En Dumfries, un carcelero fue derribado de una pedrada durante una tentativa de fuga. David Haggart se apoderó de la llave de la puerta exterior y huyó. Horas más tarde, oculto en un pajar, supo que Thomas Morrin había muerto. Durante los meses siguientes recorrió Escocia e Irlanda bajo diversas identidades; cuando al fin fue reconocido, lo condujeron de vuelta a Dumfries para responder por aquel golpe.
Haggart había nacido cerca de Edimburgo el 24 de junio de 1801. Su padre era guardabosques al servicio de un acaudalado hacendado. El muchacho comenzó hurtando un gallo enano a un vecino; a los dieciséis años, según la crónica de Pelham, ya andaba por los caminos junto a M’Guire, un joven carterista irlandés. En el hipódromo intentó por vez primera desvalijar a un apostador a plena luz del día. Tiró con tal brusquedad de su faltriquera que la arrancó con el dinero dentro. El propietario se volvió en redondo, mas Haggart ya había pasado el botín a su cómplice. La ganancia ascendió a once libras.
Ambos jóvenes frecuentaron en adelante las ferias y las carreras del norte de Inglaterra y de Escocia. En Newcastle se alojaron en casa de una viuda que los tenía por viajeros respetables. Haggart se hacía llamar Wilson; su compinche, Arkinson. Compartían la mesa con las tres hijas de su hospedera y luego las acompañaban al teatro. Ocurría con frecuencia que uno de ellos permanecía junto a las jóvenes damas mientras el otro se deslizaba entre el gentío en busca de un bolsillo que vaciar.
En enero de 1818, de camino a la feria de Durham, forzaron una ventana para allanar una casa aislada. El dueño opuso resistencia; lo golpearon, le ataron las manos y los pies, y le amordazaron la boca con un pañuelo. Los demás moradores, mujeres todas, quedaron presas del pánico, incapaces de intervenir. Los ladrones se llevaron unas treinta libras. Arrestado al día siguiente en Durham, Haggart se había mudado de ropa y el hombre asaltado no pudo reconocerlo en un primer momento. Fue puesto en libertad. Dos o tres días después, él y M’Guire fueron apresados vistiendo las mismas prendas que llevaban durante el allanamiento.
Declarado culpable, aguardaba todavía la sentencia cuando comenzó a planear la evasión. Con M’Guire y otros reclusos, acometió la pared de su celda y ganó el pasadizo trasero, pero el carcelero apareció de improviso. Lo maniataron y le quitaron las llaves. En el patio, varios presos treparon por el muro; M’Guire y otro hombre cayeron y fueron capturados. Haggart, por su parte, logró escapar. Regresó a Newcastle y luego volvió hacia Durham en compañía de un sujeto de Yorkshire para ayudar a M’Guire a salir. Dos agentes les dieron alcance en el camino. Haggart disparó contra uno de ellos, que se desplomó; continuó la huida sin saber si lo había matado. Más tarde, una escala de cuerda le permitió salvar el muro de la prisión y deslizar una pequeña sierra a M’Guire, quien cortó los barrotes de su ventana.
Separado de su camarada tras la detención de este en Kelso, Haggart regresó a Newcastle y luego a Edimburgo. Una grave enfermedad lo retuvo un tiempo en el hogar paterno, pero fue detenido a causa de un robo perpetrado con anterioridad en una tienda. A su salida, reanudó las fechorías con un antiguo compañero de prisión llamado Graham. Robó el hatillo de un buhonero y varias piezas de lienzo, asumió el papel de mercader ambulante y vendió las mercancías por los caminos. El 1 de marzo de 1820 fue detenido en Leith con un cómplice apodado Forest.
El 27 de marzo preparó una nueva fuga. Con una lima cortó los grilletes de sus piernas, forzó la puerta de la celda y socavó con paciencia un grueso muro de piedra. Trabajó hasta la medianoche, reanudó la labor en la pared exterior y mandó llamar a Forest en su ayuda. Despertó asimismo a un preso por deudas, quien le ayudó a romper la cadena de las esposas. Pocos minutos antes de las cinco de la mañana, había retirado bastantes piedras para salir. Al ver a un hombre que se aproximaba por la escalera, creyó al principio que se trataba de un oficial; el desconocido le gritó que corriera, asegurándole que no lo detendría. Haggart aguardó, no obstante, a que Forest saliera, lo asió de la mano y lo arrastró consigo.
