En la escalera de una prisión, Lainé dijo a dos camaradas que debían dejar creer al juez que él había matado a Bulson. Acababa de atribuirse la estocada, convencido de preservar así las cartas de indulto que podían liberarlos a los tres. Pero Lainé no había herido a Bulson. La mano que empuñaba la espada era la de Savary, y este había huido antes de que la multitud pudiera señalarlo. Una confesión falsa iba a situarse, por tanto, en el corazón de un proceso cuyos primeros testigos no habían sabido reconocer a los soldados.
Es preciso remontarse al principio. El 13 de noviembre de 1764, hacia las cuatro de la tarde, Savary y Lainé, soldados de las Guardias Francesas, se hallaban con dos burgueses amigos suyos en una taberna situada en la esquina de las calles Saint-Marcel y Verbois. Lamet, camarada de ambos, pasó por delante del establecimiento. Llamado por ellos, entró, los halló tomados de vino y quiso marcharse en un primer momento; mas, viéndolos dispuestos a salir, aguardó para sostener a quienes tuvieran dificultades para tenerse en pie.
Los dos burgueses residían en la vecindad. Lamet los condujo primero hasta su puerta y luego regresó con los soldados a la taberna de la Providencia. Bebieron allí otra media azumbre, los tres de pie, sin sentarse. Esta breve escala se convertiría en un punto de referencia entre muchos otros: los compañeros habían abandonado un lugar, cruzado un callejón y coincidido con unos operarios, algunos de los cuales también salían. Nada, hasta ese instante, permitía presagiar que una muerte y una instrucción criminal separarían a los tres soldados.
En el callejón, Savary y un obrero, ambos tambaleantes, tropezaron. El hombre se volvió y lo injurió. Savary quiso responder con una bofetada; Lamet la detuvo. El operario agarró entonces a Savary por los cabellos, mientras otros cinco artesanos se arrojaban sobre él y lo golpeaban. El cómputo de los gestos cobraba a partir de entonces una importancia capital: ¿quién había intentado apaciguar, quién se había defendido, quién había desenvainado la espada? La reyerta, en breves instantes, congregó testigos, pero no les brindó a todos los mismos recuerdos ni la misma certeza.
Lainé, al ver que golpeaban a su camarada, echó mano a la espada. Lamet temió, según refiere la crónica, que la embriaguez lo llevase a herir sin discernimiento; se interpuso ante él, lo asió cuerpo a cuerpo y lo empujó contra el muro, al otro lado de la calle. Entretanto, los obreros continuaban acometiendo a Savary. Lainé protestó contra la inmovilidad que se le imponía; logró zafarse del abrazo, pero Lamet lo sujetó de nuevo a la entrada del callejón tirando de su talabarte. Estos dos esfuerzos por retener a un soldado pronto resultaron difíciles de distinguir del desorden general.
Savary se creyó abandonado y temió por su vida. Desenvainó su espada, no para matar —asegura la crónica—, sino para atemorizar a quienes lo cercaban. El arma, que blandía a ciegas, no contuvo a la cuadrilla; aumentó su cólera. Bulson, más ebrio que los demás, quiso prender a Savary por el cuello y se precipitó contra la hoja. Expiró en el acto. He aquí el hecho en torno al cual iban a urdirse las declaraciones, los yerros y los cálculos: una mano había empuñado el hierro, pero restaba dilucidar cuál, en qué circunstancias y con qué intención.
Ante la vista de la muerte, Savary recobró el juicio y huyó. Lamet soltó a Lainé y le gritó que lo siguiera. La multitud engrosaba; se alzaban voces de clamor por el homicidio. Lamet advirtió que su compañero no venía tras él, regresó hacia donde estaba y, al ver que el gentío lo rodeaba, emprendió la fuga a su vez. Llegó la guardia del regimiento y prendió a Lainé, a quien la multitud acababa de entregarle. Savary se había desvanecido antes de que la turba se agolpara: el rumor señaló, por ende, a quien había permanecido en el lugar.
La justicia solo dispuso en un principio de testigos incapaces de nombrar a los soldados. Careados con Savary y Lainé, manifestaron no poder precisar cuál de los dos había asestado el golpe mortal. Solo uno afirmó reconocer al autor: François Mercier, fundidor. Su testimonio incriminaba a Lainé, no a Savary. A partir de semejante aseveración, el sumario se cerró en torno al hombre que las primeras voces ya habían entregado. Hay errores que nacen de un parecido; este se nutrió también de la ausencia de aquel que había escapado y de la firmeza de un testigo aislado.
