terceros que habían dado crédito a tales criados, y recuerdos que se habían robustecido al transmitirse. No se trataba tan sólo de un testimonio menos. La convicción primigenia, en torno a la cual tantas otras habían germinado, dejaba de ofrecer su arrimo.
Se revisaron las descripciones fisonómicas, la ubicación de las cicatrices y las marcas de viruela. La constancia de una marca en la frente ya no bastaba; urgía verificar su emplazamiento exacto. La enfermedad también debía recuperar su fecha precisa. Anne Pasti aportó, en fin, otra escena infantil: según ella, aquel joven era su primo Grégoire, arrancado de sus brazos por un voluntario y acomodado en una carreta junto a otros dos niños. Afirmaba haberlo reconocido más tarde en casa de la viuda Clavier. Frente al relato del sobrino reencontrado se alzaba el del primo perdido en un convoy.
El 29 de junio de 1810, el tribunal de Orleans prohibió al demandante titularse hijo de los Voyneau. Ordenó borrar dicho apellido de las actas y registros donde figurase atribuido, así como restituir las sumas acreditadas y abonadas en virtud de las sentencias rescindidas. Se trataba de una resolución civil sobre el estado de filiación y sus efectos, no de una condena penal contra el joven por impostura. Había sido un niño cuando ciertos adultos lo reconocieron; la desposesión de su estado civil no facultaba para imputarle las presuntas intenciones de aquellos.
Champagnac pretendió advertir en este desenlace el triunfo indefectible del instinto materno. Los autos revelan una prueba harto más intrincada: una madre había rechazado un reconocimiento, una tía lo había aseverado para luego retractarse, otra mujer había acogido al superviviente y los tribunales se habían contradicho. El 29 de junio, un nombre debía desaparecer de los registros. Pero los años vividos al amparo de ese patronímico no eran renglones que pudiesen borrarse sin más. La familia obtenía satisfacción; aquel a quien jamás quiso acoger debía proseguir su andadura tras haber perdido, con el pleito, la identidad que otro pleito le había otorgado.
