En Slough, un hombre abandona la casa de Sarah Hart mientras ella agoniza en el suelo. Gana la estación, cambia de rumbo mediante un rodeo en ómnibus y sube al tren de Londres. Un testigo previene al jefe de estación tras su partida; el telégrafo eléctrico se adelanta al viajero. Cuando John Tawell llega a Londres, un policía ya lo aguarda. Sarah, por su parte, no volverá a hablar. El proceso deberá reconstruir lo sucedido en aquella estancia y determinar hasta dónde conducen los indicios.
El informe de David Skae, publicado en 1845 en el Northern Journal of Medicine, se remonta en primer lugar a la existencia apartada de Sarah. Había estado al servicio de Tawell, farmacéutico y tratante en productos químicos. Tras la muerte de la primera esposa de este, Sarah quedó encinta de él, dejó la casa y dio a luz a dos hijos. Tawell continuaba visitándola y contribuyendo a su sustento con cerca de una libra semanal. Sarah residía en Bath Place, cerca de Slough; sus propios padres ignoraban desde hacía años su paradero.
Tawell había contraído segundas nupcias. Ocultaba a su nueva cónyuge la relación con Sarah y anhelaba ser admitido en la Sociedad de los Amigos, los cuáqueros. Según Skae, había rogado a Sarah que se mantuviera al margen del mundo, y ella había consentido en vivir en el aislamiento. Dicho vínculo explica las visitas discretas y el dinero entregado en privado; el informe no da cuenta de las cartas que mediaron entre ambos ni del sentir de Sarah respecto a semejante acuerdo.
Una visita anterior, el 30 de septiembre, dejó un recuerdo inquietante. Tawell pasó por casa de Sarah y pidió a una mujer que con ella se alojaba que fuese a buscar cerveza porter. Tras su marcha, Sarah se sintió enferma, aturdida e incapaz de tenerse en pie. Pasó gran parte de la noche vomitando, hasta que se restableció. Su amiga y los niños bebieron el resto de la botella sin padecer daño alguno. La crónica judicial recuperaría el suceso como un precedente verosímil; nada en esa única escena demuestra qué contenía la bebida.
El 1 de enero de 1845, Tawell abandonó Londres tras dejar su gabán en el Jerusalem Coffeehouse. Dijo al sirviente que marchaba a cenar al West End y que regresaría hacia las nueve. En su lugar, tomó el tren de las cuatro para Slough y se dirigió a Bath Place. Envió a Sarah a la posada vecina a buscar una botella de porter. Un testigo la vio volver con la bebida, con buen semblante y de buen humor.
Entre las seis y las siete de la tarde, una vecina, la señora Ashley, oyó un gemido sofocado en el aposento de Sarah. Dejó la labor, tomó su vela y salió. Tawell cruzaba el portillo del pequeño jardín. La señora Ashley le advirtió de que temía que su vecina se hallase enferma; él no respondió. Lo notó turbado, incapaz de abrir la verja, cuyo pestillo estaba trabado por un pasador. Ella la abrió y entró seguidamente en la morada de Sarah.
La joven yacía junto a la puerta, con las piernas orientadas hacia el fuego. El vestido estaba descompuesto, una media caída, un zapato fuera de su sitio, el tocado más allá y los cabellos revueltos. La mirada permanecía fija; ya no se movía. La señora Ashley la incorporó ligeramente y vio espuma en sus labios. El cirujano convocado al lugar la dio por muerta; no obstante, al percibir aún cierto temblor en la mandíbula, intentó sangrarla. Brotaba apenas un poco de sangre, y ningún otro signo de vida se manifestó.
Tawell no corrió de inmediato a la estación. Subió a un carruaje en dirección a Eton y pidió apearse cerca de Herschel House. Desde allí, parece haber regresado a pie hacia el apeadero. Tomó un tren que partía hacia las ocho menos cuarto. El reverendo E. T. Champneys, primo del cirujano que acababa de examinar a Sarah, reparó en Tawell en los andenes y confió sus sospechas al jefe de estación en cuanto el convoy se puso en marcha. El aviso fue transmitido a Londres por el telégrafo eléctrico. Un agente siguió después los movimientos de Tawell y procedió a su detención a la mañana siguiente.
En un principio, Tawell negó haber estado en Slough. Al día siguiente de su arresto, ofreció al agente una versión distinta. Sarah, según dijo, había pedido cerveza; habría vertido el contenido de una redoma pequeña en su propio vaso, manifestando su deseo de quitarse la vida, para arrojar luego el resto al fuego. Afirmó haberla dejado sobre la alfombra junto a la chimenea, sin creer que sus palabras fueran ciertas. Preguntado por la correspondencia, contestó que no conservaba tal género de cartas. Aquella explicación arrojaba sobre Sarah la responsabilidad del frasco y presentaba la muerte como un designio anunciado por ella misma.
Al día siguiente del óbito, dieciocho horas después, los cirujanos Champneys y Pickering examinaron el cadáver. Percibieron un olor que reconocieron como propio del ácido prúsico. No hallaron en las vísceras inspeccionadas lesión alguna que explicase el fallecimiento. El contenido del estómago se preservó y se analizó en Londres. Los ensayos preliminares buscaron en particular ácido oxálico y diversos venenos metálicos, sin arrojar resultado. Tras la destilación, nuevas reacciones químicas confirmaron la presencia de ácido prúsico.
La controversia médica no resultó sencilla. Los peritos no habían advertido el olor del tóxico en el estómago, donde la cerveza porter podía enmascararlo. La cantidad hallada en una porción del contenido debió extrapolarse a la totalidad. Había trozos de manzana, mas no semillas; los experimentos practicados con las pepitas de quince manzanas solo produjeron una traza, juzgada desdeñable por Cooper. La defensa remarcó tales incertidumbres y sostuvo que los testigos periciales no podían certificar el hallazgo de una dosis letal. El informe de Skae ampara las conclusiones de los facultativos, si bien reconoce que el análisis cuantitativo habría ganado con una mayor exhaustividad.
Otro indicio vinculaba a Tawell con la sustancia perseguida. En la mañana del 1 de enero, había adquirido una redoma de ácido prúsico aduciendo necesitarlo para sus varices. El boticario conocía su identidad y ratificó la venta. Se aportaron recetas para probar que dicho ácido podía prescribirse entonces contra los dolores propios de esa afección; la compra, por sí sola, no demostraba el uso criminal imputado. Sin embargo, se integraba en una concatenación de indicios: la visita, la botella de porter, la apresurada salida, el trayecto ferroviario y las contradicciones manifestadas tras el arresto.
La defensa, a cargo de Fitzroy Kelly, se amparó en la duda científica y en la carencia de prueba directa. Objetó la pericia de facultativos que jamás habían presenciado una muerte por ácido prúsico e insinuó que las manzanas, un pastel u otras materias orgánicas podían justificar los vestigios químicos. Arguyó asimismo que Tawell carecía de móvil o tentación para cometer el crimen. El barón Parke recordó al jurado que en una causa de envenenamiento no se requería una prueba directa en cada extremo; las circunstancias podían fundar la convicción, siempre que los jurados estuviesen seguros de que se había administrado un veneno.
Tras media hora de deliberación, el jurado pronunció un veredicto unánime de culpabilidad. Skae refiere que, antes de ser ejecutado, Tawell confesó haber perpetrado el crimen en los términos descritos durante la vista.