En Dumfries, Haggart coincidió de nuevo con M’Guire, que fue sentenciado a catorce años de deportación penal. La crónica lo sitúa poco después en la cárcel de Dumfries, donde otros presidiarios le propusieron una fuga colectiva. Laurie quería noquear al carcelero; Haggart juzgaba en un principio superflua la violencia, pues confiaba en asegurar su propia salvación por otros medios. Un reo condenado a muerte, M’Grory, insistió tenazmente; Haggart acabó aceptando reducir al vigilante principal, Thomas Morrin, y apoderarse de sus llaves. El carcelero Hunter se había marchado a las carreras. La partida hizo llamar a Morrin con un pretexto falso. Haggart surgió de improviso y le descargó un fuerte golpe con una gruesa piedra, haciéndolo rodar por la escalera; acto seguido, le arrebató la llave de la puerta exterior.
Dunbar recogió la piedra mientras Simpson sujetaba a Morrin por los hombros y le golpeaba la espalda contra los peldaños; Haggart pasó por delante de ellos, atravesó el patio y abrió el portón. Haggart huyó solo; Dunbar se le unió afuera. En el momento en que se presentó un oficial, ambos fugitivos se dieron la vuelta, pero Dunbar fue capturado. Haggart cubrió cerca de diez millas en menos de una hora. Se despojó de su abrigo, saltó un seto y atravesó un campo donde unos labriegos arrancaban patatas; estos se sumaron a la persecución. Alcanzó el bosque de Cumlangan y se ocultó junto a la linde. Cuando la partida de caza pasó de largo, ganó Annan y durmió entre la paja de una parva. Las palabras de una mujer que conversaba con un muchacho le revelaron que Morrin había expirado.
Prosiguió la fuga, se disfrazó con las ropas de un espantapájaros y acabó por regresar a Edimburgo. Se dejaba ver poco y mudaba de ruta en cuanto recelaba haber sido reconocido. En Belfast, Robert Platt, quien había compartido encierro con él en Dumfries, lo señaló como el asesino prófugo. Haggart impostó un acento irlandés y aseguró haber nacido en el condado de Armagh. Los magistrados lo pusieron bajo la custodia de dos «yeomen»; Haggart los emborrachó, aprovechó un descuido y saltó por una ventana.
En Dublín se asoció con un carterista llamado O’Brien. En el muelle advirtió a un hombre de gastado gabán que acababa de ofrecer dieciocho guineas por un caballo. Palpando a tientas, Haggart descubrió una bolsa en la faltriquera rasgada del abrigo y se hizo con noventa y cinco guineas de oro, además de varios billetes. En los días siguientes, ambos granujas levantaron cincuenta y cuatro libras a la entrada de un teatro, mudaron de atuendo y partieron en carruaje con dos mujeres. Su gira de un mes a través de varios condados les costó más de ciento noventa libras. De regreso en Dublín, casi sin un céntimo, Haggart reanudó la marcha a pie.
Su último arresto sobrevino tras un hurto en una feria cerca de Downpatrick. En el juicio fue condenado a siete años de deportación. Al regresar de la vista, se reconoció en él al fugitivo de Belfast y lo trasladaron a Kilmainham. Intentó abrir allí una brecha en la pared junto con varios reclusos, pero un preso dio la voz de alarma. Haggart fue el primero en salir por la abertura; recibió un golpe y la soldadesca detuvo a los evasores antes de que salvaran el muro exterior. Lo esposaron a continuación y le encasquetaron en la cabeza un artefacto de hierro cuya lengüeta, introducida en la boca, le impedía hablar. Al día siguiente fue formado en el patio junto a cientos de prisioneros. El oficial escocés Richardson lo reconoció. Haggart intentó de nuevo fingir el acento, mas el policía lo llamó por su verdadero nombre. Fue conducido bajo férrea escolta a Dumfries. A su llegada, un inmenso gentío aguardaba al reo. Al subir la escalera, hubo de pasar frente al sitio exacto donde cayó Morrin. Más tarde escribiría que aquel suelo le quemaba las plantas de los pies.
Fue trasladado luego a Edimburgo para ser juzgado por asesinato. Pelham refiere que las pruebas se consideraron concluyentes y que fue sentenciado a muerte. Durante quince días, Haggart se mostró impasible; luego manifestó que no intentaría huir, aun si las puertas quedasen de par en par, pues morir era, a sus ojos, el único modo de expiar las transgresiones que había cometido. La mañana de la ejecución, tras las preces del capellán, un oficial rogó a los extraños que desalojaran la celda. Haggart exclamó: «Supongo que se trata del verdugo». Su entereza flaqueó por un instante; anduvo de un lado a otro de la estancia con los brazos cruzados y el rostro desencajado por el abatimiento. Recobró el sosiego al entrar el ejecutor, se arrodilló a rezar y dirigió unas palabras a la multitud. Fue ejecutado en Edimburgo el 18 de julio de 1821, tres semanas después de haber cumplido los veinte años.
