En la noche del lunes 16 de agosto de 1830, hacia la medianoche y media, Long, agente con placa número 43 de la división G, realizaba su ronda por Gray’s Inn Lane. Advirtió la presencia de tres hombres que merodeaban por su demarcación, lo que le hizo sospechar un intento de robo con allanamiento. Antes de iniciar el seguimiento, participó sus recelos a Newton, homólogo de una demarcación contigua; acto seguido, no perdió de vista a los individuos mientras estos se dirigían hacia el camposanto de la parroquia de San Andrés, a espaldas de Mecklenburgh Square.
Permanecieron dentro de su sector, se detuvieron allí y conversaron durante algunos instantes. Long consideró llegado el momento de advertirles que vigilaba sus designios y frustraría sus planes; se adelantó y les intimó a dispersarse. Dos de ellos le sujetaron por el brazo; el tercero le asestó una puñalada directa al corazón. La herida fue tan profunda que el homicida no logró extraer la hoja: al tirar con violencia, desprendió el mango, tras lo cual los tres maleantes se dieron a la fuga.
Varios testigos presenciaron la agresión y acudieron presurosos hacia Long, quien yacía desplomado en el fango, tras haber alcanzado a gritar que era hombre muerto. Uno de los presentes le acomodó la cabeza sobre las rodillas, mas el agente expiró en ese mismo instante. Newton, que se había lanzado en pos de los fugitivos tras escuchar las sospechas de su camarada, dio alcance y arrestó a uno de ellos tras una larga carrera: el individuo se hallaba sumamente alterado y dijo llamarse John Smith. Otras dos personas fueron demoradas en un primer momento, pero se las puso en libertad al comprobarse que no habían tenido parte alguna en el crimen.
La Policía Metropolitana apenas acababa de entrar en funciones cuando sobrevino la muerte del agente Long. Hacía años que la precariedad de las patrullas diurnas de Bow Street y la manifiesta flaqueza de los serenos nocturnos venían suscitando encendidos debates públicos y pesquisas parlamentarias. Un semanario de gran difusión, Bell’s Life in London, había abogado con fervor por una reorganización general. Robert Peel, secretario de Estado para el Interior, propuso en 1829 una reforma de mayor alcance: Londres debía erigirse en el núcleo de una vasta red policial comunicada con las principales urbes del reino, mientras que, en el seno de la capital, las distintas divisiones reportarían a una comisión central. A juicio de Pelham, tales directrices concitaron una adhesión casi unánime en el Parlamento. No obstante, Peel convino en que la implantación de una policía rural a escala nacional requeriría tiempo; por ende, la primera medida consistió en dotar a la metrópoli de un cuerpo inmediato. Sus demarcaciones quedaron bajo la tutela de superintendentes, inspectores, sargentos y agentes, sujetos al deber de mantener comunicaciones regulares, tanto de día como de noche. Los nuevos uniformados iniciaron sus rondas el martes 29 de septiembre de 1829. Su indumentaria y su marcial disciplina, percibidas por amplios sectores como militarescas, despertaron un hondo encono; Pelham da cuenta de ultrajes y acometidas contra el cuerpo, amén de corruptelas aisladas que sirvieron de pábulo al descrédito. El cronista estima que el intachable proceder de la mayoría de los agentes y la evidente mejora del orden público terminaron por granjearles una reputación bien distinta; el modelo acabaría extendiéndose a las grandes ciudades y a las cuencas fabriles. Long, quien antaño había servido como sereno, pertenecía a una de aquellas divisiones. La crónica sugiere un posible vínculo entre el asesinato y la aversión general hacia la policía, mas ninguna de las declaraciones recogidas esclarece el móvil cierto de los homicidas.
A escasa distancia del escenario del crimen se hallaron diversas herramientas de fractura abandonadas por los prófugos. El mango del puñal yacía sobre el camino, a un centenar de pasos del cementerio. Tales enseres arrojaban indicios sobre las intenciones de la partida, mas no bastaban para señalar a la mano que asestó la herida mortal. El reo fue sometido a repetidos interrogatorios ante los magistrados de Hatton Garden. En ellos, varios testigos identificaron de manera categórica a Smith como el autor del golpe fatal; sus testimonios no se limitaron a relatar la persecución o el arresto, sino que el reconocimiento expreso del ademán homicida inclinó la balanza en su contra. La crónica señala que Sapwell negó el asesinato durante todo su encierro y guardó hermético silencio sobre su oficio y sus allegados; su verdadera identidad, empero, saldría a relucir con la apertura formal del juicio.
Apenas buscaba el recluso el trato de sus compañeros de prisión. La causa se ventiló en Old Bailey el viernes 17 de septiembre. Durante la vista, la filiación de Smith cedió el paso a la de William Sapwell, tahonero de oficio. Sostuvo con firmeza su inocencia, mas las deposiciones, calificadas por Pelham de concluyentes, persuadieron al jurado, que emitió un veredicto de culpabilidad. La sentencia fatal debía ejecutarse el lunes inmediato.
Al día siguiente de la condena, su esposa acudió a visitarle en compañía de sus seis vástagos. Tanto ante los suyos como ante los carceleros, Sapwell reiteró que se le condenaba sin culpa. Alegó haber pasado la velada en los Bedford Tea-Gardens, en Camden Town; al regresar a su hogar, dijo haber oído gritos de «¡Al ladrón!», sumándose entonces al acoso de cuatro hombres a la carrera. Tal era la razón que esgrimía para justificar su detención; una versión estrictamente propia, desprovista de confirmación independiente en las páginas de la crónica.
El reverendo Cotton, capellán del presidio, le prodigó exhortaciones espirituales y obtuvo de él, según Pelham, cierta deferencia; con todo, Sapwell rehusó tomar la comunión. El domingo recibió la visita del sheriff Ward, a quien confió que habría puesto fin a sus días de habérsele presentado la ocasión; sostuvo asimismo que ciertos hombres se hallaban legitimados para abreviar su existencia cuando esta devenía insoportable, amparándose en los ejemplos de sir Samuel Romilly y el señor Whitbread. A lo largo del sábado y del domingo redactó varios escritos donde reiteraba su versión de la persecución; Pelham los describe como memoriales plagados de faltas e inconexos, incapaces de ofrecer otra justificación a su presencia en las inmediaciones del cementerio.
En la mañana del 20 de septiembre, Sapwell departió nuevamente con el sheriff. Protestó una vez más no haber dado muerte a Long y se representó a sí mismo, en un imaginario coloquio con el Creador, personándose ante las puertas celestiales antes de su hora: incapaz de explicar las razones de tan temprana llegada, confiaba en que Dios no le negaría la entrada. Solicitó tan solo que el acto en el cadalso fuese tan breve como conviniera. La crónica no consigna confesión alguna ni asomo de culpa: hasta su postrer amanecer, mantuvo su inocencia.
Fue conducido al patíbulo a la hora de costumbre, tras lo cual su cadáver fue entregado a los administradores del Hospital de San Jorge para su pública disección. Long, a quien Pelham retrata como varón de conducta ejemplar, dejaba desamparados a su esposa y a varios hijos; una suscripción pública se abrió poco después para acudir en su socorro. En este testimonio donde el ajusticiado clamó justicia hasta el último aliento, la víctima no fue solo el celador caído en mitad de su ronda: su muerte privó para siempre a una familia de su arrimo y sostén.