Savary, no obstante, no había guardado silencio. Había relatado la desgracia a una mujer llamada Lahaye, en cuya casa se refugió; ella limpió su espada con un pañuelo. De vuelta al cuartel, puso en conocimiento de lo ocurrido al centinela y a otros soldados. Fue conducido a la misma prisión que Lainé. Aquella declaración debió haber impedido que la acusación recayera sobre el primer nombre; pero la instrucción aún no había alcanzado la concordancia indispensable para deshacer lo que una deposición única había fijado.
El mariscal de Biron, coronel del regimiento, había solicitado cartas de indulto. Redactadas al amparo del testimonio de Mercier, atribuían la muerte a Lainé. Cuando llegó el momento de convalidarlas, el teniente de lo criminal preguntó a este si había asestado la estocada. Lainé se disponía a negarlo; se le hizo notar que, al figurar en las cartas como homicida, corría el riesgo de anular la gracia si lo negaba. Se declaró, pues, culpable, en la creencia de preservar así su libertad y la de sus camaradas.
En la escalera de la prisión, dijo a Savary y a Lamet que el único medio de salvarse los tres era dejar al juez en el error y ratificar su mentira. Así lo hicieron. Por proteger el indulto, se comprometió la verdad. Los jueces apreciaron en el golpe supuestamente asestado por Lainé, mediado por un intervalo bastante dilatado tras la refriega, una intención premeditada; el homicidio dejaba de ser, a sus ojos, un acto cometido en el ardor del peligro. La denegación del indulto, explica el cronista, auguraba a Lainé el cadalso. La estratagema concebida para salvarlo lo convertía, en el expediente, en un asesino a sangre fría.
Fue entonces cuando Savary comprendió lo que su silencio cómplice podía costar a su camarada. Escribió desde el fondo de su calabozo al mariscal de Biron, al marqués de Cornillon, sargento mayor del regimiento, y al señor de Chenevière, consejero del Parlamento. Él mismo facilitó los testigos capaces de desengañar a los jueces. Semejante paso no le devolvía aún la libertad; mas arrebataba al error el auxilio de quienes lo habían secundado.
Antes de sentenciar definitivamente a Lainé, se ordenó una nueva instrucción. Lamet, que hasta entonces se había constituido voluntariamente en prisión para beneficiarse de las cartas, fue ingresado formalmente en prisión preventiva e interrogado de nuevo el 1 de octubre. Requerido sobre su declaración anterior, reconoció que era falsa y que había obedecido el consejo que Lainé le diera en la escalera. Una segunda providencia ordenó oír a nuevos testigos. Lahaye, el sargento y varios soldados de guardia declararon cuanto sabían de las confesiones de Savary. Los tres hombres fueron careados entre sí y con dichos testigos.
Savary confesó al fin, bajo juramento, que su mano había asestado el golpe; sostuvo no haber obrado sino en defensa propia tras ser maltratado por Bulson y sus compañeros. A la lectura de las deposiciones, reconoció su veracidad; Lamet y Lainé obraron del mismo modo. La crónica recoge las palabras con las que Savary asumió las consecuencias de su confesión: «El golpe que asesté fue involuntario; pero, si a ese golpe se debe la muerte, que baje Lainé; a mí me corresponde subir al patíbulo».
La causa mudó de rumbo. Lo que había comenzado con un hombre retenido en un tumulto y otro entregado a la plebe desembocaba en una solidaridad más ardua: Savary reconocía el ademán homicida, al tiempo que Lainé retiraba la falsa confesión que lo había puesto al borde del abismo. Biron solicitó nuevas cartas de indulto a favor de Savary; los jueces sumaron sus súplicas a la del coronel. Fueron concedidas y convalidadas, con gran alivio del público atento al proceso.
No cabe confundir el indulto otorgado a Savary con una exculpación absoluta de todo acto: Bulson yacía muerto y la hoja había sido blandida por él. Mas tampoco pueden borrarse los golpes recibidos, el espanto, la confusión de la reyerta y, más tarde, el esfuerzo empeñado para impedir que un inocente fuera condenado en su lugar. En cuanto a Lainé, su falsa confesión lo había expuesto al mismísimo destino que pretendía conjurar; la admisión de Savary, corroborada por Lamet y por los testigos, deshizo al fin la trampa.
Así concluyó, en el relato de Champagnac, el proceso de las Guardias Francesas: la verdad no brotó de buenas a primeras de los careos ni de las declaraciones iniciales, sino del tardío temor a que una mentira judicial se tornase irreparable. Un difunto permaneció en el centro de esta historia; a su alrededor, la multitud había señalado a un culpable, un testigo lo había confirmado y unas cartas de indulto parecían consagrar el extravío. Lainé revocó por fin la confesión que lo inculpaba; Savary reconoció el golpe que en un principio había callado. Fue necesario ese doble retorno a la verdad para que los jueces volvieran a posar la mirada en la mano que de veras había sostenido la espada.
