Cuando se pronunció el nombre de madame Lefèvre, el hombre encargado de conducirla al Loira se detuvo. La había conocido en París, donde ella le había prestado auxilio cuando él se ganaba la vida como aguador. Al reconocerla entre las cautivas, cortó la cuerda que la ataba a los demás reclusos y la tomó bajo su amparo. Esta escena, consignada por Champagnac, no interrumpió el curso de las violencias en Nantes. Más bien evidencia su carácter arbitrario: en mitad de una redada, un antiguo conocido podía salvar a una mujer sin disponer, no obstante, del poder necesario para librar a su vecina.
En los albores de la Revolución, Carrier ejercía como procurador en Aurillac. Su celo atrajo la atención de los dirigentes revolucionarios, que lo comisionaron a Nantes con la misión de sofocar el alzamiento de la Vendée. La crónica de Champagnac, publicada en 1833, reproduce extensamente la Historia de la Revolución de Adolphe Thiers. Las palabras atribuidas a Carrier, el cómputo de las víctimas y diversas narraciones de atrocidades provienen de esa relación tardía y militante; deben considerarse testimonios de segunda mano y no escenas de las que el cronista fuera testigo directo.
Nantes acogía por entonces a los vandeanos que huían de las derrotas de Le Mans y Savenay. Thiers, citado por Champagnac, describe la llegada incesante de fugitivos empujados por el avance de los ejércitos. Miles de personas fueron confinadas en las cárceles de la ciudad. Las autoridades locales, según recuerda la crónica, habían prometido el indulto a quienes depusieran las armas. Carrier se habría negado a cumplir tal compromiso. Frente a quienes intercedían por su observancia, habría respondido con la amenaza de enviar a los propios magistrados a la guillotina.
El conflicto no concernía únicamente a los cautivos vandeanos. Tras la sublevación nantesa en favor de los girondinos, Carrier pretendía castigar asimismo a los vecinos sospechosos de federalismo o de simpatías monárquicas. En un principio, se encomendó a una comisión revolucionaria el examen de los detenidos. Conforme a la versión de Thiers, algunos vandeanos eran fusilados y ciertos nanteses pasados por la guillotina. Empero, tales formalidades le parecieron a Carrier excesivamente morosas. Los fusilamientos dejaban los cadáveres abandonados sobre el terreno y, en una urbe ya extenuada, su descomposición atizaba el temor a las epidemias. El Loira bañaba Nantes; las aguas del río se convertirían, en esta crónica, en el cauce idóneo para una ejecución sistemática.
El primer convoy que el relato vincula a este método estaba compuesto por sacerdotes. Se embarcó a noventa clérigos en una gabarra bajo el pretexto de conducirlos a la deportación, mas la nave zozobró deliberadamente a cierta distancia de la ciudad. Champagnac recoge la afirmación de Thiers según la cual esta operación constituyó un «primer ensayo». Con posterioridad, los prisioneros habrían sido sacados de las celdas durante la noche, agrupados en partidas de cien o doscientos y conducidos hacia embarcaciones dispuestas para su hundimiento. Quienes coordinaban el traslado aseguraban las escotillas y se retiraban antes de que un grupo de carpinteros hendiera los costados de las barcazas a hachazos. Thiers estima en cuatro o cinco mil el número de víctimas sacrificadas en estos ahogamientos, cómputo propio del historiador que el cronista hace suyo.
Las crónicas no mencionan únicamente a varones adultos; entre los prisioneros figuraban también mujeres y niños. Tras la derrota de Savenay, varias familias de Nantes habían acogido a menores huérfanos de la Vendée. Carrier habría exigido que se los entregasen, tachándolos de «lobeznos». Champagnac refiere que la gran mayoría de estas criaturas pereció ahogada en el río. Menciona además, a partir de una memoria que no detalla en estas páginas, que en una sola jornada fueron masacrados quinientos niños. La fuente refiere sus súplicas, mas no suministra relación nominal ni balance susceptible de comprobación; conviene, por consiguiente, registrar la cita como testimonio y no transformarla en un dato inequívoco.
