El 17 de agosto de 1875, Eugène Thiercelin comenzó a inquietarse por no haber vuelto a ver a su suegro, Pierre Beaudenuit, quien vivía solo, desde que lo divisara el viernes 13 de agosto, entre el mediodía y las dos de la tarde. Miró primero a través de la ventana y entró después en la estancia: el anciano yacía en medio de un charco de sangre. Una pequeña silla volcada, un pantalón dispuesto encima, huellas sobre los lechos y el suelo, y, por último, un cajón forzado: la justicia halló los vestigios de una lucha y los indicios manifiestos de un robo. Los títulos al portador de Beaudenuit habían desaparecido.
La víctima contaba ochenta y dos años. Residía en La Chapelle-Saint-Mesmin, donde el vecindario entero conocía sus costumbres. Se acostaba con las últimas luces de la tarde, evitaba encender velas y tomaba al anochecer una colación fría y frugal. Una puerta que rara vez se cerraba, una llave extraviada desde hacía unos días y un cerrojo interior fueron evocados por un testigo: pormenores todos ellos que conferían al acceso de la morada una singular relevancia. El sábado 14 de agosto había comprado lechuga y cebollas, aceptado un pepino y pagado de inmediato diez céntimos a su nuera por aquel presente. La crónica de la Gazette del 28 de octubre expone en primer término la tesis acusatoria: Beaudenuit habría regresado a su domicilio hacia las siete y media de la tarde del 14 de agosto; el estado de los alimentos hallados en su estómago inclinaba al facultativo a situar el deceso entre las nueve y media y las diez y media de la noche. No obstante, en el curso de los debates se referiría una estimación médica distinta. Tal discrepancia no halla resolución en las columnas conservadas.
Los magistrados hallaron el mobiliario revuelto. Habían sido sustraídos dos títulos de renta francesa, diez obligaciones otomanas y ocho obligaciones de los ferrocarriles romanos, todos ellos al portador. Al día siguiente, dos de aquellos títulos aparecieron en Saint-Péravy bajo una identidad ficticia. El panadero que los adquirió escuchó al vendedor presentarse como Alexandre Fouquet; otros comerciantes le oyeron aludir a la generosidad de una tía pudiente. Las pesquisas condujeron hasta Alexandre Pitou, viñador y cantero, vecino lindante de Beaudenuit. Había abandonado la comarca para marchar a París y, desde allí, ganar España. Detenido en Hendaya cuando se presentó en la estafeta de correos para reclamar una carta, fue conducido ante la Audiencia de lo Criminal de Loiret.
Cinco personas comparecieron en el banquillo: Pitou, su hija Alexandrine, de dieciséis años de edad, su esposa Madeleine Soubrillard, así como dos parientes afincados en París, Adèle-Suzanne Meunier, llamada Karger por matrimonio, y Louis-Isidore Meunier. El auto de procesamiento situaba el robo en el corazón del asunto y atribuía la muerte violenta a Pitou; presentaba a su hija como quien presuntamente facilitó la entrada en la vivienda y el apoderamiento de los valores. Semejantes asertos emanaban del ministerio público. Los debates no tardaron en poner de manifiesto hasta qué punto la hora y el día del regreso de Alexandrine se habían erigido en el núcleo de relatos inconciliables.
Pitou sostuvo inicialmente que su hija le había llevado los títulos el viernes. Declaró haber ido a buscarla cerca de la casa de Beaudenuit, donde ella solía prestar servicios domésticos, y negó de plano haber acudido a la vivienda del anciano el sábado. Las hermanas Godefroid, Aline y Honorine, aludieron en un principio al viernes; empero, tras rectificar sus recuerdos y cotejarlos con las jornadas de labor de su hermana Claire, reconocieron haberse equivocado. Situaron entonces el encuentro en la noche del sábado. Aline manifestó haber visto pasar a Pitou hacia las diez de la noche, sorprendida de encontrarlo a hora tan tardía, y haberle preguntado adónde se dirigía. Él respondió que andaba en busca de su hija. Honorine corroboró dicha conversación. Ninguna de las dos advirtió, sin embargo, qué llevaba consigo ni presenció su retorno.
Auguste Deparday, que fumaba en su viña, relató haber visto más tarde al padre y a la hija regresar con premura desde los aledaños de la casa de Beaudenuit. No pudo precisar la hora con exactitud: su reloj de péndulo atrasaba y se guiaba tan sólo por la sucesión de sus tareas cotidianas. Las muchachas Godefroid, por el contrario, habían visto marchar a Pitou en solitario. Dichos testimonios no describían, pues, una escena única, sino dos instantes sucesivos que el ministerio fiscal procuraba enlazar. Alexandrine negó rotundamente que tales hechos hubieran acontecido el sábado; no obstante, su padre terminó por admitir que había acudido a buscarla aquella noche y que la muchacha llevaba consigo los títulos. Añadió que no se los había mostrado y reconoció acto seguido que habían acordado ocultarlos.
