En la escena que relata George Borrow, Rob Roy MacGregor entró en la posada de Chapel-Arroch, cerca de Aberfoyle, al son de la gaita. Graham de Orchil, administrador del duque de Montrose, cenaba allí con varios caballeros tras haber cobrado las rentas. Rob dejó su espada en el suelo para manifestar que venía en son de paz y tomó asiento a la mesa. Había dejado ya a veinte hombres en el bosque vecino, a la espera de una señal.
Durante la cena, Rob observó cómo el administrador guardaba en una bolsa las sumas recaudadas. En cuanto retiraron los platos, ordenó al gaitero que reanudara la melodía. Entraron seis hombres, con la espada desenvainada. Rob reclamó el dinero que, según afirmaba, se le adeudaba. Orchil se lo entregó; Rob le extendió un recibo. Consideraba asimismo al administrador cómplice del despojo de sus tierras y pretendía escarmentarlo. El hombre fue conducido a una isla de Loch Katrine, donde permaneció retenido varias semanas. Al liberarlo, Rob le prohibió recaudar más rentas en la comarca: pensaba asumir él mismo tal cometido.
El origen que Borrow atribuye a semejante proceder arranca de una bancarrota y de un título de propiedad en litigio. Rob comerciaba con ganado junto a un socio a quien confió una suma considerable. El individuo desapareció con los fondos. Para saldar sus pérdidas, Rob vendió sus tierras al duque de Montrose, con la condición de poder recomprarlas mediante el reembolso del anticipo. Cuando su fortuna mejoró, ofreció devolver el dinero. Montrose, según Borrow, rehusó recibirlo; un proceso transfirió entonces las tierras al duque. En esta versión de los hechos, Rob consideró la negativa una flagrante injusticia. El administrador que recaudaba los arriendos se convirtió, a sus ojos, en el brazo ejecutor de dicho despojo. Su recibo proclamaba un derecho; la espada que lo respaldaba lo convertía en extorsión.
Para comprender por qué un hombre de noble cuna trataba las rentas como un botín en disputa, Borrow se remonta a los anales del clan. Los MacGregor habían sufrido una proscripción que les vedaba su propio apellido y abandonaba a sus miembros al acoso de la justicia. El autor reprueba la crueldad de semejante ley, aun reconociendo que las discordias entre clanes entrañaban frecuentes correrías de abigeato. Robert MacGregor, a quien los suyos apodaban Roy a causa de sus cabellos rojizos, había vivido en un principio del tráfico de reses. En 1703, una escritura lo designaba como Robert Campbell de Inversnaid; para su clan, continuaba siendo Rob Roy.
La pérdida de sus heredades no hizo de él un justiciero desinteresado. Borrow refiere que también asolaba el distrito de Atholl, se llevaba el ganado y mandaba matar a cuantos oponían resistencia. Rob aducía actuar para restituir a los MacGregor los agravios infligidos a sus antepasados. Aquella justificación dotaba a cada represalia de un pasado más dilatado que la ofensa misma, sin volver por ello menos reales las amenazas a los hombres ni la pérdida de las manadas.
Uno de los encargados de prenderlo creyó poder abordarlo con engaño. Se presentó fingiéndose viajero extraviado, y Rob, con cortesía, le franqueó el paso a una amplia estancia. El espanto heló la voz del emisario. Los hombres de Rob lo llevaron en volandas hasta el río y lo arrojaron al agua, dejándolo librado a su propia suerte. Sus acompañantes, creyéndolo muerto, huyeron a la desbandada. Alcanzaron Stirling y refirieron su desventura al gobernador del castillo. Se envió entonces un destacamento a las Tierras Altas.
Los MacGregor, advertidos por sus vigías, no se dejaron sorprender. Tras varias jornadas de pesquisas infructuosas, los soldados buscaron reposo en una choza desierta, acondicionada con brezo para la noche. Hombres del clan le prendieron fuego. En el tumulto, varios soldados resultaron heridos y otros perdieron las armas; un hombre pereció al dispararse un mosquete por accidente. Lo que nació como una orden de captura había degenerado en combate en toda regla. Borrow presenta a Rob como el blanco de la expedición, mas no prueba que él dirigiera personalmente cada lance de aquella noche.
Sabía asimismo procurarse dinero sin necesidad de secuestrar al deudor. Campbell de Abruchil había omitido durante varios años un tributo anual. Rob acudió a su castillo con hombres armados, pero los mantuvo a distancia y solicitó parlamentar primero con el señor. El portero afirmó no conocer a ningún Rob Roy MacGregor. Rob hizo sonar el gran cuerno que llevaba al cuello; sus hombres acudieron prestos y recibieron la orden de arrear el ganado de la hacienda. El terrateniente asomó entonces, se deshizo en disculpas, convidó a Rob a pasar y le satisfizo cuanto exigía. Se despidieron como amigos, según el cronista. El cuerno había reemplazado a la espada, sin que la coacción dejara de surtir efecto.
