El muchacho se había marchado a recoger fresas. Cuando regresó hacia el roble bajo el cual su amo se había echado a descansar, se cruzó con un hombre que se alejaba y le mostró el puño en alto. La amenaza aún no le explicaba lo que acababa de suceder; ya le prohibía, sin embargo, hablar de ello. Unos pasos más allá, Jules Devauversin encontró al arrendatario Drouot inmóvil. Lo llamó sin obtener respuesta. A sus catorce años, el joven criado se convertía en el testigo a quien un adulto había querido, antes de cualquier pregunta, imponer el silencio.
Drouot explotaba una granja en Jubercy, en el departamento de Marne. Aquella mañana de 1827, había enviado a Jules a llevar tres caballos a pacer a la reserva del término municipal de Oger. Se había reunido con él media hora más tarde, acompañado de su perro, y luego se había tendido al pie de un árbol. El muchacho le había pedido permiso para apartarse unos instantes. Todo pertenecía aún a la labor ordinaria de la granja: vigilar los animales, aprovechar un descanso, regresar cuando el perro ladraba. Fue al oír al animal cuando Jules emprendió la vuelta.
Jules podía poner nombre a aquel hombre: Martin Coutier. Lo había visto alejarse del roble, lo bastante cerca como para recibir su ademán y oír su conminación. Pero el muchacho no había presenciado el golpe. Toda la dificultad de su posición radicaba en esa diferencia. Lo que sabía hacía de él un testigo precioso; lo que ignoraba dejaba a la investigación una labor que ni su espanto ni la violencia de las palabras recibidas podían suplir. Drouot ya no respondía. El muchacho tendría que responder por él, sin atribuirle los últimos instantes que no había presenciado.
Drouot había recibido un golpe mortal en la cabeza. Su esposa llegó junto al cadáver y habló de una suma prometida por matarlo. Mencionaba cien escudos. Un guardabosques, Boulé, refirió haberle oído decir que su marido le había hablado de esa amenaza la víspera por la noche. Así, el hallazgo no solo suscitó nuevas sospechas; hizo reaparecer palabras que algunos afirmaban haber escuchado antes del crimen. Era preciso determinar quién había propuesto qué, a quién, y distinguir una amenaza proferida de un pago efectivamente realizado.
Por la tarde, el yerno del difunto, Remi Chiquet, se presentó a su vez. De inmediato mostró inquietud por lo que pudiera pensarse de él. Alguien le recordó que había amenazado a su suegro; él respondió que no había salido en toda la mañana. La viuda añadió una observación sobre una propuesta hecha a Martin Coutier, antes de interrumpirse. Aquellos intercambios, preservados por el cronista, orientaban la atención hacia una relación entre ambos hombres. No bastaban todavía para explicar sus respectivos papeles. Uno había sido visto junto al cuerpo; el otro había deseado públicamente la desaparición de quien allí yacía.
La historia familiar se remontaba al matrimonio del 10 de abril de 1826. Chiquet se había casado con Émilie-Arsène, la única hija de Drouot, que contaba entonces con dieciséis años y algunos meses. Los jóvenes esposos debían participar en las labores y recibir alojamiento y comida en la granja. La crónica describe a continuación el afán del yerno por ocupar el lugar del arrendatario, quien no tenía intención alguna de retirarse. El techo común y el trabajo compartido no garantizaban, por tanto, concordia alguna sobre el porvenir. Lo que uno consideraba una sucesión inminente seguía siendo, para el otro, una explotación que todavía gobernaba.
Las disputas habían ido más allá de los reproches. El relato da cuenta de que, durante una riña, Chiquet había empuñado un hacha para amenazar a Drouot. Este le había opuesto la presencia del joven criado, que podría delatarlo. El yerno se habría encarado entonces con Jules esgrimiendo un cuchillo, pero el muchacho, al oírlo, había huido. En aquel episodio, recogido entre los cargos, la presencia del muchacho había bastado para desviar hacia él la furia del yerno. Al pie del roble, la amenaza de Coutier volvía a situarlo en el mismo y peligroso lugar: entre lo que un hombre había hecho y lo que otro pudiera llegar a saber. Su corta edad no lo había resguardado de ninguno de los dos.
