El 26 de noviembre de 1809, hacia las cuatro de la tarde, una pareja se presentó en la posada de postas de Maitingen, cerca de Augsburgo. Joseph Antonini y su esposa Theresa vestían el uniforme de los postillones del ejército francés. Con ellos viajaba Dorothea Blankenfeld, una joven que debía reunirse en Viena con un oficial francés con quien iba a contraer matrimonio. Un muchacho, Carl Marschall, hermano de Theresa, se les había unido. El libro de Anselm von Feuerbach, antiguo magistrado bávaro, relata su detención, la instrucción judicial y las versiones sucesivas ofrecidas por los acusados, apoyándose ante todo en las confesiones del muchacho.
La hoja de ruta francesa consignaba tres nombres: Antoine, Schulz y Blankenfeld. Carl había adoptado al principio el apellido de Schulz; a lo largo del trayecto, las identidades mudaron de nuevo, viajando Theresa con ropas masculinas mientras Carl se hacía pasar por criado. Ella había partido de Danzig provista de recomendaciones y con un destino preciso. En sus corpiños, conforme a las declaraciones recogidas por Feuerbach, llevaba cosidos dos mil táleros. El matrimonio carecía de fondos para alcanzar Mesina; esta disparidad de fortuna habría de determinar el curso del viaje.
A estar de la instrucción sumarial, la idea de matar a Blankenfeld surgió pocas etapas después de haber dejado Dresde. El relato de Carl atribuye a Antonini y a Theresa la determinación de despojar a su compañera de ruta y, en consecuencia, su implicación en la trama. Probaron diversos ardides sin llegar a consumar el acto. En Hof, Antonini propuso asfixiarla con el humo de una estufa; Theresa juzgó incierto el procedimiento. En una posta situada probablemente en Berneck, concibieron la idea de matar a la viajera y sepultar el cadáver en el bosque contiguo, mas el posadero había visto llegar a dos mujeres, y una sola ausencia al momento de la partida habría despertado sospechas.
En Baireuth reapareció la idea del humo: Antonini propuso cebar la estufa con paja húmeda. Theresa temía que Blankenfeld despertara y abriera la ventana. Hablaron entonces de asestarle un golpe con una estaca e instaron a Carl a procurarse una. En una aldea entre Baireuth y Núremberg, vertieron opio en un brebaje llamado negus y aprovecharon el sopor de Blankenfeld para registrar sus baúles. Hallaron ropa blanca, vestidos y algunas alhajas, mas no el dinero que codiciaban. Los táleros cosidos en sus corpiños permanecieron ocultos.
En Núremberg, la presencia de un centinela de guardia junto a la posada les hizo considerar que cualquier tentativa resultaba en extremo arriesgada. En Roth, Theresa descubrió en un desván un pico de tres puntas, que Carl escondió en la alcoba. Buscaron asimismo dónde hacer desaparecer los restos: el uno pensó en una fosa en un sembrado, el otro en una balsa. Llegaron carreteros al mesón; una vez más, la concurrencia de testigos obligó a diferir el designio. Pasaron luego dos noches en Weissenburg y Donauwörth sin dar con la coyuntura apetecida.
Antes de arribar a Maitingen, Antonini intentó averiguar si Blankenfeld portaba otros caudales de valor. Le habló de los insurrectos tiroleses y de las violencias que, según sostenía, cometían para alzarse con el menor botín. Amedrentada, ella se llevó la mano al pecho y manifestó que entregaría de buen grado cuanto allí escondía con tal de que le perdonaran la vida. Aquellas palabras, tal como las consigna la fuente, revelaron a los viajeros que el dinero lo llevaba sobre sí. En la posada, resolvieron pasar a la acción.
Carl encontró un pesado madero cilíndrico de unas cuatro libras y lo escondió en la habitación de los Antonini. Recibió luego la orden de cavar un hoyo en el muladar, sin lograrlo. Antonini compró velas y aguardiente. Tras la cena, mezcló láudano en la bebida de Blankenfeld; hacia las ocho, ella se retiró a su cuarto, aturdida, y dejó abierta la puerta que comunicaba con la del matrimonio. Ellos dispusieron agua caliente bajo el pretexto de un baño de pies y echaron el cerrojo a la puerta exterior.