En otro dominio, el administrador Drummond había rescindido el arriendo a un colono del clan. Rob se presentó en el castillo de Drummond y derribó al administrador de un solo golpe, sin cruzar palabra. El conde de Perth salió a su encuentro. Rob rechazó todo agasajo de hospitalidad: exigía que el arriendo fuera restituido a su pariente, so pena de que sus hombres asaltaran la propiedad. El conde cedió; Rob tomó asiento para desayunar. El lance ilustra el poder que era capaz de desplegar en favor de un arrendatario, pero también el tributo impuesto a quien carecía de medios para oponérsele.
Rob apenas cultivaba grano. Cuando sus hombres, un necesitado o él mismo carecían de harina, acudía al depósito que Montrose mantenía en Moulin, tomaba la cantidad precisa y extendía un recibo. Los colonos debían luego transportarla con sus caballerías hasta su casa o el paraje señalado. El socorro que repartía entre sus leales se nutría, pues, de las reservas y los animales de las mismas heredades contra las que dirigía sus venganzas. Semejante economía de deuda y patrocinio sustentaba sus alianzas con igual eficacia que sus correrías.
La guarida donde urdía sus incursiones era una caverna al pie del Ben Lomond, próxima al lago. Mantenía allí apostados a sus secuaces, al alcance de los caminos y las manadas. Una partida enviada por Montrose halló su morada vacía. Los perseguidores averiguaron su paradero y lo sorprendieron al alba en una posada de Crinlarach. Los Graham derribaron la puerta. Rob se alzó empuñando las armas y contuvo a los que entraban; sus hombres, despertados por el estrépito, cargaron contra los asaltantes por la retaguardia. Varios resultaron heridos. Rob mandó repartir whisky entre los suyos y los condujo hacia la colina. La refriega continuó: sus hombres abrieron fuego contra los soldados y ahogaron a uno en un caz. Los perseguidores emprendieron la retirada.
Se ofreció una recompensa por su cabeza. Rob permaneció varios meses oculto en los bosques y en la cueva, mientras su familia era trasladada en secreto a un refugio más remoto, en las montañas de Argyll. El escondite resultó inhóspito; regresaron una vez amainado el acoso. La política exigía también tomar partido. Cuando Atholl acudió a Balquhidder para conducirlo preso a Perth, los vasallos que escoltaban al conde marchaban de mala gana, contándose entre ellos varios MacGregor. Rob trajo a colación las exequias de su madre, afirmando que el visitante había acudido a compartir el duelo. Cuando la guardia intentó prenderlo, se zafó y desenvainó la espada. Atholl disparó; la bala erró el blanco. Una hermana de Rob aferró al aristócrata por el cuello y lo derribó contra el suelo. Rob, viendo que se asfixiaba, la obligó a soltarlo.
En 1715, Argyll, antiguo protector de Rob, tomó partido por el rey Jorge. Borrow describe a Rob vacilante entre sus lealtades, siguiendo a los ejércitos para quedar luego como mero espectador en la batalla de Sheriffmuir. Los National Museums Scotland recuerdan asimismo esta tradición de un hombre que se mantuvo al margen del combate. Tras la desbandada de los clanes de las Tierras Altas, los MacGregor marcharon sobre Falkland e impusieron tributos a los partidarios del rey. La amnistía posterior excluyó expresamente a los miembros del clan, incluso a aquellos que habían adoptado otro apellido. Rob figuraba en ella como Robert Campbell, alias MacGregor, llamado Robert Roy.
Los años postreros no fueron, con todo, un retiro sosegado al abrigo de la justicia. La reseña de los National Museums Scotland recuerda su concurso en la batalla de Glen Shiel en 1719, donde cayó malherido, y su posterior arresto en 1722. Cinco años más tarde, el indulto concedido por Jorge I lo libró de la deportación a Barbados. El caudillo que tantas fronteras había doblegado en su provecho estuvo a punto de ser desterrado muy lejos de sus montañas.
Rob falleció el 28 de diciembre de 1734, fecha consignada por la reseña del Future Museum. Borrow sitúa su muerte en Inverlocharigbeg, en las alturas de Balquhidder. Su sepultura no ostentaba, según Borrow, sino una losa austera en la que alguien había cincelado una espada. Nada decía de arriendos, reses ni hombres heridos. Guardaba tan solo el emblema de una existencia en la que, con excesiva frecuencia, la justicia se había impartido a golpe de acero.
