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Justicia y escándalos · Francia

Los tres focos de Étaves

En una granja del departamento de Aisne, un pajar arde tras modificarse una póliza de seguros; en enero, se descubren tres focos simultáneos. La acusación sospecha del arrendatario acuciado por las deudas; el jurado lo absuelve.

La audiencia provincial de Aisne celebraba sesión el 9 de mayo de 1873 cuando compareció Jules-Édouard-Hilarion Alliot, acusado de varios incendios sobrevenidos en la granja que explotaba en Étaves-Bocquiaux. Un primer siniestro había consumido un pajar en diciembre; en enero, el acta de acusación describía tres focos diferenciados en dos graneros y un edificio contiguo. Desde el estrado, el presidente interrogó al procesado acerca de la hora de los fuegos, su presencia en el patio y la cuantía de las pólizas suscritas. La reseña judicial concluye con una línea lacónica: el jurado emitió un veredicto de inculpabilidad y Alliot resultó absuelto.

El litigio se originaba en un arrendamiento difícil. En septiembre de 1871, el comerciante en vinos Léonard Lefranc había cedido en arriendo a Alliot su hacienda, una explotación de unas veintidós hectáreas. La renta anual ascendía a 2223 francos, pagaderos por mitad en junio y diciembre. Alliot no satisfizo el primer vencimiento hasta septiembre de 1872, tras reiteradas reclamaciones. Llegada la fecha siguiente, adujo carecer de fondos y suscribió dos pagarés de quinientos francos, con vencimiento a finales de febrero. La crónica judicial sitúa así las estrecheces de tesorería en el umbral de la serie de incendios.

El seguro de la finca no había sido concertado por él en origen. Los colonos anteriores, los Lefiot, padre e hijo, habían asegurado el apero, las cosechas y los riesgos locativos por 16 000 francos; dicha suma se elevó a 17 250 francos en 1870. Alliot se subrogó en los derechos de dicha póliza mediante un anexo fechado el 5 de diciembre de 1872, haciendo tasar su ajuar agrícola en 22 500 francos. El ministerio público consideraba tal valoración enteramente desvinculada del valor real. Le reprochaba asimismo haber planeado lucrarse con el cobro de la indemnización para zafarse de sus apuros. Tal era la tesis de la acusación; distaba aún de constituir el juicio de los jurados.

El 17 de diciembre, al mediodía, Alliot se trasladó a Fieulaine para suscribir el suplemento de la póliza relativo a cuatro pajares. Regresó a Étaves hacia las tres con los duplicados de las escrituras. Una hora más tarde, uno de los pajares asegurados pasto de las llamas. El auto de procesamiento sostenía que el siniestro no podía atribuirse a ningún forastero ni a chicuelos que hubieran merodeado por las inmediaciones; añadía que su presencia habría sido delatada por el perro de la masía, el cual solía ladrar ante cualquier desconocido. El expediente no recoge testimonios de chiquillos efectivamente avistados. Al día siguiente, Alliot acudió de nuevo ante el agente para dar parte del siniestro; la gaceta señala que no aportó explicación alguna sobre su origen.

La indemnización concedida tras aquel primer fuego ascendió a 755 francos. Alliot se había comprometido a entregar 200 a Lefranc como anticipo de su deuda por el arriendo, pero no lo hizo. En el razonamiento acusatorio, este pago postergado y los plazos vencidos enlazaban ya las vicisitudes del contrato, la cobertura del seguro y el fuego. Era posible cotejar las fechas y las cantidades; mas estas, por sí solas, no acreditaban quién había encendido la mecha.

La póliza citada en autos cubría los aperos de labranza, las cosechas y la responsabilidad locativa; el anexo amparaba asimismo cuatro pajares. Empero, el primer percance solo había devorado uno, cifrándose la indemnización consignada en 755 francos. El periódico no reproduce el desglose del contrato ni la estimación del pajar antes de la combustión. Los 22 500 francos de ajuar agrícola no representaban, pues, la suma reclamada por este siniestro aislado. La distinción no disipa la sospecha arrojada sobre Alliot; únicamente impide confundir el capital asegurado con la cantidad efectivamente liquidada tras el primer quebranto.

