La casa de Sarah Pickard había quedado cerrada a las once de la noche. A las cinco de la madrugada se descubrió que la entrada había sido forzada; en el patio yacían una hoja corta y robusta y una barrena. Aquellas herramientas, pronto reconocidas como propiedad de Joseph Kemp, abrieron una de las causas que habrían de conducirlo al cadalso.
El narrador de las Vidas proclama su moraleja sin dilación: antes de relatar la trayectoria de Kemp, atribuye a las mujeres a las que califica de perdidas el origen de las primeras caídas masculinas. La declaración del reo, reproducida al final de la crónica, traslada sin embargo buena parte de dicha responsabilidad a sus propias decisiones y ruega que se tenga piedad de su última esposa.
Kemp había nacido en Holborn, en el seno de una familia humilde que lo envió a la escuela gratuita de la parroquia. Más adelante entró como aprendiz junto a un vidriero, oficio que completó labrándose, según la crónica, fama de mozo honrado. Sus padres habían mejorado entretanto de fortuna gracias a su constante laboriosidad. Cuando el joven manifestó el deseo de establecerse por cuenta propia, le entregaron sesenta libras para empezar. No obstante, Kemp se había prendado ya de una mujer con la que deseaba desposarse, aun a sabiendas de que ella llamaba maridos a otros dos hombres.
La mujer aceptó la propuesta matrimonial de Kemp, a quien la crónica describe como el más idóneo para mantenerla sin necesidad de trabajar. El negocio del flamante vidriero zozobró en poco tiempo; viéndose en la ruina, vio cómo su esposa reanudaba, asevera el cronista, sus antiguas costumbres de rapiña. Fue descubierta y conducida a Newgate, donde corría el riesgo de languidecer largo tiempo. Kemp, que continuaba profundamente apegado a ella, le llevaba cuantas monedas lograba reunir. Lamentaba, según consigna el texto, no poder allegar sumas mayores. La mujer montó en cólera, lo colmó de improperios y le conminó a descerrajar viviendas, despojar a los transeúntes o emprender cualquier villanía con tal de procurarle fondos. El artesano acabó cediendo y se pertrechó con los útiles propios del ladrón de moradas. La crónica no especifica cuáles fueron las primeras casas asaltadas ni a quién pertenecían las piezas de plata que le entregó; indica únicamente que aquel botín, trocado en metálico, bastó para costear su excarcelación de Newgate. Añade la fuente que luego ella malgastaba lo obtenido con otros hombres; semejantes motivos pertenecen a la lectura moralizante del cronista y no hallan respaldo en ningún otro testimonio coetáneo.
Aquella libertad no puso fin a las andanzas de la primera consorte. Detenida de nuevo por sus propios hurtos, fue condenada y deportada fuera de Inglaterra, sin que conste el destino de su destierro. Kemp, por su parte, trabó relaciones con otra mujer. Cuando contrajo matrimonio con ella, su crédito se hallaba extinto, su reputación perdida y carecía de todo medio regular de subsistencia. Hallándose aún viva su primera cónyuge, la crónica tilda de ilegal este segundo enlace, aunque omite el nombre de la nueva esposa y no aporta partida eclesiástica alguna. El texto solo refiere que Kemp se entregó desde entonces al robo nocturno con fractura, perpetrando un sinfín de golpes.
No tardó en ser arrestado y recluido en Newgate bajo múltiples cargos. En las siguientes sesiones del Old Bailey, compareció acusado de haber forzado la vivienda de Sarah Pickard para sustraer treinta y seis sortijas de oro y piedras preciosas, tres relojes de plata, diversas piezas de vajilla argéntea y otros objetos de gran valor. La señora Pickard declaró que su hogar había permanecido atrancado hasta las once de la noche, y que lo halló desvalijado a las cinco de la mañana siguiente. En el patio, un pariente del prisionero, apellidado asimismo Kemp, encontró una hoja corta y una barrena, útiles que reconoció de inmediato como pertenecientes al procesado.
