Cerca de la Picota, el 16 de junio de 1768, dos muchachos pasaron ante la tienda de la viuda Desneux. Uno de ellos retuvo su mirada. Lo llamó y le hizo algunas preguntas; las respuestas no le revelaron nada, pero su voz la afianzó en un reconocimiento al principio incierto. Era, creyó ella, su ahijado, el hijo de su sobrina Noiseu, desaparecido casi dos años antes. Lo tomó en brazos y exclamó: «He encontrado a mi ahijado». A su alrededor se congregaron las mujeres de la tienda. Entonces Desneux recordó la cicatriz del muslo izquierdo y la halló en el sitio exacto.
La señal pareció decisiva. El compañero del pequeño declaró llamarse Bouville y dijo que el niño estaba pupilo en casa de su padre. Se mandó llamar a este; el muchacho regresó acompañado de su madre. Ella explicó que una lavandera llamada Girandal había puesto al niño a cargo de los Bouville seis semanas atrás, con la advertencia expresa de que no lo dejaran salir. Aquella salida, aseguró, era la primera. Se avisó a la mujer de Noiseu; acudió presurosa, reconoció a su hijo y señaló a su vez la cicatriz. Supo entonces que acababan de descubrirla. La alegría de la madre, tal como la describe Champagnac, fue la de una larga espera que acababa de encontrar su rostro.
Desde el 13 de agosto de 1766, Jean-François Noiseu y Catherine-Anne Daunery buscaban a su hijo menor. Oficial albañil, Noiseu trabajaba con afán para alimentar a una familia numerosa. Quince hijos habían nacido de su matrimonio; le quedaban cinco. François-Michel, el benjamín, había nacido el 22 de diciembre de 1762 y había sido bautizado en Saint-Jean-en-Grève. Enviado con una nodriza a Normandía, había regresado a los dieciséis meses. Una fiebre maligna lo aquejó poco después; sor Jollin le había practicado una sangría en el brazo derecho. Más tarde, un tumor en el muslo izquierdo fue atendido por el cirujano Fromont, quien le aplicó curas por caridad. Sanó al cabo de seis semanas, pero dejó una cicatriz harto visible.
El día de su desaparición, René, de doce años, y Marie, de diez, habían recibido permiso para pasear a su hermano pequeño. Llegaron al muelle de la Infanta y se detuvieron ante unos volatineros. La muchedumbre les impedía ver el estrado; se abrieron paso a empujones y François no pudo seguirlos. Absortos por el espectáculo, los mayores no advirtieron de inmediato que el pequeño ya no estaba a su lado. Al volverse, lo buscaron entre los buhoneros. Uno de ellos les confió haber visto a una mujer apartar a un niño de entre la multitud y llevárselo en dirección al Pont-Neuf.
Los dos hermanos corrieron hasta allí y luego regresaron a casa sin él. Su madre les preguntó dónde estaba; el llanto precedió a las explicaciones. Salió ella a su vez hacia el muelle de la Infanta y el Pont-Neuf, interrogando a los transeúntes y desandando sus pasos una y otra vez. Al día siguiente, los padres mandaron tocar el tamboril, anunciar la pérdida del niño durante el sermón parroquial y fijar carteles en los pórticos de las principales iglesias. Solicitaron asimismo al comandante de la guardia que hiciera prender a los mendigos a quienes se hallara con un niño parecido al suyo.
Nada lo trajo de vuelta. La mujer de Noiseu recorría los barrios implorando noticias de su hijo a cuantos encontraba; su aflicción, refiere la crónica, amenazaba con hacerle perder el juicio. Durante casi dos años, el nombre de la criatura y la marca de su muslo permanecieron en el hogar como dos señas indelebles de una ausencia. Hasta que, una tarde, el reconocimiento de la madrina pareció cancelar esa honda distancia. Los vecinos presenciaron cómo una madre recobraba a su hijo, y se condujo a las mujeres ante el comisario Percheron.
Llegó también la mujer de Girandal. Quiso reclamar al niño y sostuvo que llevaba dos años cuidándolo a espaldas de su marido. La mujer de Bouville había declarado que se lo habían confiado seis semanas antes; ambos periodos trazaban las etapas de su custodia según el relato de las mujeres. La concurrencia se encrespó; la guardia trasladó a las mujeres ante el comisario. Percheron mandó llamar al padre Noiseu. Este reconoció al niño e invocó la cicatriz; exigió que compareciera el marido de Girandal, pero ella se negó a hacerlo venir. A la luz de los hechos expuestos, el comisario entregó provisionalmente al muchacho a los Noiseu, con la obligación de presentarlo ante la justicia cuando fuera requerido.
