En Yorkshire, John Palmer se presentaba como carnicero y afirmaba pertenecer a una familia arraigada en Long Sutton, en el condado de Lincolnshire. Hacía algún tiempo que residía en Brough y Welton, compraba y revendía caballos y, en ocasiones, acompañaba en sus cacerías a los caballeros de los contornos. Cierto día de octubre de 1738, disparó contra el gallo de su arrendador. Un vecino le afeó el tiro. Palmer replicó que más le valía permanecer donde estaba mientras él recargaba su arma. El vecino acudió a denunciar la amenaza; el dueño obtuvo una orden de arresto y Palmer hubo de comparecer ante los magistrados de Beverley.
Todavía estaba en condiciones de dar cuenta de sus caballos y de sus idas y venidas. Alegó que había abandonado Long Sutton acuciado por las deudas, tras la compra de unas ovejas que resultaron enfermas, y que se había establecido en Yorkshire. Los jueces despacharon una carta a Lincolnshire para comprobar sus declaraciones. El resultado de las pesquisas echó por tierra su versión: Palmer había sido perseguido por hurto de ovejas y caballos, su padre no vivía donde él aseguraba y varios lugareños podían testificar en su contra. Con los grilletes puestos y bajo escolta, fue trasladado a la prisión del castillo de York.
Pocas semanas más tarde, dos hombres acudieron a reclamar una yegua y su potrilla, vendidas por Palmer a un capitán, así como el caballo a lomos del cual el recluso había llegado a Beverley. Aseguraron que los animales habían sido robados en Lincolnshire. El preso se hallaba confinado al principio bajo un nombre fingido; mas no hubo que aguardar al juicio para que antiguos vecinos del sur reconocieran en él a Richard Turpin, el forajido perseguido por sus asaltos en los caminos reales. En marzo de 1739 compareció ante el tribunal de York, acusado esta vez de robo de caballos. El veredicto no dependió tan sólo de su notoriedad: dos testigos llegados de Essex se presentaron para certificar su identidad.
James Smith había conocido a Turpin de niño y le había enseñado a escribir. Una carta dirigida a un cuñado del reo, pero con el matasellos postal de York, había llamado poderosamente su atención. Smith declaró haber reconocido la caligrafía de Turpin; ya en el castillo, identificó de inmediato al hombre tras los barrotes. Edward Seward, que había comprado carne al joven carnicero y lo había frecuentado en Hampstead, manifestó asimismo haberlo reconocido durante una visita a la prisión; identificó a Turpin como el hijo de John Turpin, posadero del Bell en Hampstead. Turpin negó conocer a Seward, mas acabó por admitir, al parecer, que conocía a Smith. El nombre de John Palmer ya no podía ampararlo.
La crónica de Borrow se remonta a renglón seguido a sus años de cuadrilla y de fechorías, a partir de su aprendizaje de carnicero. Turpin figura en ella, primeramente, en la órbita de una partida de cuatreros en Essex. Los hombres asaltaban moradas, se apoderaban de cabalgaduras y caudales, y a menudo recurrían a la violencia para forzar a hablar a sus víctimas. Con ocasión de un robo en casa de una anciana en Laughton, refiere Borrow que la partida la torturó junto al fuego con el propósito de descubrir dónde ocultaba cuatrocientas libras. Otro asalto perpetrado contra un hacendado procuró un botín aún más crecido. Estas escenas no se refieren a modo de crónica judicial pormenorizada: configuran el retrato retrospectivo de un sujeto a quien el relato describe pasando del abigeato a los atracos a mano armada.
La partida se disolvió cuando su subsistencia se tornó en extremo peligrosa. Una cita concluyó en desastre porque Turpin, que había bebido en exceso, no compareció a la hora convenida. Los demás arremetieron sin él contra la vivienda del guardabosques Mason: lo molieron a golpes y saquearon su morada. Meses más tarde, tras el robo en casa del granjero Francis, varios alguaciles y rastreadores sorprendieron a distintos miembros de la banda congregados en una hostería de Westminster. Fielder, Rose y Wheeler fueron prendidos tras ofrecer resistencia; Turpin logró evadirse por una ventana y montó a caballo. La huida lo tornó más solitario, pero también más difícil de acorralar. Mudaba de refugio, andaba armado y, en adelante, debía elegir por sí solo dónde pasar la noche.