Dicho pariente declaró que el reo le había mostrado aquel cuchillo con anterioridad, extremo que corroboraron Joanna Kemp y Jonathan Auskins. El alguacil Samuel Gerrard atestiguó que, al acudir a registrar la casa de Joseph Kemp en compañía de los dos testigos precitados, hallaron diversos bienes de la señora Pickard. En presencia de todos ellos, el acusado confesó haber ejecutado el robo a solas, sin inducción ni auxilio de persona alguna. Esta declaración apartaba taxativamente a cualquier cómplice; sin embargo, el cronista había sostenido en el relato de sus primeros extravíos que entregaba vajilla de plata a su primera mujer. Los autos de la causa no indican, empero, que ella fuese encausada por este robo en concreto.
Kemp poco arguyó en su descargo. El jurado lo halló culpable sin vacilación. Fue declarado convicto asimismo de otros dos cargos formales: uno por allanamiento de la casa de James Wood y otro por el asalto a la morada de Mary Paget, de donde se habían sustraído valiosas piezas argénteas. La prueba de estos dos últimos delitos, puntualiza la fuente, descansó en la declaración de John Knap, un compinche que resolvió testificar para librar su propia cabeza del dogal. La última esposa de Kemp fue también procesada y juzgada junto a él, pero el tribunal decidió absolverla. El texto no consigna el nombre de la dama ni el tenor específico de la acusación formulada en su contra.
Hallándose bajo condena capital, Kemp cayó presa de una enfermedad que le impidió aprovechar la mayor parte del plazo concedido por la ley para la preparación espiritual de los ajusticiados. El cronista asevera que la dolencia lo dejó tan sordo que apenas lograba percibir las exhortaciones de los ministros de la fe. Pese a este estado, le atribuye una cabal conciencia de la gravedad de su destino, un hondo pesar por su conducta pretérita y un arrepentimiento sincero por haber desatendido sus deberes para con Dios y sus semejantes. Al acercarse la hora postrera recobró cierto ánimo y se presentó en el patíbulo mostrando, a juicio del cronista, todas las señas externas del pecador penitente.
Dos días antes, el 22 de agosto de 1729, había redactado en Newgate una declaración dirigida a la luz pública. En ella recordaba la honrada crianza recibida de sus progenitores y su etapa como aprendiz de vidriero. Censuraba a su antiguo maestro por no haber velado debidamente por él, imputando luego su primer matrimonio y su ruina a su apego desmedido hacia una mujer que no lograba acomodarse a los modestos jornales del taller y que lo habría inducido al crimen. Reconocía, por el contrario, que su segunda esposa era de buena índole y había procurado ayudarle a subsistir sin recurrir a la rapiña, si bien él desoyó sus advertencias. Suplicaba que no se abrumase a sus padres por causa de su triste desenlace, imploraba el perdón de aquellos a quienes había agraviado y rogaba igualmente que se dispensara el perdón a quienes, con sus declaraciones, habían contribuido a su condena.
Este testimonio postrero matiza de forma sustancial la versión inicial del cronista. Kemp demandaba expresamente que no se dirigiesen reproches a su mujer: sostenía que los yerros que ella hubiese podido cometer nacieron de sus propias instigaciones, retratándola como inclinada a la rectitud. La crónica no esclarece si este ruego atañía exclusivamente a su última compañera, absuelta en el juicio, o si pretendía salir al paso de los ataques vertidos contra la primera. Por tanto, las dos figuras femeninas descritas en el proceso no pueden confundirse en una sola ni darse por hechos inconcusos.
Llegado el día de la ejecución, su esposa subió a la carreta y le dedicó una despedida cuya ternura fue calificada de extraordinaria por el relator. Joseph Kemp rindió la vida el 24 de agosto de 1729, en su vigésimo cuarto año de edad. Su culpabilidad quedó sentenciada en tres causas distintas —las de Pickard, Wood y Paget—, mientras que su última compañera de vicisitudes fue exonerada de culpa. Más allá de las resoluciones judiciales, la crónica lega dos visiones antagónicas del ámbito conyugal: la del narrador, que achaca al primer matrimonio el despeñadero moral de Kemp, y la del propio ajusticiado, quien pide gracia para su compañera y confiesa haber rechazado el auxilio y los consejos de la segunda.