El Loira figura en estas fojas a un tiempo como vía de transporte y como paraje destinado a borrar los vestigios del exterminio. Thiers asevera que barcas abarrotadas de despojos humanos salían a flote en ocasiones cuando los navíos echaban el ancla. Describe asimismo las bandadas de aves que infestaban las orillas, la prohibición municipal de pescar en sus aguas y la propagación de enfermedades en medio de la carestía general. A este sombrío cuadro, la crónica añade el comportamiento atribuido a Carrier: amenazaba a quienes osaban implorar clemencia para un recluso y ordenó fijar edictos en los que se advertía de que cualquier intercesor sería encerrado de inmediato. Las quejas referidas a la falta de víveres se estrellaban de igual modo contra su tajante negativa a atenderlas.
Otra partida armada, denominada en la crónica compañía Marat, patrullaba las calles y los campos circundantes. Champagnac le imputa detenciones arbitrarias, saqueos y homicidios, sin deslindar con precisión cada episodio ni consignar sus fechas. Menciona asimismo una compañía de hombres negros supuestamente puesta al servicio de Carrier, al frente de la cual sitúa a un individuo llamado Pinard. Las acusaciones de ultrajes sexuales y de asesinatos que siguen son de extrema gravedad; proceden de la narración de Champagnac y de las memorias por él invocadas, cuyo contenido omite desglosar. Su veracidad no puede ser contrastada a la luz exclusiva de estas páginas.
El trance de madame Lefèvre arroja sobre esta espiral de violencia un desenlace singular, si bien limitado. Asegura la crónica que la dama había perdido a su esposo, a su hijo y luego a su hija antes de caer en prisión. El aguador que la identificó formaba parte de los hombres designados para conducir a los cautivos al suplicio. Cortó sus ataduras y la proclamó patriota. La mujer imploró asimismo la liberación de su vecina, a quien juzgaba tan inocente como a sí misma. El hombre le advirtió de que insistir entrañaba la perdición de ambos. La vecina quedó, pues, con los condenados. El relato no afirma que semejante reconocimiento alterase las directrices generales; arrebató a una sola persona de la masa fatal, y ese es el único extremo que cabe retener.
Carrier fue finalmente llamado a comparecer por el Comité de Salvación Pública, el cual, según Thiers, deseaba reprimir a los facciosos sin consentir que sus desmanes quedaran impunes. La crónica sitúa el inicio de su causa el 16 de octubre de 1794. Ante el tribunal, Philippe Fronjoly y otros declarantes lo acusaron de haber instigado los llamados «matrimonios republicanos», locución que definía, con arreglo a sus testimonios, el ahogamiento de parejas atadas entre sí a las que se daba este nombre de mofa. Se trata de imputaciones vertidas durante la vista judicial y no de hechos probados por la mera circunstancia de haber sido denunciados en estrado.
Otro testigo, Naudy, refirió haberse hallado en la residencia de Carrier junto a varios generales cuando oyó a Grandmaison manifestar que «dos mil ochocientos» habían sido ya «despachados». Preguntado por el significado de aquellas palabras, Carrier habría respondido que se trataba de individuos arrojados a la «bañera nacional». Esta deposición revela de qué manera se aludía al exterminio en el entorno más inmediato del convencional. Con todo, no permite por sí sola asimilar las cifras mencionadas con el total definitivo de las víctimas ni desentrañar pormenorizadamente cada operación.
Champagnac alude por último al «cantor de la Piedad», en referencia al poeta que compuso versos sobre estos sucesos, y clausura el relato con el fallo recaído contra Carrier. Afirma que las actuaciones procesales sacaron a la luz atrocidades «hartamente demostradas» y que Carrier fue condenado a la pena capital. La fuente no detalla aquí ni la fecha exacta de la sentencia ni los pormenores de la ejecución. El postrer hito verificado que aporta es, por ende, el proceso de octubre de 1794 y el castigo supremo dictado a su término. En Nantes, tras la figura de Carrier, la crónica deja tras de sí prisiones colmadas, embarcaciones funestas sobre el Loira y una estela de acusaciones cuyo eco nos llega a través de los testimonios posteriores que las preservaron.