El interrogatorio de la joven no despejó la contradicción. Aseguró haber recibido de Beaudenuit cien francos tres semanas antes del óbito, así como la promesa de otros diez mil a condición de guardar silencio ante sus padres. Mantuvo con firmeza que había acudido el viernes para hacer la cama del anciano, pero que el sábado no llegó a entrar en su casa: la puerta se hallaba cerrada y no se advertía luz alguna, según sus palabras. Su padre, que había vuelto a situar los hechos en el sábado, la desmentía; su madre, en cambio, respaldaba la versión del viernes. Ésta negó conocer la procedencia de los títulos, si bien confesó haberlos ocultado por orden de su marido.
La jornada del domingo 15 de agosto enmarañó aún más el empleo del tiempo de Pitou. Su hija explicó su ausencia aduciendo que había marchado a visitar a un hermano enfermo a Ormes; una mujer presente durante la comida declaró que el cantero no regresó hasta cerca de las dos de la madrugada y que manifestó hallarse exhausto. La cuestión del pan vino a ser otra pieza fundamental en la cronología de los hechos: el fiscal señaló que la familia lo había comprado en la tahona, en tanto que la mujer de Pitou aseveraba haber encendido el horno doméstico. Aquel detalle no bastaba por sí solo para probar el crimen, pero debilitaba el relato ofrecido sobre los movimientos de la familia tras la desaparición de Beaudenuit.
Las ropas fueron asimismo objeto de controversia. La mujer de Pitou reconoció haber lavado un pantalón y una blusa de su esposo, y haber remendado una pieza de esta última el 18 de agosto. Negó haber advertido sangre alguna en las prendas. El ministerio público sugirió que el horno de leña bien pudo servir para quemar ropas delatoras, entre ellas un pantalón desaparecido; la Gazette refiere esta conjetura como un argumento sostenido por la acusación.
Los interrogatorios sacaron a relucir otra prueba material determinante. La vara de un mayal, apero de madera perteneciente a Pitou, había sido rescatada de las profundidades del pozo de Beaudenuit. El acusado sostuvo que se la habían sustraído dos días antes del crimen y que había mandado encabar otra. Jean-Jacques Pitet, guarnicionero, confirmó haber montado dicha vara y que, tras la fiesta patronal, Pitou se había presentado quejándose de la desaparición de la antigua para encargar una nueva. El doctor d’Olier estimó que los golpes mortales pudieron asestarse con el madero exhibido, sin que pudiera certificar si conservaba restos de sangre. Señaló que Beaudenuit fue agredido mientras se hallaba en el lecho, tras lo cual debió incorporarse y atravesar la estancia; a su juicio, el fallecimiento se debió a la hemorragia subsiguiente. Ninguna de las lesiones, considerada aisladamente, revestía carácter necesariamente letal. La estimación pericial que el facultativo expuso en la vista, basada en el estado cadavérico y en el examen del estómago, situaba la muerte en la noche del domingo, en flagrante contradicción con la cronología vertida en el acta acusatoria.
Tras la sustracción de los títulos, las andanzas de Pitou siguieron su propio derrotero. Ofreció los valores a varios posaderos y a un oficial de notaría, mudando según la ocasión la fábula de su origen: una tía de Le Mans, primero; una tía viuda, rica propietaria de inmuebles, después. En Saint-Péravy enajenó dos de ellos por doscientos ochenta francos bajo el falso nombre de Fouquet, a pesar de que su cotización en la Bolsa era sensiblemente superior. Se trasladó acto seguido a París, donde se negociaron otros títulos merced a la mediación de sus primos. Ante el tribunal, justificó su huida a España por el temor de verse importunado a causa de aquellos documentos, mas negó de continuo ser el autor de la muerte. Las versiones de Karger, de Meunier y de la mujer de Pitou divergían respecto a la entrega y venta de los títulos; cada cual procuraba aminorar o desviar su grado de participación.
En la sesión de conclusiones, el fiscal general Bayeux aunó todos estos elementos para sostener que Pitou había asesinado a Beaudenuit con el exclusivo propósito de robarle, y que su hija había franqueado el acceso a la vivienda haciendo posible el delito. Esgrimió las contradicciones flagrantes, las operaciones de venta, la fuga precipitada y la vara del mayal. Para Karger y Meunier solicitó condena por receptación. La defensa articuló su respuesta mediante cinco alegatos independientes. Acto seguido, el jurado se retiró a deliberar durante tres horas. Absolvió a Karger y a Louis Meunier, y declaró culpables a Pitou, a Alexandrine y a la madre, concediéndoles el beneficio de las circunstancias atenuantes. La sala condenó a Pitou a la pena de trabajos forzados a perpetuidad, a su hija a veinte años de trabajos forzados y a su esposa a tres años de prisión.
La sesión se levantó a la una de la madrugada.
