En Tyburn, John Hewlet pidió un libro de oraciones de los que se utilizaban en la carreta, lo besó como se hace al prestar juramento y luego se volvió hacia la multitud para afirmar, como hombre a punto de morir, que jamás había golpeado a Joseph Candy. Aquella declaración no revocó el veredicto pronunciado poco antes. El 26 de diciembre de 1724, un jurado lo había declarado culpable sobre la base de testigos presenciales. Hewlet había opuesto a sus declaraciones firmes protestas de inocencia y el desmentido categórico del hecho. Desde las primeras líneas, el cronista presenta el caso como una de esas historias en las que los relatos contrarios parecen tener el mismo peso. En Tyburn, el veredicto se mantenía, pero Hewlet reiteraba su negativa.
Hewlet había nacido en Warwickshire, hijo de Richard, carnicero. No realizó su aprendizaje con su padre, sino que aprendió el mismo oficio en Leicester. Personas malintencionadas, refiere el cronista, pretendían que aquel oficio le había inculcado un carácter sanguinario. Esta acusación acompañaba el relato de sus comienzos. Hewlet no permaneció hasta el término de su aprendizaje. Joven robusto, abrigó la esperanza de obtener algún ascenso en el ejército y se alistó en el Primer Regimiento de la Guardia, bajo el reinado de Guillermo III.
La guerra no tardó en granjearle la reputación de soldado valeroso, pero rudo y cruel. Sus oficiales se apoyaban en él sin llegar a apreciarlo, según la crónica. Trató con un cabo llamado Blunt, descrito como un hombre que no hallaba gusto alguno ni en la seguridad ni lejos del peligro. En el sitio de Namur, ambos se hallaban en las trincheras cuando los franceses ejecutaron una violenta salida y fueron rechazados tras cuantiosas pérdidas. En la confusión del combate, los perseguidores se establecieron en una obra exterior y estuvieron a punto de tomar otra; el terreno quedó expuesto al fuego. Un joven cadete del regimiento de Blunt había caído muerto.
Blunt hizo observar a su coronel que el cadete llevaba diecinueve pistolas y que sería lamentable que los franceses se apoderasen de ellas. Solicitó autorización para ir a recoger el dinero. El coronel le advirtió de que el lugar continuaba batido por el fuego enemigo y que quienquiera que se aventurase se exponía a ser alcanzado; añadió que allí yacían varios cadáveres y que resultaría difícil identificar el debido. Blunt respondió que reconocería al joven por otra seña si el rostro no bastaba. El coronel acabó por dejarlo marchar. Blunt cruzó la zona bajo el fuego, examinó varios cuerpos, reconoció el del cadete y trajo consigo las monedas. Había arriesgado la vida por recuperar las diecinueve pistolas.
Aquella acción, dice la crónica, espoleó la emulación de Hewlet. Quiso llevar a cabo algo que estuviese a su altura. Una ocasión se presentó durante los trabajos en una mina excavada bajo un bastión enemigo. El ingeniero encargado de prender la reguera de pólvora había bebido en exceso la víspera y se equivocó en una hora; colocó la mecha demasiado pronto, mientras los zapadores aún continuaban la labor de la mina. Un centinela salió gritando que la explosión debía aguardar al mediodía, pues una veintena de hombres se hallaban bajo tierra y corrían el riesgo de perecer. Hewlet entró espada en mano y cortó la reguera de pólvora justo antes de que el fuego alcanzase los barriles. Salvó así a los zapadores expuestos a la deflagración. La crónica lo muestra acometiendo el peligro que se había prometido arrostrar tras la bravata de Blunt.
En la batalla de Landau, Hewlet recibió en la cabeza un culatazo de mosquete. El cráneo se le abrió y se le practicó una operación que el cronista denomina trepanación. Tras aquel tratamiento, afirma, Hewlet jamás recobró plenamente sus facultades anteriores y, en cuanto bebía, caía en una cólera rayana en la locura. De este modo vincula la crónica la herida de Landau con los desórdenes que le atribuye tras su regreso a Inglaterra.
Tras la paz de Ryswick, Hewlet regresó a Inglaterra. Entró al servicio de un caballero y contrajo matrimonio. Su esposa y él tuvieron nueve hijos; el cronista añade que todos ellos habían muerto antes de que el padre conociera su trágico fin. Ocupaba después un puesto de sereno; la crónica lo sitúa en dicho cargo en el momento en que Joseph Candy fue muerto.
Candy murió de un golpe que le causó una herida mortal en la cabeza, y Hewlet fue acusado de habérselo propinado con su bastón de vigilante. Los testigos presenciales declararon en el juicio. El 26 de diciembre de 1724, los jurados declararon a Hewlet culpable de haber descargado con su bastón el golpe mortal en la cabeza de Candy. Hewlet no opuso a tales declaraciones más que la reiteración de su inocencia y el desmentido de haber golpeado a la víctima.
Tras su condena, Hewlet fue conducido a la celda de los condenados a muerte. En lugar de mostrar la penitencia que el cronista aguardaba, clamaba contra los testigos, los tachaba de perjuros e invocaba sobre ellos el juicio de Dios. Deseaba que, tras su muerte, su espectro acudiera a aterrorizarlos hasta la tumba. Cuando se le hizo notar que semejantes palabras cuadraban mal con un hombre que se preparaba a comparecer ante Dios, no mudó de tono.
A medida que la muerte se aproximaba, la crónica no lo muestra amedrentado ante la idea de abandonar la vida. Parecía lamentar únicamente dejar a su esposa y a unos pocos viejos conocidos de Warwickshire. Pidió recibir el sacramento y afirmó que se prepararía lo mejor que supiese. Así, las oraciones con que deseaba acompañar sus últimos días coexistían con su cólera contra los testigos. El día de la ejecución, Hewlet conservó la compostura mostrada durante su encierro, sin añadir confesión ni retractación alguna. En Tyburn, protestó de nuevo su inocencia ante los allí congregados.
Vino después el ademán con el libro de oraciones. Hewlet lo besó como si jurase sobre él y repitió que jamás había descargado golpe alguno sobre Candy. Murió en Tyburn, a edad avanzada. Muchos años mediaban entre el soldado que había cortado la reguera de pólvora y el sereno acusado de golpear a Candy. El valor del primero no podía zanjar la inocencia del segundo, del mismo modo que su reputación de brutalidad no explicaba por sí sola el golpe asestado. Ante la multitud, Hewlet había preferido repetir el mismo hecho, sin rodeos: negaba haber golpeado a aquel hombre. Su juramento permanecía frente al veredicto dictado a partir de testimonios presenciales.
