El sábado 10 de febrero de 1821, en Charwel House, en el condado de Northamptonshire, Anthony Marriott trabajaba en el granero de su amo. Se disponía a trillar el grano cuando un disparo retumbó en el exterior. Al salir, distinguió a John Clarke apoyado contra la puerta del establo, junto al montón de heno, sosteniéndose la mano izquierda con la derecha y con la sangre corriéndole brazo abajo. Una humareda se elevaba por el oeste, entre el granero y la parva. Marriott condujo al herido hacia la casa y corrió a escudriñar por encima del muro; no vio a nadie.
Mary Clarke, la esposa de John, los aguardaba en el patio. A juzgar por sus palabras, lo sucedido no la sorprendía: habría dicho que era algo que a menudo había previsto, a causa del cierre del camino. La frase, recogida durante el juicio, no aclara más sobre la querella. Causó, sin embargo, honda impresión en los testigos, pues la mujer que, según se decía, había ayudado a atender al herido no tardaría en verse acusada de haber tramado su muerte con Philip Haynes, un hombre que trabajaba en los contornos.
Marriott le quitó el abrigo a Clarke. Mary ayudó a vendar el brazo y luego envió a buscar al cirujano de Badby, a unas tres millas de allí. Más tarde, cuando Marriott le preguntó si debía quedarse a pasar la noche, ella respondió que no era menester: había gente suficiente. El herido fue examinado y permaneció en su hogar. El lunes, el magistrado John Plomer Clarke lo halló sumamente débil, pero consciente. Temiendo que pudiera expirar, tomó su declaración sin advertirle al principio de que Haynes había sido arrestado. Una vez rubricado el documento, el magistrado anunció la captura. John Clarke pidió ver al hombre a quien acusaba.
Haynes entró en la estancia y avanzó hasta los pies del lecho. Según el testimonio del magistrado, preguntó a Clarke cómo se encontraba con un aplomo que pasmó a los presentes. El herido lo miró, le tendió la mano que le quedaba ilesa y le reprochó haberle inferido semejante agravio. Haynes contestó que él no había hecho nada ni sabía nada. A la mañana siguiente, martes, Clarke sucumbió a su herida.
El arresto ya había revestido una forma singular. El lunes por la mañana, Marriott barría cebada en el granero cuando vio que el grano se movía. Al apartar la masa con la horca, oyó una voz que le suplicaba cortesía: el hombre oculto prometía salir. Se trataba de Haynes. Los braceros le ataron las manos y lo retuvieron. Un registro previo había permitido hallar en un hueco del granero una escopeta con la cazoleta ennegrecida, como recién disparada, municiones, un frasco de pólvora, pan, queso, tocino y una cantimplora de madera; en su cartera se halló también un billete de cinco libras tachado de falso. En sus aposentos se intervinieron un frasco de láudano y varias cartas.
Robert Canning explicó cómo había inspeccionado la parva. Al trepar a lo alto del montón de cebada, había descubierto una cavidad de unos siete pies de hondura y alrededor de un metro ochenta de anchura, disimulada contra el muro. Fue allí donde los hombres hallaron los pertrechos. El domingo por la noche, Canning mandó apostar a cuatro hombres en torno al granero y los edificios, envió a otros a la vivienda de Haynes y permaneció de guardia casi hasta la medianoche. El lunes, sus hombres removieron el grano y dieron con el fugitivo. Para verificar el ángulo de tiro, Canning se arrodilló sobre la parva de heno, como si estuviera segándola, cerca de un corte recién practicado y teñido de sangre. Hizo apuntar un arma desde el hueco situado bajo los cabios del granero: podía alcanzarlo con certeza. La acusación hilvanaría estos elementos con el disparo oído por Marriott: la humareda, el escondrijo habilitado en la cebada del granero y el fusil enterrado entre el grano.
La sombra de Mary Clarke se perfilaba de otro modo, a través de los ademanes domésticos y de las cartas. Había encomendado a Marriott que fuera en pos de un médico y había ayudado a vendar el brazo de su esposo; Robert Smith, que asistía al cirujano, declaró haber pedido paños limpios porque Clarke vomitaba. Mary contestó que había de sobra y que podían tomarlos, pero no subió; los hombres, al no encontrar ninguno en la alcoba, rasgaron la sábana de otro lecho. El lunes, Canning le pidió noticias de su cónyuge. Ella respondió que lo ignoraba y que no lo había visto. Tomados por separado, estos detalles no probaban nada; en el proceso, fueron puestos en relación con la correspondencia incautada a Haynes.
La compilación reproduce extensos extractos de aquellas misivas. Su autora, señalada en el juicio como Mary, llamaba a Haynes «mi querido amigo» y lo exhortaba a deshacerse del «viejo», a acecharlo cuando estuviera solo, a obrar con premura y sin dejarse prender. Ciertas cartas reclamaban respuesta; otras dejaban traslucir que la espera se tornaba insoportable. En una de ellas, Mary advertía de que John pensaba en adelante salir acompañado y exigía otro plan; en otra, censuraba a Haynes por demorarse en demasía. Amenazaba asimismo con quitarse la vida si él no actuaba, para luego pedir láudano afirmando que ya vería ella lo que podía hacer con su marido. Las precauciones del esposo, las ocasiones fallidas y las apremiantes demandas se sucedían así de un billete a otro. La acusación discernía en ello un designio antiguo y concertado. Uno de los escritos deja entrever, no obstante, la vida que proseguía alrededor de aquel epistolario: la remitente alude a los terneros, los corderos y la manteca de los que ha de ocuparse, para volver de inmediato a su impaciencia. Los afanes de la hacienda y los preparativos del homicidio convivían en los mismos pliegos.
Los objetos hallados junto a Haynes no desempeñaron idéntico papel. El billete falso y el láudano se incorporaron a los autos, sin que la crónica de Borrow demuestre que hubieran servido durante el atentado. La escopeta, las municiones, el escondrijo en el granero y las cartas formaron, en cambio, la columna vertebral de la acusación. El vínculo entre los amantes cobró toda su elocuencia en la vista oral cuando las cartas fueron leídas ante el jurado. La defensa de Haynes fue somera: se proclamó inocente y afirmó no haber poseído jamás un arma. Mary encomendó su suerte a su letrado.
Tras una breve deliberación, el jurado declaró culpables a ambos acusados. Borrow refiere que, antes de ser ajusticiados, reconocieron su delito, un idilio de cerca de dos años y varios proyectos pretéritos contra John Clarke. Mary habría confesado sus reiteradas instigaciones. La compilación anuncia tales confesiones sin transcribir el texto; en el juicio, empero, Haynes lo había negado todo, hasta la tenencia de un arma de fuego.
Quedan las dos apariciones de este hombre en las declaraciones testificales. En el granero, una voz que brota de la cebada y ruega a los braceros templanza para con quien van a apresar. En la alcoba, Haynes plantado a los pies del lecho; el herido le tiende la mano y le pregunta por qué le ha inferido tal ultraje. Él responde que nada ha hecho. Entre el escondite donde se halla la escopeta y este desmentido ante un moribundo, las cartas de Mary revelaron toda una larga espera: espiar a John, aguardar una ocasión, no vacilar más. El estampido apenas había durado un instante. Los billetes presentados a los jurados relataban cuánto tiempo se había deseado.
