Dos sábados consecutivos, el rey Guillermo III renuncia a salir de caza. Para Robert Charnock y los hombres que lo aguardan en las inmediaciones de Brentford, esta alteración de los planes desbarata el atentado antes de que puedan perpetrarlo. En el juicio, por consiguiente, la causa no versa sobre un magnicidio consumado, sino sobre conciliábulos clandestinos, listas de jinetes y el testimonio de hombres que ya han confesado su propia culpabilidad.
Charnock, Edward King y Thomas Keys comparecen ante el tribunal de Old Bailey el 11 de marzo de 1696 acusados de alta traición. La Corona les atribuye un plan encaminado a dar muerte al monarca y derrocar su gobierno. Cuarenta jinetes debían apostarse en una angosta vereda entre Brentford y Turnham Green, emboscar la carroza real a su regreso de la cacería y abatir a la escolta. Según los testigos de cargo, el regicidio debía despejar el camino a una invasión francesa destinada a restaurar en el trono a Jacobo II.
La trama urdida por la acusación se remonta al año precedente. Ya se habían celebrado reuniones preliminares, pero la partida del rey a Flandes y la falta de un navío para asegurar la fuga obligaron a suspender la empresa. La conspiración recobra brío con la llegada desde Francia de sir George Barclay y varios oficiales. Los conjurados celebran reuniones en tabernas y posadas londinenses, sopesando diversos parajes para la celada: Richmond, Kew y, en última instancia, el camino que media entre Brentford y Turnham Green.
El plan expuesto en la sala de audiencias distribuye con precisión los cometidos. Barclay debía encabezar el asalto directo a la carroza. Charnock y el capitán Porter dirigirían el ataque contra los guardias de corps, mientras un tercer destacamento cubriría los flancos. Era preciso reunir unos cuarenta caballos, alojar a los conjurados en pequeños grupos dispersos por distintas hospederías y apostar a dos vigías en Kensington para alertar a los cabecillas en cuanto Guillermo partiese. Según los autos de la acusación, los conjurados habían efectuado incluso un minucioso reconocimiento del terreno.
La primera fecha señalada es el 15 de febrero. Los hombres se aprestan para el golpe, pero un emisario advierte que el soberano no saldrá de palacio. La cita queda aplazada. Una semana después, se reanudan los preparativos: los conjurados se congregan, circulan las listas y se confía a uno de ellos un fusil capaz de disparar varios proyectiles. Al mediodía, un nuevo aviso frustra la tentativa: el rey tampoco saldrá ese día. La guardia regresa a sus puestos, las carrozas son devueltas a las caballerizas y los miembros de la partida se dispersan; algunos buscan de inmediato un escondite.
Porter constituye el testigo de cargo fundamental. Reconoce su participación en el complot y detalla los lugares, las conversaciones y el reparto de funciones. Afirma que Charnock lo instó a reclutar hombres. Los rebeldes pretendían restaurar a Jacobo II, convencidos de que a la muerte de Guillermo seguiría un desembarco de tropas francesas. No obstante, Porter tiene motivos sobrados para declarar: tras confesar su propia culpa, su única esperanza de salvar la vida estriba en incriminar a sus antiguos compañeros.
Charnock funda en ello el núcleo de su defensa. Sostiene que Porter no es sólo un cómplice convertido en testigo, sino un hombre cuya cabeza depende de la acusación que está tejiendo. Los restantes testimonios adolecen de idénticas flaquezas. De la Rue se limita a relatar conversaciones y conjeturas; Pendergrass corrobora la existencia de reuniones, si bien admite que no se le desvelaron los fines últimos de ciertas tramas. Bentham asegura que Charnock le habló de «apresar al rey», expresión que el acusado niega haber proferido. El tribunal deja al albedrío del jurado la credibilidad de tales delatores, pero dictamina que sus declaraciones son procesalmente admisibles.
Charnock no desmiente haber recorrido aquellos parajes a caballo con otros hombres ni haber concurrido a reuniones políticas. Lo que impugna es la prueba de haber intervenido en un plan concreto de asesinato. Afirma no haber visto jamás despacho ni comisión firmada por Jacobo II y sostiene que los testigos suplen con meras palabras la absoluta carencia de hechos materiales. La cabalgada bien pudo ser un paseo inocente; la frase «apresar al rey» resulta ambigua, y los testimonios sobre quiénes asistieron a cada cita incurren en flagrantes contradicciones.
Edward King alega por su parte que cabalgó con Porter y Knightley con el único propósito de tomar el aire. Niega que De la Rue le confiara designio homicida alguno y hace notar que los testigos de cargo omiten precisar la naturaleza exacta de la «empresa» que debatían. Thomas Keys arguye que no era sino el criado de Porter y que se limitaba a acatar sus órdenes. El magistrado replica que la obediencia servil no exime de culpa si el jurado aprecia que Keys conocía los designios criminales. En los autos consta que adquirió monturas y presenció varios de los encuentros.
El debate estrictamente procesal vertebra así toda la defensa. A los reos se les ha negado copia del pliego de cargos y la asistencia letrada; la sala dictamina que el flamante estatuto que reconoce tales garantías procesales no ha entrado aún en vigor. Charnock invoca en vano el espíritu de equidad de dicha reforma. El tribunal se muestra inflexible. Los acusados rebaten asimismo la validez probatoria de antiguos cómplices, pero el juez reitera que la ley los admite y que corresponde en exclusiva a los jurados tasar el peso de sus dichos.
En sus instrucciones al jurado, el magistrado deslinda las meras palabras de los auténticos actos preparatorios. Las frases desvinculadas de un plan carecen de relevancia penal, aclara; mas seducir a un hombre para sumarlo a la conjura, allegar medios y planificar una emboscada constituyen actos manifiestos que revelan una inequívoca intención criminal. Expone tanto la norma sustantiva como su aplicación a las reuniones clandestinas, a la distribución de las partidas y a la exploración de los caminos.
Los tres hombres son declarados culpables de alta traición. Los tres son ajusticiados en Tyburn el 18 de marzo de 1695-1696. En el memorial redactado antes de morir, Charnock confiesa haber secundado el ataque proyectado contra el príncipe de Orange y sus guardias, mas niega de plano haber tenido noticia de orden alguna de Jacobo II que sancionara el magnicidio. Edward King declara asimismo no haber visto jamás mandamiento real, admitiendo tan sólo haberse dejado arrastrar por su propia temeridad. Tales declaraciones no revocan el fallo, pero deslindan la iniciativa de una facción de una orden soberana o de una conjura general que ambos reos niegan hasta el cadalso.
En la vereda donde pretendían apostarse jamás fue asaltada carroza alguna. Bastaron unas listas de jinetes y el testimonio de antiguos camaradas para conducir a los tres hombres a Tyburn. El criado Keys, que alegó no haber hecho sino obedecer a su amo, pereció junto a los dos caballeros; Porter, el señor que mudó de bando ante el estrado, había tomado un camino muy distinto para salvar el cuello.