En la noche del 26 al 27 de enero, entre las dos y las tres de la madrugada, estalló otro incendio en las dependencias. Sauvez, vecino de la heredad, vislumbró un resplandor, saltó del lecho presuroso y comprobó el inicio del fuego. Las llamas habían prendido en dos puntos distantes de los graneros, uno paralelo al camino y el otro perpendicular. Los lugareños acudieron en tropel. Cuando la techumbre del granero posterior se vino abajo, las llamas languidecieron por falta de combustible; entre los escombros, los testigos no hallaron restos de mieses calcinadas. A tenor del auto judicial, en aquella nave no se guardaba más que una carreta.

El contenido declarado de los edificios se erigió en pieza clave del alegato acusatorio. Se imputaba a Alliot haber manifestado que el granero del fondo albergaba ochocientos haces de forraje. Respecto al otro, donde aseveraba haber apilado siete mil haces de paja, los testigos dictaminaron que no podía contener más de cinco mil gavillas y que se hallaba vacío en sus tres cuartas partes. El informe pericial, cotejado con el testimonio del atador Camus, estimaba la cosecha de paja en unos 6250 haces; a dicha cifra convenía descontar el alimento consumido por el ganado desde el otoño. La crónica traduce estas discordancias como mendacidades del reo, mas no desmenuza las declaraciones contradictorias ni el cómputo exacto de los peritos.

Los indicios materiales aducidos por la instrucción eran cuantiosos. El can tampoco había ladrado en esta segunda ocasión. Los muros de entramado firme de ambos graneros no mostraban orificio ni hendidura por donde introducir materias incendiarias. El patio se hallaba cercado; para franquearlo, hubiera sido preciso escalar los portones, con riesgo cierto de alertar a la casa. Por último, Hallez sofocó un tercer foco en una edificación menor destinada a establo, inmediata a la cuadra. El fuego comenzaba a consumir un anaquel habilitado como nido para las gallinas y un montó de forraje adosado al tabique. La acusación coligió de la disposición de tales enseres una preparación metódica concebida para propagar el fuego al resto de las fábricas.

Durante el interrogatorio de rigor, Alliot fue incapaz de justificar la primera llamarada. Declaró que se encontraba en el granero en compañía de su criado en el instante en que se declaró. El presidente le afeó su escasa premura por poner a salvo las cosechas intactas y preservar las construcciones colindantes; Alliot replicó que obró en la medida de sus fuerzas y no se retiró sino cuando el peligro hubo cesado.

Por lo que atañe al siniestro de enero, sostuvo que se hallaba acostado cuando sonó la alarma. Puso en duda la simultaneidad de los dos focos en los graneros y no acertó a dar explicaciones convincentes sobre el del cobertizo vecino. La reconvención del presidente incidió entonces en los tres conatos descubiertos en tan breve intervalo: el ministerio público colegía que el incendiario forzosamente conocía el terreno. Alliot respondió: «No fuimos, dijo, ni yo ni mi criado quienes prendimos el fuego». Interrogado sobre el incremento de la póliza, adujo haberlo solicitado con el propósito de ensanchar sus cultivos.

El fiscal sustituto Desjardins sostuvo la acusación; el letrado señor de Grilleau asumió la defensa. La reseña indica que los testigos prestaron declaración, pero omite su nómina y el tenor de sus palabras. El lector de la época no alcanza a vislumbrar, por ende, la totalidad del sumario sometido al jurado. Las columnas exhiben el pugilato de las versiones enfrentadas para luego zanjar el único extremo fáctico que ha llegado hasta nosotros: el jurado respondió negativamente a las preguntas de culpabilidad y Alliot fue absuelto.

La absolución no consiente transmutar en certidumbre jurídica cada suspicacia acumulada por la instrucción. Las fechas de los contratos, los pagarés impagados, los tres focos y el mutismo del perro tejían una trama turbadora para los magistrados encargados del proceso; el veredicto popular recuerda que una conjetura vehemente dista de ser una culpa demostrada. Consumidas las llamas, el juicio no lega al lector la figura de un culpable castigado, sino la exacta medida de lo que la crónica quiso historiar... y del fallo que puso término a su relato.

Nota documental: Gazette des Tribunaux, 8 de junio de 1873, pág. 544, crónica de la sesión del 9 de mayo ante la Audiencia Provincial de Aisne. La mayoría de los hechos e indicios se reproducen a partir del acta de acusación; los descargos de Alliot y el veredicto se consignan de manera independiente. El jurado lo absolvió.

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La fuente original comprende la reseña del proceso de Alliot en la página impresa 544. Reproduce principalmente el acta de acusación, junto con breves pormenores de la vista y el veredicto absolutorio. Las imputaciones de fraude y estrago doloso se transcriben como alegaciones de parte; el jurado absolvió a Alliot.

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