En Nápoles, una carta llegada desde Rusia promete a Alejo el perdón de su padre. El zarévich ya ha huido de la corte y abandonado el país; comprende con lucidez que el regreso lo pondrá de nuevo a merced de Pedro el Grande. Sin embargo, emprende la vuelta. En esa determinación se anuda la tragedia: el primogénito renuncia a la corona, pero su padre no cree que la renuncia baste para neutralizar a un rival.
La fractura es antigua. Pedro ambiciona forjar en su hijo a un heredero capaz de regir el imperio que él mismo transforma a golpe de guerras y reformas. Alejo replica que carece de la salud y las disposiciones necesarias. Una carta de 1715, citada por Borrow, reviste este abatimiento de forma oficial: Alejo suplica ser relevado de la sucesión y se compromete a no reclamarla jamás. Encomienda asimismo sus hijos al zar y solo pide lo indispensable para vivir. El texto parece zanjar la cuestión; revela, ante todo, a un príncipe que busca zafarse de una carga que se juzga incapaz de sostener.
Pedro no admite semejante paz privada. Exige una resolución terminante: o bien Alejo renuncia públicamente y profesa en un monasterio, o bien asume su lugar en la línea sucesoria aprendiendo el arte de gobernar. El hijo promete responder. Mas, en lugar de regresar junto a su padre, abandona Rusia con un puñado de allegados y marcha hacia Viena, para alcanzar luego Nápoles. Cree hallar allí un refugio lejos de la corte. La distancia nada resuelve: su sola estancia en el extranjero deviene asunto de Estado, y su entorno no hace sino avivar las sospechas de Pedro.
En Nápoles, los emisarios del zar no se presentan de vacío: Pedro envía al consejero Tolstói y al capitán de la guardia Románov con su misiva. El pliego asegura que Alejo no será castigado si acata la orden y regresa, pero añade la amenaza de maldecirlo como hijo y tratarlo como súbdito indigno si desobedece. A juicio de Borrow, esta promesa hace posible el retorno; no suprime, empero, el abismo que media entre quien la redacta y quien se ve obligado a creer en ella. Alejo abandona Nápoles junto a los enviados y emprende el viaje a Moscú, donde el poder ya le aguarda.
De vuelta en 1718, Alejo formaliza la renuncia a sus derechos en favor de su joven medio hermano Pedro. Revela asimismo los nombres de cuantos le prestaron auxilio durante la fuga. El perdón, sin embargo, no clausura la investigación: sus antiguos vínculos se convierten en el combustible de nuevos interrogatorios.
Los emisarios del zar habían empeñado su palabra de perdón, pero, tras las primeras audiencias, Pedro exige a Alejo que desvele hasta el último pormenor de su huida y la identidad de sus partidarios. El príncipe debe comparecer ante los ministros y los estados del reino, no en la intimidad de una conversación paterna. Los documentos son leídos ante la asamblea; a renglón seguido, se examinan las leyes religiosas, civiles y militares para determinar los castigos prescritos. Las actas retratan a un Alejo desconcertado, acaso demasiado presuroso al confesar. Este cuadro nos llega a través de los testimonios compilados por Borrow.
Borrow describe los interrogatorios como el paulatino desvelamiento de una conjura. Alejo reconoce contactos y confidencias; sus declaraciones, arrancadas bajo la presión de la pesquisa, son esgrimidas contra su círculo cercano. El hijo que solo imploraba medios para subsistir se ve forzado a delatar a quienes le auxiliaron. La crónica, con todo, no permite corroborar de forma independiente la existencia de la trama organizada de la que se le acusa.
El escenario se traslada entonces de las dependencias del zar a un tribunal de jueces y dignatarios. Se encomienda a esta asamblea dictaminar sobre la culpabilidad de Alejo y fijar la pena correspondiente. Su rango no lo sustrae a la justicia; al contrario, confiere al desenlace un carácter ejemplarizante. El fallo impone la pena de muerte. Alejo ya había renunciado al trono, pero esa abdicación no disipó el recelo que infunde un heredero vivo, rodeado de potenciales partidarios y vinculado a una concepción antagónica de los destinos del reino.
La sentencia aparece rubricada por ciento ochenta dignatarios, entre los que Borrow enumera a ministros, senadores y oficiales de alta graduación. El dictamen arguye que la sola ideación de una rebelión y de un parricidio es merecedora de la muerte; ensalza al zar como a un padre magnánimo y tacha a Alejo de sucesor pernicioso. El escrito constituye, de este modo, tanto un fallo judicial como un alegato en favor de la conducta de Pedro. Sometida a la revisión soberana del monarca, la sentencia es leída al príncipe. Borrow relata que Alejo se derrumba, suplica el perdón de su padre y apenas logra escuchar la lectura íntegra. Recoge asimismo el rumor de un veneno impregnado en el pergamino, sin aportar prueba concluyente. Este pasaje fija una cronología para la muerte de Alejo, mas no una causa incontrovertible.
El desenlace sobreviene antes de que la pena pueda ejecutarse en plaza pública. Borrow refiere que Alejo perece bajo custodia poco después de conocerse el fallo. Las versiones sobre sus últimos momentos divergen y la causa exacta sigue envuelta en incertidumbre. Algunos testimonios de la época evocaron una muerte violenta; la cronología sobre Pedro el Grande publicada por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) indica que la causa continúa siendo desconocida. La sospecha del veneno no pasa de ser una hipótesis. El tribunal había decretado la muerte; la prisión siega la vida de Alejo antes de que se consume el espectáculo público del patíbulo.
Tras el óbito, el zar dispone que los restos sean expuestos durante tres días en la iglesia de la Trinidad, en un féretro abierto y revestido de terciopelo. Numerosos habitantes acuden a contemplar al príncipe y besar su mano; más tarde, el cortejo lo traslada a la nueva iglesia de la fortaleza, donde recibe sepultura en el panteón imperial. Semejante ceremonial contrasta vivamente con la celda, el proceso y la lectura de la condena. Restituye a Alejo la dignidad principesca para las exequias fúnebres, mas sin revocar la sentencia ni despejar las sombras que rodearon su muerte.
La crónica suscita una interrogante que trasciende el destino individual de un príncipe: ¿en qué instante una renuncia deja de ser una elección íntima para tornarse en amenaza de Estado? Alejo huyó porque rehusaba gobernar; Pedro exigió su vuelta porque un heredero no podía desvanecerse sin rendir cuentas. Cuando el hijo regresó, el poder transformó sus confidencias y sus pasos en materia procesal. El perdón le abrió las puertas del retorno, pero no garantizó la libertad de quien cometió el error de creer en él.
