Edward Seymour, duque de Somerset y lord protector durante la minoría de Eduardo VI, había gobernado con una autoridad que inquietaba a una parte del Consejo. Había consentido, además, en que su hermano Thomas, lord gran almirante, fuese condenado mediante un bill of attainder. En el relato de George Borrow, aquella decisión señaló el principio de su propia ruina: la muerte del almirante tornó al protector odioso a ojos del pueblo y brindó a sus rivales un nuevo argumento en su contra. Rota la hermandad, la contienda por gobernar en nombre del joven rey prosiguió despojada de uno de sus dos miembros más poderosos.
Los adversarios de Somerset, congregados en torno al conde de Warwick, aprovecharon la ocasión para impugnar su forma de regir el Estado. El duque había mandado demoler una iglesia y dos palacios episcopales a fin de erigir su residencia, Somerset House. Aquel acto suscitó indignación, según Borrow, y circularon rumores sobre otras destrucciones proyectadas. Sus contrincantes lo acusaban asimismo de haber concentrado el poder en sus manos, de haber intimidado a los consejeros y de haber conculcado las normas de gobierno. La querella política se alimentaba así, de manera simultánea, de resoluciones públicas, ambiciones personales y especies propaladas en su perjuicio.
La crisis estalló abiertamente cuando Warwick atrajo a su bando a varios miembros del Consejo y Somerset se retiró de la corte. El protector mandó reunir hombres armados y apostó guardias en las puertas. Condujo al joven rey desde Hampton Court hasta Windsor con una escolta que Borrow describe como un pequeño ejército. Los lores congregados en Londres replicaron asegurándose el dominio de la Torre y lanzando una proclama a los súbditos, en la que acusaban a Somerset de desgobierno y les ordenaban negarle obediencia. El soberano menor de edad se hallaba en el centro de dos facciones que afirmaban obrar por su seguridad.
Se despacharon cartas a Windsor. Los consejeros acusaron a Somerset ante el rey e insistieron en su incapacidad para gobernar. El joven Eduardo se dejó convencer. El duque fue arrestado, trasladado a Londres y recluido en la Torre. Aquella escena clausuró su primer período en el poder. Se le presentaron cargos en los que se le reprochaba haberse extralimitado en las condiciones de su cargo de protector, haber preterido a los consejeros, entorpecido la justicia, manipulado la moneda, atizado desórdenes en torno a los cercamientos y pertrechado a sus partidarios con armamento real. Las imputaciones atañían tanto a los actos de gobierno como al uso de la fuerza.
Somerset no fue ejecutado de inmediato. Perdió la dignidad de protector, la de tesorero y la de mariscal, así como una parte considerable de su patrimonio. Escribió al Consejo para reconocer sus yerros y aseverar que procedían de un juicio erróneo, y no de designio malévolo alguno. Se sometió a la clemencia del monarca. Poco después, Eduardo lo recibió y lo readmitió en el Consejo Privado. Una alianza matrimonial entre la hija del duque y el hijo de Warwick debía sellar la reconciliación. Sin embargo, el nuevo parentesco no desarmó a Warwick.
Al año siguiente, Warwick, ya investido duque de Northumberland, acusó a Somerset de tramar su muerte junto con la del marqués de Northampton y la del conde de Pembroke. Sir Thomas Palmer, allegado de Northumberland, aseveró que el complot debía ejecutarse durante un banquete o bien mientras los lores viajaban con escasa escolta. Evocó asimismo hombres prestos a tomar las armas y supuestos apoyos dentro de la Torre. La crónica menciona al secretario William Cecil, quien refirió una conversación en la que Somerset le habría confesado temer maquinaciones en su contra. Las acusaciones procedían de personas adscritas al bando de Warwick; el texto de Borrow no las presenta como pruebas incontestables.
El duque fue conducido de nuevo ante sus pares, en Westminster. El marqués de Winchester presidió en calidad de lord gran senescal, mientras veintisiete pares tomaban asiento en el tribunal. Somerset se declaró no culpable y se remitió al juicio de sus iguales. La acusación se dividía en cinco capítulos: haber reclutado hombres en el norte; haberse concertado para matar a Northumberland; haber resistido a su arresto; haber causado la muerte de hombres de armas; y haber acometido a los lores o conspirado para quitarles la vida. El proceso debía dirimir si tales actos constituían delito de traición o algún otro crimen.
La defensa careció de asistencia letrada, pese a la complejidad jurídica del litigio. Los jurisconsultos de la Corona sostenían que el reclutamiento de tropas, la intención de matar a consejeros y la resistencia al arresto podían tipificarse como alta traición o delito grave. Varios pares rehusaron asimilar cualquier querella entre súbditos al crimen de traición. El propio Northumberland habría declarado que jamás consentiría en calificar de traición una tentativa dirigida contra su propia persona. Las opiniones se dividieron, revelando que el linde entre la rebelión contra el rey y la violencia de facciones distaba de ser tan nítido como pretendía la acusación.
El veredicto absolvió a Somerset de traición, mas lo declaró culpable de felonía. La multitud expresó primero su júbilo, pero enmudeció al enterarse de que la pena capital se mantenía. Aquella distinción jurídica no carecía de peso: el jurado de los pares no ratificaba el cargo capital en su grado más severo. Borrow refiere que muchos creían que una condena por felonía, sin que mediara un homicidio probado, no debía acarrear la muerte de un deudo tan próximo al monarca. No obstante, la resolución política pertenecía a quienes gobernaban el acceso al joven soberano.
El rey fue cercado por sus consejeros y apartado de los ruegos interpuestos en favor de su tío. Los adversarios de Somerset le recordaron que ya había causado la muerte de su propio hermano y que ahora planeaba dar muerte a los principales nobles del reino. Según Borrow, los asuntos de Estado y las diversiones palaciegas lo mantuvieron ajeno a la suerte del duque. Absuelto de traición pero condenado por felonía, Somerset fue sentenciado a la decapitación y ejecutado en Tower Hill el 22 de enero de 1552. Una muchedumbre lloró su muerte; algunos empaparon sus pañuelos en su sangre para conservar una reliquia. Borrow prolonga la estampa con una memoria de venganza: cuando Northumberland fue conducido a su vez cautivo a través de Londres, una mujer se adelantó blandiendo ante sus ojos un lienzo manchado con la sangre de Somerset, reprochándole la muerte del duque. El paño recogido al pie del cadalso se había trocado en una acusación que el vencedor caído ya no podía silenciar.
