En la mañana del 22 de diciembre de 1872, el cadáver de José Asla fue descubierto en los fosos del castillo de Nantes. Las aguas del Loira se habían desbordado en el lugar. Los bolsillos de sus ropas estaban vueltos del revés. El examen forense reveló dieciséis heridas en la cabeza, algunas de ellas mortales de necesidad. Los facultativos concluyeron, no obstante, que tales lesiones no habían provocado su muerte: Asla había sido arrojado vivo al agua y sucumbió a una asfixia por sumersión. Restaba desentrañar quién lo había conducido hasta allí.
La víspera por la noche, Asla, refugiado español a quien la crónica denomina también el comandante, había abandonado la vivienda de un compatriota para dirigirse a la estación. Confiaba en encontrarse allí con su hijo, que debía llegar en el tren de Burdeos. Tres hombres lo siguieron a distancia prudencial hasta la estación y se apostaron para vigilar su regreso. Tras un cuarto de hora, lo vieron volver solo. Yturmendi dio un paso al frente y le preguntó si su hijo había llegado; al instante, le asestó un feroz golpe de vara en el cráneo. En el juicio celebrado en Nantes, los reos alegaron una motivación política: Asla habría traicionado a los carlistas en España. La crónica judicial retuvo más bien el robo como verdadero móvil y detalló el reloj codiciado. El jurado condenó a los tres hombres a penas desiguales: la muerte para Yturmendi, trabajos forzados a perpetuidad para Lauriano y diez años de idéntica condena para Bilbao.
Siluetas bajo la lluvia
Los primeros indicios no surgieron de una confesión, sino de la propia calle. En la noche del 21 de diciembre, varios testigos habían reparado en un grupo inmóvil en la calle Basse-du-Château. Pese a la lluvia constante, aquellos hombres parecían aguardar. Varios lucían boina, a la usanza de los refugiados españoles de Nantes. Las sospechas no tardaron en recaer sobre Lauriano e Yturmendi. Durante las exequias de Asla, a este último lo asaltó un temblor inocultable que advirtieron los presentes.
Los tres procesados —Lauriano San Vicente, Yturmendi y Salvador Bilbao— eran refugiados carlistas confinados en Nantes. Conocían a Asla y habían compartido tertulias con él. El sumario no los presentaba, por tanto, como advenedizos de paso para perpetrar una fechoría: convivían en las mismas redes del exilio, donde las noticias, los rencores y las viandas se compartían entre compatriotas.
Pedro González, uno de sus compañeros de cuarto, decidió romper el silencio. Acudió a casa de Cardozo de Bethencourt, comerciante español afincado en Nantes, para revelarle que conocía a los asesinos del comandante. La crónica sitúa este paso en una cronología incompatible con la del homicidio, que ubica en la noche del 21 al 22; por consiguiente, la fecha de dicho testimonio no puede darse por segura. González aportó precisiones que la instrucción pudo verificar con posterioridad. Conforme a su declaración, en la noche del 21, Lauriano regresó hacia las diez y media a la habitación de la calle de la Juiverie. Cinco compatriotas yacían ya acostados, entre ellos González, Yturmendi y Bilbao.
Lauriano se aproximó a un camastro y le pidió a Yturmendi que se levantara para acudir a la estación. «¿Es por el asunto?», preguntó este. Lauriano asintió. Yturmendi despertó entonces a Bilbao, invitándolo a dar un paseo. Haría falta un leño, advirtió. Tomó un madero junto al fogón y los tres individuos salieron a la noche.
A las once y media estaban de vuelta. Yturmendi, hondamente turbado, le dijo a Lauriano que iba a lavarse el rostro y las manos, cubiertos de sangre, y que pensaba deshacerse de su blusa, de una bolsa y de una leontina de reloj. Hablaron luego con los demás ocupantes del aposento, quienes fingían despertar. Lauriano e Yturmendi les anunciaron que acababan de dar muerte a Asla para librarlos de un hombre «capaz de todo». Amenazaron con idéntica suerte a cualquiera que osara hablar.
Una emboscada y un robo
El cadáver de Asla apareció a la mañana siguiente en el fondo del foso. El informe médico apreció dieciséis traumatismos craneales, varios de ellos letales, pero determinó que no habían sido la causa determinante de la muerte: arrojado aún con vida a las aguas, Asla pereció por asfixia por inmersión. Las ropas revueltas atestiguaban que el homicidio había ido acompañado del despojo de sus bienes. Densos regueros de sangre tiñeron la calleja que bordeaba el foso y el pretil de piedra.