Topó entonces con otro salteador de caminos, Tom King. Borrow atribuye a su encuentro un singular preámbulo: Turpin habría pretendido desvalijar a King, antes de que este se diera a conocer como cofrade del oficio. Los dos bandoleros acordaron entonces delinquir al unísono. Borrow describe un escondrijo en la espesura, una caverna provista de algunas ropas, vino y jamón, y sus correrías ecuestres por los caminos. Su alianza tocó a su fin en un callejón de Londres. Turpin había despojado de su montura a un viajero llamado Major. Bayes, sobre aviso del latrocinio, halló el animal en el Red Lion de Whitechapel y aguardó a que acudieran a recogerlo. Hacia las once de la noche se presentó el hermano de King. Detenido, alegó haber comprado el caballo. Bayes lo entregó a un agente de la ley. Se le ofreció entonces dejarlo en libertad si señalaba el paraje donde aguardaban quienes lo habían enviado: señaló a un hombre de capote claro en Red Lion Street. Era King.
Bayes salió y acometió a King. Este apretó el gatillo de una pistola, pero el arma falló el tiro; no logró extraer la segunda del bolsillo. Turpin aguardaba a caballo a corta distancia. Oyó el alboroto, se acercó, y King gritó su nombre encareciéndole que disparase. La bala de Turpin erró a Bayes e hirió a King en dos partes. En tanto que Turpin emprendía la fuga, su compañero se desplomaba. King sobrevivió una semana. Antes de expirar, tildó a Turpin de cobarde e indicó a Bayes una casa sita cerca de Hackney Marsh donde cabía hallarlo. La crónica asevera que Turpin, llegado a dicha casa, se lamentó de haber perdido al mejor camarada que jamás hubiera tenido y juró tomar venganza de Bayes.
Los bosques no tardaron en negarle todo asilo. La cueva fue descubierta; los rastreadores soltaron las jaurías tras su rastro. Relata Borrow que, en cierta ocasión, al ver a los sabuesos al pie del árbol al que se había encaramado, Turpin cobró tal espanto que resolvió poner rumbo de inmediato a Yorkshire. Adoptó el patronímico de Palmer. Pasó por Lincolnshire, donde fue arrestado por el hurto de unos carneros, para evadirse luego de manos del alguacil. Siguieron otros caballos, vendidos o trocados a su regreso a Yorkshire. Este trajín de bestias terminó por suscitar las sospechas de cuantos aún no conocían sino el nombre de Palmer.
El 22 de marzo, el jurado lo declaró culpable de hurto de caballos. Tras el pronunciamiento de la sentencia, el penal se vio concurrido de visitantes curiosos, atraídos por la fama del bandolero que la prensa y los pliegos de cordel habían propagado. Borrow lo retrata jovial y ajeno a las exhortaciones de los eclesiásticos, mas no permite desentrañar qué sentía en su fuero interno. La víspera de la ejecución, Turpin repartió dinero a cinco hombres que debían seguir la carreta fúnebre como plañideros, y luego obsequió un anillo, zapatos y zuecos a una mujer de Brough. Reconoció, no obstante, tener esposa y un hijo.
El 7 de abril de 1739, una carreta lo condujo al patíbulo en York, en compañía de otro reo. Turpin saludó a los curiosos a su paso. Al encaramarse a la escalera, la pierna derecha le tembló; golpeó el suelo con el pie y miró a su alrededor. Tras cruzar unas palabras con el verdugo, se arrojó al vacío y rindió la vida. Su cuerpo fue inhumado, pero lo exhumaron de su fosa en mitad de la noche. Creyó el vulgo que lo destinaban a la disección médica; la muchedumbre recuperó el cadáver, lo paseó por las calles y lo devolvió a la sepultura tras colmar de cal viva el ataúd. El nombre fingido lo había mantenido por un tiempo al abrigo de su pasado; en el camino hacia el cadalso, su propia carta acabó por devolverlo a él.