Carl entró hacia la medianoche para comprobar la postura de la durmiente. Tenía el rostro vuelto hacia la pared. Los tres aguardaron. Intentaron luego fundir una cuchara de metal para verter el líquido en sus oídos o en sus ojos; una gota caída sobre la sábana apenas si llegó a chamuscarla, y desecharon el método. Hacia las cuatro, Carl regresó a la pieza. Blankenfeld dormía boca arriba, con la cabeza orientada hacia él. Antonini le indicó que había llegado el momento.
Carl alzó el madero, vaciló y retrocedió. Según su testimonio, Antonini asió entonces la mano que empuñaba el arma y dirigió el primer golpe. Blankenfeld despertó gritando que le dolía la cabeza. Antonini la sujetó por los hombros, Theresa por los pies; la joven ofreció entonces todos sus bienes a cambio de la vida. Carl arrojó el instrumento y probó a escapar. Theresa lo devolvió a la habitación y le puso de nuevo el madero en las manos. El golpe siguiente alcanzó la frente de Antonini tanto como a Blankenfeld; Carl soltó otra vez el arma. La viajera se precipitó hacia la puerta, pero Antonini la alcanzó y prosiguió golpeándola hasta que cayó derribada. Se apoderó enseguida del dinero cosido en sus ropas. Feuerbach refiere que, al oírla respirar aún, Antonini se encaramó sobre ella y la pisoteó hasta causarle la muerte.
Metieron el cadáver en un saco y lo envolvieron en una manta. Theresa limpió las manchas que pudo y trocó su atavío de postillón por las vestiduras de Blankenfeld. Al romper el día, Carl bajó cubriéndose el semblante; dijo al postillón de la casa que su cuñado lo había golpeado. Antonini mandó luego encender un buen fuego en la estufa del piso superior. El mozo de cuadra advirtió sangre en su mano, pero creyó que había hecho sangrar a su joven pariente. La partida, anunciada para las cinco, no se verificó hasta pasadas las nueve. Un bulto voluminoso fue cargado en el carruaje.
Las gentes de la posada advirtieron que la joven que viajaba con ellos no subía al coche. Inspeccionaron las estancias y vieron la sangre en el suelo, la pared y el lecho. Se dio parte a las autoridades; el carruaje, que apenas acababa de abandonar la posada cuando se descubrieron los rastros, fue perseguido y alcanzado a las puertas de Augsburgo. El fardo, atado ya a la zaga del vehículo, contenía el cadáver de Blankenfeld. Carl reconoció su participación y acusó a Antonini. El matrimonio lo negó de inicio, sosteniendo que el muchacho había obrado solo y que ellos se habían limitado a ocultar el homicidio.
Las versiones mudaron a lo largo de los interrogatorios. Carl narró los preparativos y el golpe asestado. Theresa acabó por confesar una parte de los hechos tras ser confrontada con su hermano, si bien negó ciertos extremos. Antonini ofreció varias declaraciones incompatibles, para admitir luego haber golpeado a Blankenfeld tras el embate inicial de Carl. Aseveró que no había tenido intención de matarla y que en un principio ignoraba la existencia del dinero cosido a sus ropas. El tribunal de Núremberg condenó a Joseph Antonini y a Maria Theresa a morir por la espada; Carl Franz Ludwig Marschall, aún menor de edad, recibió diez años de trabajos forzados. Antonini falleció en presidio antes de la ejecución de la sentencia. Su esposa fue ejecutada.
Carl no había cumplido los quince años en el momento de los hechos. Sus padres, interrogados acerca de su índole, lo describieron como un muchacho dócil; Theresa, por el contrario, fue retratada por ellos como rebelde y de trato dificultoso. El padre de ambos escribió a los magistrados de Augsburgo para implorar clemencia, pero su misiva suplicaba únicamente por la vida de su hijo.