Los tres hombres intentaron negar los hechos en un primer momento. Después, según la prensa de la época, admitieron haber cooperado en el crimen, procurando cada cual descargar sobre los otros dos la porción más grave de la culpa. El trozo de madera hallado en la cava presentaba manchas hemáticas, si bien los médicos dictaminaron que no bastaba para justificar la totalidad de las lesiones; era forzoso presumir el empleo de un arma blanca. Asimismo, se detectó sangre en las prendas de Yturmendi. Los indicios materiales no bastaban por sí solos para dirimir quién había asestado cada golpe, pero corroboraban sin duda una agresión perpetrada por varias manos.
El paraje elegido resultaba propicio para una celada. La calzada se estrechaba entre un terraplén y la calle Prémion; el parapeto del foso y el muro de la escalinata de la Duquesa Ana brindaban recovecos donde ocultarse a la vista. La partida había aguardado cerca de la casa de Orgaz y seguido después a Asla hasta la estación. Apostados a la espera de su regreso, lo vieron volver en solitario al cabo de un cuarto de hora. Lo que la ciudad había vislumbrado al principio como meras siluetas bajo la llovizna adquirió en el estrado la gravedad de una emboscada premeditada.
La crónica judicial señala que Lauriano había pasado la velada en casa de Orgaz, en compañía de Asla. Solo él, entre los tres conjurados, sabía que el comandante acudiría a la estación al paso del convoy de Burdeos. Los agresores sabían que Asla portaba un reloj y presumían que llevaba consigo una suma considerable. Durante el asalto, Lauriano se apoderó de dicho reloj, de una bolsa y de un portamonedas. La reseña añade que el reloj fue escondido sucesivamente por los encausados, sin que lograra recuperarse jamás. Se hace constar, por separado, que en el alojamiento se incautó otro reloj sustraído a un desconocido. Yturmendi, según la Gazette, contaba ya con antecedentes por un robo similar cometido en Port-Saint-Père.
La traición invocada
Durante la vista oral, Lauriano procuró convencer al tribunal de que el ataque obedecía a una venganza política. Alegó que Asla había traicionado la causa carlista en España y que su intención no había sido otra que castigarlo. La crónica apunta que los hechos imputados a la víctima carecían de fundamento y que las primeras manifestaciones del propio reo desmentían tal versión. El móvil del lucro aparece así como la verdadera causa que empujó a los procesados a segar la vida de un hombre a quien no profesaban odio personal alguno y que gozaba de la estima general de sus compatriotas.
Conviene deslindar con pulcritud ambos registros. El alegato de la traición pertenecía a la estrategia defensiva de Lauriano; la codicia y la celada quedaron acreditadas por los testimonios, los efectos incautados y las confesiones recogidas por el periódico. El acta de la Gazette no constituye el sumario íntegro ni la transcripción literal de los alegatos de los letrados. Ofrece, sin embargo, una relación pormenorizada de los cargos y las penas, así como los hechos capitales que el cronista judicial da por probados.
Los tres individuos habían concertado la espera y aguardado el instante preciso en que Asla regresara a solas de la estación. La presencia del reloj convierte el expediente en un homicidio para consumar un robo, mas el relato de González trasluce otra verdad: en la estrechez del cuarto, antes de salir, bastó una sola palabra para que los otros dos comprendieran que la noche tomaba un rumbo sellado de antemano. Yturmendi interroga; Lauriano responde; Bilbao es despertado. El grupo parte armado de un madero. Al volver, es preciso limpiar el agua y la sangre, ocultar el botín y silenciar a los compañeros de habitación.
Tres sentencias
La audiencia provincial de Loira Inferior juzgó a los tres hombres. La crónica refiere que los debates ratificaron plenamente las acusaciones. El jurado proclamó su culpabilidad y el tribunal dictó tres penas de muy diversa gravedad: Yturmendi fue condenado a la última pena; Lauriano, a trabajos forzados a perpetuidad; Bilbao, a diez años de igual condena. La Gazette anunció que la ejecución pública de Yturmendi tendría lugar en una de las plazas de Nantes. Los autos conservados no permiten certificar si llegó a verificarse sobre el cadalso ni en qué fecha precisa.
El tribunal no podía devolver la vida de José Asla a su hijo. Pudo, eso sí, confrontar a los acusados con el testimonio de González y las huellas materiales del crimen, deslindando las responsabilidades de cada cual en el fallo. Lauriano esgrimió razones de Estado y venganzas facciosas; las pruebas condujeron sin vacilación a declarar el robo como único resorte del delito. El veredicto no juzgaba las convulsiones de las guerras carlistas, sino a tres hombres convictos de un crimen cobarde.
Al borde de los fosos, el reloj de Asla se desvaneció junto al resto de sus pertenencias. La crónica judicial lo señala como la razón primordial por la que eligieron a su víctima, en tanto que otra pieza de orfebrería, arrebatada a un anónimo, fue hallada entre sus petates. La Gazette concluye su relato con las sentencias, no con los andenes. Asla había acudido a la estación a abrazar a su hijo; su cuerpo inerte yacía en el agua pocas horas después.
