En abril, Enrique VIII había elevado a Thomas Cromwell al rango de conde de Essex y gran chambelán. El 10 de junio de 1540, en el consejo del rey, el duque de Norfolk lo acusó de alta traición. Los guardias lo prendieron en la misma sala; le fue arrancada la insignia de la Orden de la Jarretera y lo condujeron por una puerta falsa hasta una barca. Lo hicieron cruzar el Támesis para ingresar en la Torre por la Traitors’ Gate. Hasta el día anterior, había sido el principal servidor de Enrique, depositario de los asuntos de la Iglesia y del Estado. Permaneció prisionero mientras los lores redactaban un bill de attainder.
Cromwell conocía el favor real como pocos hombres. Borrow lo presenta como hijo de un herrero de Putney; había ascendido hasta las más altas dignidades: vicegerente del rey para los asuntos eclesiásticos, lord del sello privado, chambelán y maestre de los rollos. Mas también había acumulado enemigos, sobre todo en la casa de Howard, donde las rivalidades religiosas y las inminentes nupcias del rey con Catalina Howard añadían una baza decisiva a la lucha por la influencia.
Una cena en Lambeth se había convertido en escenario de semejante rivalidad. Enrique había enviado a Norfolk, a Suffolk y a Cromwell a casa del arzobispo Cranmer para asegurarle su afecto, después de que este se opusiera a los seis artículos religiosos. A la mesa, los duques elogiaron a Cranmer y su elocuencia. Cromwell explicó que el rey escuchaba las quejas contra sus consejeros, pero rehusaba prestar oídos a las dirigidas contra el arzobispo. Comparó luego su propia posición con la de Thomas Wolsey. Norfolk, que había servido a Wolsey, replicó que conocía bien al cardenal. Cromwell le recordó entonces, según Borrow, que él mismo había deseado acompañar a Wolsey a Roma cuando este abrigaba esperanzas de alcanzar el papado. El duque lo negó; Cromwell insistió. La disputa fue apaciguada por los demás comensales, mas la humillación, escribe el compilador, habría quedado grabada en el ánimo de Norfolk.
Cromwell respaldaba la Reforma y había contribuido a mantener a distancia a Enrique y al emperador; Norfolk y el obispo Gardiner, según Borrow, favorecían un acercamiento al papa. El rey se había hastiado de Ana de Cléveris y miraba con interés a Catalina Howard, sobrina del duque. En tal atmósfera, una contienda sobre las reformas doctrinales podía entrelazarse con una querella de familia y de mercedes regias.
El enlace con Ana de Cléveris se había fraguado, no obstante, como un triunfo diplomático. Cromwell propuso a una princesa alemana y Enrique envió a Holbein para retratarla. La imagen complació al soberano; las negociaciones prosperaron y Ana arribó a Inglaterra a finales de 1539. El encuentro personal echó por tierra las esperanzas del ministro. Enrique manifestó su descontento y la unión habría de ser anulada pocos meses más tarde. Sin embargo, este revés no precipitó de inmediato la caída de Cromwell: el título condal otorgado en abril de 1540 llegó tras la venida de Ana. Sus adversarios hubieron de maniobrar aún para transformar el disgusto del soberano en sospecha de traición.
El 17 de junio, los lores presentaron ante el Parlamento un acta de attainder. El texto acusaba a Cromwell de haber liberado a reos detenidos bajo sospecha de traición, otorgado comisiones y pasaportes sin licencia, favorecido a predicadores y libros tenidos por heréticos, y amparado a quienes censuraban la doctrina oficial. Sostenía asimismo que había extorsionado caudales, vilipendiado a la nobleza y amenazado a los pares del reino. A tenor del acta reproducida por Borrow, se le atribuía la frase de que se hallaba «seguro del rey» y la amenaza de desenvainar su espada contra todos si el monarca mudaba de religión.
Uno de los episodios concretos recogidos en el bill habría acontecido el 31 de marzo en la parroquia de St Peter le Poor, adonde varios hombres habían acudido a quejarse de predicadores como Robert Barnes. El acta asevera que Cromwell los defendió y declaró a renglón seguido que, aun cuando el rey cambiara de bando, él no lo haría; habría sacado su daga jurando combatir por dicha causa. Otra amenaza se le imputaba tras una plática en St Martin-in-the-Fields: si los señores lo agraviaban, les serviría un almuerzo que jamás olvidarían. Estas escenas figuraban en el libelo que lo condenaba. Borrow las consigna a título de cargos, no como palabras fehacientes probadas mediante interrogatorio contradictorio.
El bill fue leído ante los lores el 17 de junio y examinado después por los Comunes durante diez días. Estos lo devolvieron con una cláusula que salvaguardaba los derechos territoriales del obispo de Bath y Wells y de su cabildo en una permuta de tierras con Cromwell; el rey otorgó su sanción regia ese mismo día. Dicha reserva de propiedad se hallaba engastada en un texto que confiscaba el resto de los bienes de Cromwell, incluidos los adquiridos con posterioridad al 31 de marzo. En la misma acta, comisiones, pasaportes e intercesiones en favor de cautivos se transformaban en piezas de cargo de una acusación por traición y herejía. El prisionero no fue llamado a responder ante el Parlamento.
El año anterior, Cromwell había promovido el attainder contra Margaret Pole, condesa de Salisbury, y contra Gertrude Courtenay, marquesa de Exeter. Borrow recalca que tampoco ellas habían podido rebatir las acusaciones. El ministro se veía ahora sometido a esa misma modalidad de condena parlamentaria.
Desde la Torre, Cromwell dirigió al monarca una carta que anhelaba poner en sus propias manos. Borrow refiere que Enrique mandó leerla tres veces y se conmovió con ella. Una misiva conservada y citada por Historic Royal Palaces, fechada el último día de junio, concluye con esta súplica: «Muy clemente príncipe, clamo piedad, piedad, piedad». Enrique no le concedió el perdón. Tras casi siete semanas en la Torre, Cromwell fue conducido a Tower Hill.
El 28 de julio, al pie del cadalso, rehusó justificar sus actos, según Borrow. Rogó oraciones por el rey, por el príncipe y por su propia alma, y declaró morir en la fe católica a la vez que repudiaba las doctrinas heréticas que le imputaban. Las crónicas de su ruego epistolar al soberano y de sus postreras palabras se transmitieron por cauces distintos: la carta desde la Torre imploraba clemencia, mientras que la arenga pública no entrañó defensa alguna de su gobierno. Pronunciadas estas frases transmitidas por los testigos, el antiguo ministro fue decapitado.
Su cuerpo regresó al recinto donde había aguardado el perdón. Historic Royal Palaces señala que su cabeza, expuesta en el puente de Londres, fue reunida después con sus restos mortales para su sepultura en la capilla de San Pedro ad Vincula. Thomas More y Ana Bolena, a cuya ruina él mismo había coadyuvado, yacían ya en aquel lugar. El ministro al que los guardias habían conducido por las aguas del Támesis encontraba al fin reposo junto a sus antiguos adversarios.