El júbilo duró poco. La viuda Labrie se presentó a su vez ante el teniente de policía y reclamó al mismo niño como su propio hijo. El magistrado remitió a las partes a los tribunales ordinarios. El 4 de julio de 1768, Charlotte Marchand, viuda de Jean-Pierre Labrie, interpuso demanda de restitución del menor contra los Noiseu. A partir de ese instante, la cicatriz que había coronado las pesquisas de los Noiseu ya no bastaba: era preciso examinar dos historias de maternidad, dos itinerarios de infancia y a cuantas personas habían tenido al pequeño bajo su custodia.
La primera sentencia del Châtelet, dictada el 30 de septiembre tras alegatos y memoriales impresos, confirmó de manera provisional la entrega del niño a los Noiseu. La madre bien pudo creer que sus zozobras tocaban a su fin. El 22 de marzo de 1769, una nueva sentencia ordenó, por el contrario, que el muchacho fuera restituido de inmediato a la viuda Labrie. Los Noiseu se desmayaron al oírla, según refiere la crónica; recobrado el aliento, decidieron apelar ante el Parlamento e interpusieron el recurso al día siguiente.
Los pormenores corporales, reunidos hasta entonces en torno a una única cicatriz, comenzaron a divergir. La viuda Labrie había declarado que su hijo tenía los pies cortos y achatados, con los dedos contiguos al pulgar unidos; el muchacho confiado a los Noiseu carecía de semejante rasgo. Su hijo había padecido viruela en dos ocasiones; el joven Noiseu nunca la había contraído. Este último lucía en el brazo derecho la marca de la sangría practicada tras su fiebre, mientras que el vástago de Labrie jamás había sido sangrado. Estas diferencias, que el cronista califica de llamativas, obligaban a sopesar tales indicios al tiempo que la idéntica herida que en un principio había convencido a Desneux y a los esposos Noiseu.
El relato de Labrie conducía los pasos del niño hacia Boissette, cerca de Melun. Viuda tras la muerte de su esposo, albañil de oficio, se había retirado junto a su familia con sus dos hijos. El menor, nacido tras el fallecimiento del padre el 30 de mayo de 1762, había sido bautizado como Marie-Germain. Estando aún en la cuna, padeció un tumor en el muslo izquierdo; se formó un absceso que sanó y dejó su propia cicatriz. En París, las dos marcas que se habían creído singulares se revelaban gemelas.
En el mes de marzo de 1768, la viuda Labrie había acudido con su hijo a casa de Girandal, lavandero y marido de una de sus tías. Encontró colocación para atender a una persona enferma en Pantin y dejó al niño en aquella casa. Su propia madre condujo luego al pequeño a Melun, pero no pudo retenerlo allí. El 26 de abril regresó a París; el 1 de mayo, la mujer de Girandal lo alojó con los Bouville, donde debía permanecer hasta noviembre. Fue allí donde se le vio pasar cerca de la Picota, y donde el azar cruzó en su camino a la madrina de otro niño desaparecido.
En las audiencias, la viuda Labrie prorrumpía en llanto y no pocos asistentes juzgaban que el niño guardaba con ella un vivo parecido. Los Noiseu, por su parte, habían creído reencontrar en él las facciones, la voz y la cicatriz del hijo arrebatado. Champagnac señala que ambas mujeres mostraban la misma buena fe y la misma ternura. No se trataba de una madre enfrentada a una ladrona de niños: los autos sacaban a la luz dos pérdidas y un único muchacho, cuya filiación se disputaba en medio de adultos sinceramente apegados a él.
El 19 de febrero de 1770, el Parlamento confirmó la sentencia que adjudicaba al niño a la viuda Labrie. La resolución dirimió la posesión del menor; no devolvió a los Noiseu el hijo perdido en 1766. La cicatriz, que había reavivado su esperanza, pertenecía también al hijo de Labrie. El cronista encomia la ternura de ambas mujeres, mas no puede fundir a los dos niños en un mismo destino; tampoco reproduce los fundamentos pormenorizados del Parlamento.
Así, un reconocimiento puede ser sincero y, sin embargo, erróneo. La madrina había visto una cicatriz que sabía buscar; una madre había creído reconocer en un menudo semblante al hijo al que clamaba desde hacía cerca de dos años; otra había reclamado a aquel a quien dejó en París cuando hubo de partir hacia Pantin. Al término de los estrados, el niño fue entregado a Labrie. Para los Noiseu, pervivió la pérdida que había comenzado en aquel muelle, y ninguna sentencia judicial podía enmendar el instante en que René y Marie se adelantaron hacia los volatineros sin él.