La hija de Drouot también fue señalada. Se le atribuían injurias y amenazas, así como su concurso en la marcha del matrimonio tras apoderarse de dinero y ropas del armario de la granja. La fuente refiere tales conductas con una hostilidad manifiesta hacia una hija enfrentada a su padre. El expediente judicial que resume impone, sin embargo, otra precisión: el auto que procesaba a Émilie-Arsène fue revocado. Ella no compareció entre los tres acusados. El hijo, el hermano, la esposa: los lazos que unían a las personas bajo el mismo techo no bastaban para asignarles un mismo lugar ante los jueces.
Las actuaciones condujeron ante el tribunal de lo penal de Marne a Martin Coutier, a Remi Chiquet y al hermano de este, Magloire. Coutier comparecía acusado de haber cometido el homicidio con premeditación. Se procesaba a los hermanos por haber provocado el crimen mediante promesas y haber facilitado las instrucciones necesarias. Esta distribución explica por qué la defensa consistente en no haber abandonado el domicilio no desvirtuaba la totalidad de la acusación dirigida contra Remi. La cuestión no residía únicamente en saber quién se hallaba junto al árbol; concernía asimismo a cuanto pudiera haberse acordado antes de la partida de Drouot.
Coutier reconoció que Remi Chiquet le había formulado una proposición, mas sostuvo haberla rechazado. El yerno negó haberla hecho jamás. Entre ambas posturas, el desacuerdo era tajante: uno admitía las palabras negando su ejecución; el otro borraba hasta la existencia de la conversación. Coutier alegó por su parte una coartada que, según la crónica, no pudo justificar. La ausencia que esgrimía chocaba con el relato de Jules, cuyos pasos lo habían devuelto hacia el árbol en el peor momento para el fugitivo. Aquel muchacho que había salido a buscar fresas no tenía motivo alguno para prever un encuentro tan grave; el hombre que lo había amenazado, en cambio, había medido de inmediato cuánto podía costarle.
El proceso se abrió el 6 de agosto de 1827 y los debates se prolongaron durante tres días. La acusación se mantuvo contra Coutier y Remi Chiquet, pero el ministerio público desistió de ella en cuanto a Magloire. El texto no reproduce una sentencia separada que pormenorice el destino de este último; permite constatar, en cambio, que los dos acusados principales fueron declarados culpables y condenados a muerte. Resultaría inexacto hacer extensiva dicha condena al hermano, del mismo modo que lo sería incluir en ella a la esposa. En un asunto de familia, el parentesco aproxima los nombres sobre el papel; jamás exime de separarlos en el veredicto.
El relato concluye con la actitud de los dos condenados al darse lectura a la sentencia. Nada refiere de sus recursos ni de su ejecución. La pena capital constituye, por tanto, el último acontecimiento judicial que este capítulo nos permite aseverar respecto a ellos. El cronista se complace en destacar sus semblantes; lo que aquí importa más es el itinerario recorrido por la acusación, desde el hombre divisado junto a un árbol hasta el designio de un yerno impaciente por reemplazar a su suegro. Las pesquisas habían debido enlazar ambos extremos, sin confundir a los testigos de cada uno.
Jules Devauversin no obtuvo ningún capítulo sobre su vida tras el proceso. Tan solo sabemos que había llamado a su amo y que este no había respondido. El caso conserva así la figura de un muchacho a quien dos hombres, en momentos distintos, habían pretendido imponer el silencio. El labrador había invocado antaño su presencia como una protección; no llegó a salvarlo. Sin embargo, cuando hubo que relatar cuanto había rodeado su muerte, la amenaza proferida contra el criado se transformó, ella misma, en una palabra que la justicia debía escuchar.
